Contra el tiempo, por Espido Freire

"Un viaje casi de inmediato, con el encanto de la improvisación y la espontaneidad, era que se vivía casi con la misma inconsciencia"

Espido Freire
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Foto: Raquel Marín

En algún momento los viajes comenzaron a precipitarse: según avanzó el siglo XX los preparativos previos que a menudo conllevaban semanas, meses, se limitaron a una maleta pequeña y a unas pocas mudas de ropa. Los complicados sistemas de cambio desaparecieron, se generalizó el pago con tarjetas o con alguna de las monedas fuertes: incluso la posibilidad de encontrarse con un clima imprevisto se suavizó con la mejora de las lecturas meteorológicas. El viaje se limitó a gozar de dos privilegios, el tiempo preciso y el dinero necesario. Si se contaba con ambos, la fecha de partida podía ser hoy mismo.

Han aumentado las zonas rojas a las que no sería prudente viajar

Todo eso cambió en 2020 y aún no se ha recuperado: junto con los diversos permisos requeridos ahora se recupera una calma mayor, forzada, a menudo, porque han aumentado las zonas rojas a las que no sería prudente viajar. Las azotadas aún por la pobreza, que no aseguran un tratamiento médico adecuado si una variante del Covid-19 resurge, o si se da cualquiera de las plagas endémicas que se han convertido en una preocupación mucho más real. Aquellas que se encuentran o pueden encontrarse en guerra en cualquier momento. Y aquellos que, en temporadas más o menos fijas, esperan el golpe de un huracán, un monzón, la temporada de lluvias. Los horizontes viajeros se han reducido: hay lugares que no serán visitables en años, quizá décadas. La necesidad de seguridad obliga a que la mirada se vuelva a lo cotidiano, a lo que se reservó para otro momento, a lo que se visitó con prisas.

Porque una de las consecuencias de que se pudiera organizar un viaje casi de inmediato, con el encanto de la improvisación y la espontaneidad, era que se vivía casi con la misma inconsciencia. Incluso los destinos más remotos parecían asequibles: aquello que no se visitaba, que merecía otro viaje, quizá se vería en otro momento. La experiencia del viaje se banalizó, el presente no parecía tan importante como la necesidad de reflejarlo o de contarlo, o de una desconexión inmediata de una vida que quedaba atrás, al otro lado del avión, y que nos forzaba a la diversión, a la aventura, a las experiencias amontonadas en pocos días. Muchos más viajes nacían de la oportunidad que del sueño, de un impulso de última hora que de la larga planificación anticipada.

De las fotos que otros sacaron deprisa, sin detenerse, extraemos ahora ideas y paisajes

Tenían su encanto, sin duda, pero ese tiempo pasó: el precio de los combustibles compite con el deseo de compensarnos por el tiempo perdido. Un cierto espíritu de ahora o nunca se ve frenado por el miedo a qué puede ocurrir en nuestra ausencia, en un momento en el que las noticias envejecen a las pocas horas, y las nuevas no son casi nunca buenas. Los viajes tienden a ser menos frecuentes, más pensados, más paladeados. De las fotos que otros sacaron deprisa, sin detenerse, extraemos ahora ideas y paisajes: la calma, quizá no deseada pero impuesta, cubre todo con un manto pesado, detiene los movimientos y las ideas. Y el tiempo ya no juega en nuestra contra.