Explorando el Amazonas por Luis Pancorbo

El capitán Iglesias, gran explorador de la Segunda República, fue el padre de la "Expedición Amazonas", un proyecto que quería revalidar las grandes hazañas científicas de la América española y que se fue al traste con la Guerra Civil.

Luis Pancorbo

En esta luna uno siente que los muertos no se han ido del todo si sus obras, o sus caminos viajeros, permanecen. Vaya entonces por el capitán Iglesias, un gallego fino, de ojos claros y miras amplias, y del Ferrol, pero no del Caudillo, porque Francisco Iglesias Brage fue el gran explorador de la Segunda República y leal a ella como militar. Otra cosa fue su toque de personaje de García Márquez. El capitán Iglesias, que llegó a ser el mayor experto amazónico español, consiguió ser tragado por la selva sin pisarla. Fue el padre de la Expedición al Amazonas , un proyecto preparado con minucia desde 1931 y que se fue al traste con la Guerra Civil. Otro baúl de los sueños hundido en la línea de flotación, otra paradoja hispana. Pese a estar en el borde del abismo cainita, España sentía un postrero ramalazo de ilusión colectiva con el viaje capitaneado por Iglesias. Los periódicos escribían que lo más granado de España iba a embarcarse en una expedición que, lejos de ser espuma de los días, vanidad, abarcaría estudios de cartografía, topografía, hidrografía, meteorología, magnetismo, botánica, zoología, antropología...

Iglesias quería revalidar las grandes expediciones científicas por la América española, la de Hipólito Ruiz (1777), la de Celestino Mutis (1783), la de Antonio de Córdoba (1785)... Quería volver a pulsar la reciedumbre en la aventura y el tesón en lo científico de que habían hecho gala los compatriotas por el Nuevo Mundo. Pero ya sonaban los clarines de muerte en la piel de toro, los que supo captar el peruano César Vallejo: "Hay un lugar que yo me sé/ en este mundo, nada menos,/ adonde nunca llegaremos ". Un lugar como la Expedición Iglesias al Amazonas .

El capitán Iglesias era un héroe consagrado cuando puso su plan amazónico sobre el tapete. En 1928 voló de Sevilla a Basora (Irak) con el capitán Ignacio Jiménez Martín: toda una hazaña de la aviación, aunque ellos querían ir a Cuba. En 1929 Iglesias coronó con éxito el vuelo Sevilla- Bahía sin escalas con su monomotor Breguet XIX, bautizado Jesús del Gran Poder . Fue entonces, al sobrevolar la selva suramericana, cuando le vino la idea de emular un día, a pie de río y mata, los grandes viajes de exploración. Habilidad en conjuntar fuerzas, y buen decir para vender proyectos, no le faltaba a un hombre que decía con un punto de morriña a mediados de los años 30: "Antaño el español paseaba su inquietud por toda la redondez de la Tierra ".

Todavía un puñado de españoles pretendía adentrarse en la América más verdadera. Todo estaba bastante virgen en la gran hoya amazónica que iba a estudiar Iglesias. El gobierno republicano hizo gala de sensibilidad al apoyar un proyecto del que se declaró incondicional Fernando de los Ríos, ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes. La Expedición Iglesias recibió también el espaldarazo de Gregorio Marañón, presidente de la Sociedad Geográfica Nacional, el del escritor Waldo Frank y de muchos intelectuales y científicos españoles.

Confiaban en el capitán Iglesias y su capacidad de conjuntar hombres, saberes y sueños. Iba a investigar la región comprendida entre el Alto Amazonas, el Caquetá y los Andes, un territorio de medio millón de kilómetros cuadrados extendido por Colombia, Ecuador, Perú y Brasil. Para eso era esencial el Ártabro , velero de 57,30 metros de eslora y 10,80 de manga, con capacidad para alojar entre 20 y 25 expedicionarios, y con un sistema de propulsión eléctrica Diésel, el primero en su clase construido en España. Otro punto novedoso sería llevar una avioneta desmontable, una Havilland Gipsy Moth, capaz de alcanzar 153 kilómetros por hora para los trabajos fotogramétricos y de exploración. Luego sería Cousteau quien haría realidad ese tipo de viaje omnicomprensivo por el Amazonas con una versión del Calypso dotado con todos los adelantos en filmaciones, además de un pequeño submarino y un helicóptero.

Iglesias, a su escala, había previsto casi todo: máquinas para hacer hielo, cámaras para hacer cine, laboratorios, cámaras Bell Howell, pinzas, bisturís, hasta "una jeringa Tzranck para transfusión sanguínea "... La expedición iba a durar tres años y tres meses y culminar en 1935. Todo se fue retrasando, hasta el colapso con la Guerra Civil, pero en febrero de 1935 el Ártabro llegó a ser botado en Valencia en presencia del presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora. Un joven Wenceslao Fernández Flórez, en plan reportero, escribió un párrafo memorable sobre su paisano, y sin embargo amigo, aunque luego ambos estuvieran en distintas ondas políticas: "He ahí un hombre que se evade, un bravo desertor del materialismo contemporáneo que pone proa a una bella aventura científica, tal como las que entusiasmaban a nuestros padres, los mejores lectores de Julio Verne ". Y añadía Fernández Flórez sobre el capitán Iglesias lo mejor que se puede decir de un explorador, sobre todo cuando es uno que aún no ha explorado nada: "Su afán es una estrella ".