"Évora, Ávila", por Jesús Torbado

Más semejanzas que las tres rápidas sílabas del esdrújulo y mágico nombre tienen estas dos ciudades ibéricas, separadas por apenas medio millar de kilómetros, pero unidas por su carácter y ocupadas por un número semejante de personas, menos de cincuenta mil.

Jesús Torbado

Si uno corre de la una a la otra sin entretenerse en brillantes frivolidades intermedias, comprobará cómo el trato de los hombres y la explotación de los recursos turísticos va marcando una inquietante grieta entre ellas. Hasta el punto de parecer quebrada la indiscutible fraternidad. La cual, por cierto, a ninguna autoridad competente se le ha ocurrido manifestar mediante ese recurso político que llaman "hermanamiento" o "jumelage" (pues parece que se trata de una idea originalmente francesa).

Évora es prerromana, tiene unas cuantas columnas de un templo, restos de termas y de una piscina romanas, decisivas piedras para haber obtenido la medalla de Patrimonio de la Humanidad; es árabe y medieval (catedral). Ávila, la cuarta ciudad más alta de Europa, comenzó a fundamentar sus fastuosas murallas antes incluso que Roma, y esas murallas serían la piedra de toque para conseguir el mismo galardón de la Unesco; fue árabe y sucumbió al leonés Alfonso VI por mano de su yerno Raimundo de Borgoña, primo del otro yerno real, Enrique de Lorena, que forjaría la independencia portuguesa. Luego, la ciudad de Ávila prosperaría de una manera extraordinaria, en el siglo XVI sobre todo, y buscará dignísimo hueco en la historia por haber albergado a las dos mujeres quizás más importantes de la historia de España: Isabel de Castilla primero y Teresa de Jesús más tarde. Évora quedó muy pronto dormida y solitaria, cuando la abandonó la corte en 1580, abrazada también por sus propias murallas árabes, aterida en el pobre Alentejo del que aún figura como capital. A su héroe, el legendario Giraldo Sem Pavor (Sin Miedo), le tienen dedicada la plaza más amplia y elegante. Es inevitable que un viajero atento, sabedor de tantas simetrías históricas y artísticas, se entretenga en establecer comparaciones ociosas (que no odiosas): qué iglesias o conventos son más bellos, qué catedral más rica, qué palacios más lujosos, qué edificios más destacados, qué calles más dignas, qué peripecias resultaron ser las mismas (ajusticiados por la Inquisición, reuniones de sabios, de eruditos, de místicos) y cómo el roer de los años fue sumiéndolas en una postración que últimamente, y sólo para Ávila, parece haberse detenido.

Es cierto que las dos son muy bellas, entre las más bellas de la península Ibérica; son monumentales, sosegadas, discretas, de una elegancia nada rimbombante, sin duda menos reconocidas por los viajeros de lo que merecen. Y si en Évora la orgullosa modestia resulta excesiva, Ávila aparece ya con algunas heridas de las que en toda España provocan bochorno y vergüenza. Es decir, hay rincones, calles de Ávila, arruinados por los letreros violentos, por anuncios luminosos abusivos, por reclamos comerciales deleznables. En medida muy superior a Évora, desde luego, donde quizá las autoridades velan por respetar las hermosuras que han sobrevivido al tiempo.

¿Autoridades? Una explicación de este mal endémico de España, de esa atrocidad publicitaria y grosera, la hemos visto hace poco en Madrid (ciudad inundada de verdaderos horrores estéticos) cuando los vecinos de algunas calles nucleares se enfrentaron al alcalde porque intentaba reducir esa afrenta de neones, cartelones y avisos. Feos, grotescos tantas veces y, además, inútiles.

A simple vista, y más allá de esas patentes glorias de Évora y de Ávila, lo primero que enturbia la emoción del visitante en la española es el abuso de esas agresiones. Que son sólo, por cierto, una parte mínima en proporción a lo que uno encuentra en otras ciudades históricas. ¿Para qué quiere Ávila más luces de las que ya le sobran y más ruidos de los que conoció hace quinientos años? Si gana a su hermana Évora en monumentalidad, riquezas visuales, repulgos modernos y ambiente humano, debería imitarla un poco en el respeto al pasado y en la decencia del presente.