Estrómboli, una ruta explosiva

La más bella de las Islas Eolias ofrece en el ascenso a su volcán una experiencia única: una puesta de sol desde su cumbre con el impagable espectáculo de sus erupciones fortuitas

Noelia Ferreiro
 | 
Foto: ISTOCK

Escuchar el rugido de las profundidades, sentir vivas las fuerzas de la naturaleza, caminar sobre una tierra que parece temblar… y finalmente, asistir de cerca a los vómitos de fuego de uno de los volcanes más activos de Europa. Esta experiencia top para los amantes del trekking tiene lugar en Estrómboli, una de las siete islas que conforman el archipiélago de las Eolias, posado sobre el mar Tirreno al nordeste de Sicilia. Una isla cuya geografía está dibujada por el cono más perfecto: un coloso con tres cráteres en una cima elevada a 924 metros sobre el nivel del mar.

Tapizada de laureles y buganvillas, Estrómboli es la más alejada de las hermanas, y para muchos, también la más hermosa. Una isla tocada por la magia mitológica que reúne todos los ingredientes del encanto mediterráneo: calas escondidas, aldeas marineras rabiosas de azul y blanco y una campiña donde crecen las higueras, los almendros, las alcaparras… y donde las viñas devuelven el vino de Malvasía, tan dulce como generoso en grados. También es una isla ligada al séptimo arte, como atestigua la película Estrómboli, de 1950. En su rodaje, cuentan los chismes, Ingrid Bergman y Roberto Rosellini desataron su pasión.

Pero lo que convierte en especial este lugar perdido en los tiempos de Homero es el espectáculo de las erupciones fortuitas. Porque no estamos ante un volcán cualquiera. Encendido hace más de veinte mil años, aún hoy sufre pequeños, brevísimos arrebatos cada veinte minutos: un vómito de lava y ceniza apuntando como un cohete cientos de metros hacia el cielo. Por algo han servido a los vulcanólogos para definir esta actividad, común también en otros parajes telúricos, como ‘actividad estromboliana’.

Decenas de excursionistas emprenden a diario el ascenso a este volcán en lo que podría definirse como un senderismo explosivo. Un ascenso que se realiza por la tarde (para llegar a las bocas eruptivas justo cuando el sol se despide) y para el que tan sólo se requiere calzarse las botas de montaña, proveerse de ropa de abrigo y armarse de paciencia y energía.

Dos son las rutas que pueden elegirse. Una clásica, más sencilla, que supera un desnivel de 400 metros y evita el tramo final. Y otra avanzada, para los más valientes, que remonta el noroeste del cono salvándose cerca de mil metros. Es esta última, asequible pese a cierta dificultad, la que sí permite llegar hasta la cumbre y asistir a las erupciones periódicas. Eso sí, para ambas, se requiere contratar los servicios de un guía vulcanólogo de la isla.

Un tiempo de cinco a seis horas lleva remontar el Estrómboli. Pero lo que aparece allá arriba compensa cualquier esfuerzo. Por entonces, ya la noche habrá caído envuelta en oscuridad y sólo el abismo de fuego iluminará la escena. Es momento de sentarse sobre la tierra caliente y aguardar a que comience la función. Primero un potente rugido, después un temblor del suelo y finalmente un fogonazo. En estas erupciones rítmicas el volcán puede llegar a escupir lava hasta 200 metros de altura.

Pocas aventuras resultan tan reveladoras para entender los desmanes de la Tierra, la fragilidad del ser humano si la Naturaleza decide enfadarse. El Estrómboli, de tanto en tanto, registra ataques de ira, como aquel del año 2002 que originó un maremoto. Nada que preocupe demasiado a las dos poblaciones de la isla que se agarran a sus laderas. El precio de tanta belleza es acostumbrarse a vivir alerta.