Estambul: volver a ir, por Luis Pancorbo

El último libro de un sevillano hace evidente que el talento narrativo no sucumbe ni ante el poderío de la Mezquita Azul.

Luis Pancorbo
 | 
Foto: Ximena Maier

Hay ciudades que no escapan de la memoria como si fuesen gaviotas. Estambul nunca abandona al viajero del ayer ni del mañana. Y menos si ese viajero elige como bastimento un libro como Estambul, paseos, miradas, resuellos (Almuzara). Su autor, Javier González-Cotta, es un escritor y periodista sevillano que ha dirigido la revista literaria Mercurio y publicado Errabundia Express (2008). Su último libro sobre Estambul hace evidente que el talento viajero y narrativo no sucumbe ni siquiera ante el poderío de la Mezquita Azul, ni el de las murallas de Bizancio, ni el de una estación de tren tan romántica como Haydarpasá, aunque desde octubre de 2013 se puede ir en metro bajo el Bósforo, y enlazar Europa y Asia bajo las caballas.

Javier González-Cotta no se ha arredrado ni por la magnitud del tema estambulí a lo largo de los siglos ni por sus perfiles cambiantes, como las luces y brumas que él ama en los sitios más insospechados. Tras Estambul, ciudad y recuerdos, de Orhan Pamuk, era todo un reto recorrer en profundidad una ciudad tan polisémica como la vieja Bizancio, la cristiana Constantinopla, Bolis para los armenios, Zarigrado en el sueño de los rusos que la querían para sí como todo el Mar Negro. Y Kizil Elma, la Manzana Roja, para los esotéricos turcos, la otra cara de Roma en Oriente. La otra cúpula del mundo, si roja o dorada eso no está claro. Todo empezó a cambiar con Atatürk y lo sigue haciendo, pero Javier González-Cotta ha calado hondo en temas permanentes y matices propios. Su texto atrapa por su denuedo más que por su resuello al subir sus cuestas infinitas, con su tesón de caminante e investigador, y por su delicadeza, escudo de su valentía: "Calamidad y vanguardia. Fluidos de añoranza y códigos contemporáneos. Y la gente. El gran caravasar de la gente en Estambul".

Supongamos que queremos saber algo de lo que normalmente no se ve en Estambul. González-Cotta no es que lo recorra, es que lo vive y lo hace vivir: la mezquita de Rustem Pashá, y el barrio de Cihangir, por supuesto, pero también arrabales estambulíes donde no se asoma sino la lluvia, el mejor tiempo, junto al nublado, para ver Estambul y sus gentes. Para eso Javier González-Cotta usa un instrumento de alto calibre literario. La lengua con la que hace vivir y revivir a Estambul nos habla de los aljameles, los que trajinan en el puerto. Y las riberas menos transitadas del Bósforo pueden ser algaidas, tierras arenosas junto al mar, si no son tierras artigadas, quemadas, roturadas, en espera quizá de una construcción high tech. Y esos agujeros de las murallas, ¿qué son sino mechinales? Como edículos en los muros de los curtidores, mientras en el puerto se mecen los caiques, ya no las barcas de los relatos genéricos de viajes.

No hay minaretes sino alminares. El autor sabe por Sevilla de atarazanas, y sabe por Onetti qué es un astillero, como el de Taskizak, para evocar a ese turbio tipo que era Larsen. Y sabe destilar su propia melancolía, mecida por los aleteos de los alciones (que llevaban las almas de los infieles al paraíso), de las palomas (sangre virginal para los antiguos otomanos), de las cigüeñas, mientras la gente es un Mármara de etnias y culturas, desde los antiguos griegos fanariotas, altos funcionarios al servicio de los sultanes, a los kurdos marginales del barrio de Zeyrek; desde los sefarditas a los sirios caldeos, o a los armenios de Kumkapi, donde González-Cotta no busca el callejón donde la gente va a comer pescado fresco y a oír la obligada mandolina. Él redescubre más bien un barrio armenio de iglesias y cruces sobrevividas. Como ha sobrevivido San Esteban de los Búlgaros, y su iglesia de hierro, para atestiguar la fe ortodoxa. Y, por supuesto, no falta el Estambul republicano, el que venera a Atatürk, el Padre de los Turcos, en su palacio de Dolmabahce. Atatürk murió allí a las 04.42 de la madrugada y los relojes se han quedado secos a esa hora, como peces fuera del agua.