El fascinante baile de las auroras boreales

En minutos, el rizo se convirtió en una espiral y luego en una cortina que bailaba con las estrellas como las olas con el mar.

Mariano López
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Foto: Viajar

Pocos espectáculos naturales pueden resultar tan fascinantes como una aurora boreal. La primera vez que la vi me quedé extasiado, no me lo acababa de creer. Fue en Kakslauttanen, en el extremo norte de Finlandia. Era una noche de marzo, cerca del comienzo de la primavera, la época en la que –luego lo supe– existen más oportunidades de avistar el fenómeno. Todo a mi alrededor estaba nevado. No por una nevada cualquiera sino por la madre –para mí– de todas las nevadas. La nieve había comenzado a caer antes del otoño y aún seguía golpeando con sus copos los bosques de pinos, abetos y abedules, las cabañas del campamento donde dormía y la carretera que atraviesa Laponia desde el cinturón ártico hasta Cabo Norte. Entre las cabañas se elevaba un arco de piedra del que pendía una campana. Cuando el cielo anunciaba el comienzo de una aurora, Jussi Eiramo, el propietario de las cabañas, tocaba la campana. Era la señal. Y tuve suerte: mi primera noche en Kakslauttanen sonó la campana.

En un extremo del cielo nació un rizo verde, pequeño, fosforescente, que describía círculos sobre su centro. En minutos, el rizo se convirtió en una potente espiral y la espiral en una cortina plisada que deslizaba sus formas, ondulantes, por todo el arco celeste. Bailaba con las estrellas como las olas lo hacen con el mar. 

Los aborígenes de Laponia, los samis, llamaban a la aurora “revontulet”, que significa “zorro de fuego”. Sus antepasados creían que las Luces del Norte nacían cuando los zorros árticos golpeaban la nieve con su cola. Entonces saltaban chispas que viajaban hasta el cielo y formaban la aurora. Para los indios iroqueses, en Canadá, la aurora es una puerta, el punto de entrada en la Tierra de las Almas. A mí me parece un fenomenal invento del cielo que con este baile de luces nos recuerda que habitamos en un planeta en movimiento, en una galaxia que también gira, en un universo que quizá suena. Hay que intentar, alguna vez en la vida, ver auroras boreales.