Estambul, por Javier Reverte

Javier Reverte

La aldea global ha devorado a Turquía, pero hay otro Estambul, el musulmán, que va imponiendo su credo

El tiempo vuela y la vida se acorta y, al llegar a Estambul, hace unos días, para pronunciar una conferencia en la universidad sobre viajes y literatura, eché cuentas en que habían transcurrido quince años desde la última vez que desembarqué en la ciudad. He estado en cuatro ocasiones en esta fantástica urbe que se alza sobre dos continentes -recuerden el famoso verso de Espronceda-: la primera, en 1970; las dos siguientes, en 1999, con un margen de unos meses entre ambas visitas, y la última hace menos de una semana. Digo que el tiempo vuela y la vida se acorta, pero cabe añadir que las transformaciones del mundo resultan hoy en día vertiginosas.

Aquel Estambul de 1970 tenía un transporte público carcamálico -autobuses y tranvías, transbordadores que pedían a gritos el desguace-, además de miserables comedores, tufo de alcantarillas y muy pocos hoteles dignos de tal nombre. En 1999 las cosas habían mejorado algo, pero en buena parte seguía siendo una ciudad pobre y cochambrosa.

Ahora, esa ciudad se ha esfumado, ha volado rumbo al País de Nunca Jamás de Peter Pan. Hoy cuenta con una red de suburbano moderna y eficaz, dos funiculares subterráneos para trepar desde el mar a la ciudad moderna, autobuses con aire acondicionado, barcos de nueva planta para viajar al Bósforo, recorrer el Cuerno de Oro y acercarse a las islas de las Princesas; y restaurantes de diseño vanguardista y hoteles tan hermosos como el remozado Pera Palace, aquel en donde se encerraba a escribir Agatha Christie sobre un asesinato en el Orient Express. Si algo queda del viejo Estambul es el horrible adoquinado de sus calles y la estrechez de sus aceras, que ponen en peligro tobillos y rodillas de quienes ascienden o descienden las empinadas vías de la urbe.

En la populosa calle de Istiklal, que nace en la plaza de Taksim -la de los disturbios- y muere un par de kilómetros más tarde en los callejones que descienden hacia la Torre de Gálata, se han instalado ya todas las grandes multinacionales de la moda, con todas las marcas conocidas que vemos en las arterias principales de las grandes capitales occidentales. La aldea global ha devorado a Turquía y en pocas ciudades del mundo es posible encontrar una muchachada tan hermosa, sobre todo mujeres asombrosamente bellas que visten a la europea y, a menudo, tiñen sus cabellos de un vibrante rubio o de un retador rojo fuego.

Pero hay otro Estambul oculto que el turista no alcanza a ver en el centro histórico de la ciudad o en los alrededores de la plaza Taksim. Es el Estambul musulmán, que ha crecido de la mano del actual gobierno y que, con sutileza, sin alaridos, va imponiendo su credo en la sociedad turca. Anoto un dato curioso: hace poco el gobierno decretó que no se podía beber alcohol a menos de cien metros de una mezquita. ¡En una ciudad repleta de mezquitas!

El autócrata Kemal Ataturk, fundador y presidente de la República Turca en 1923, había transformado profundamente la sociedad, dotándola de un carácter firmemente laico. Entre otras cosas, dio a las mujeres el derecho al voto y a ser parlamentarias, al tiempo que las animó a entrar en el mercado laboral y prohibió el uso del velo. Pero el regreso del islamismo al poder -aunque en principio es un islamismo moderado- ha supuesto la revocación de muchas de las medidas laicas que Turquía emprendió tras la Primera Guerra Mundial. La sociedad civil del país vive asustada por el avance implacable de la vieja Turquía derrotada en las trincheras de la Gran Guerra. Y no son pocos los que añoran al viejo dictador que quiso convertir a Turquía en un país europeo, dando la espalda a Asia. "Asia es para los beduinos", solía decir, desdeñoso, aquel autócrata ilustrado.

De modo que, moderna en la apariencia y con un alma que camina al encuentro de antiguas tradiciones, Estambul acaba por resultar un lugar profundamente ambiguo.