España, por Javier Reverte

Leyendo a Pritchett sigo sin entender qué es España. Sus juicios, de 1954, se aproximan más a una España del siglo XVII.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

¿Qué significa ser español? Parece una pregunta simplona y de respuesta sencilla. Y, sin embargo, los nacidos en este trozo de península llevamos siglos formulándonosla, sin que hayamos sido capaces de llegar a un acuerdo en más de quinientos años. En el pasado, y hasta casi la mitad del siglo XX, nuestro país ha sido el escenario de múltiples guerras, muchas de ellas civiles, y por lo general terriblemente crueles. Las contiendas carlistas quedan un poco olvidadas y, sin embargo, fueron de una sanguinaria brutalidad. La Guerra de la Independencia, tan macabramente dibujada por Goya, disfrazaba, en el fondo, una guerra civil: la de la modernidad contra la tradición. Y poco hay que decir de la más horrible de todas, la de 1936-39, el último y más violento conflicto de nuestra Historia y cuyos rescoldos aún dejan escapar chispas e hilillos de humo desde los restos de la hoguera. Pero, ¿qué es España? Todavía, con tanta sangre derramada, no lo sabemos bien.

Digo todo esto a propósito de un libro de reciente publicación en español, rescatado del año 1954, y que se debe a la pluma de un inglés, V.S. Pritchett: El temperamento español. El autor vivió largas temporadas en España, se enamoró según confesión propia de nuestro país y trató de interpretarlo. Leí un par de reseñas alabando el trabajo y me lo compré. Y la verdad es que sus respuestas a la gran pregunta no me sirvieron de mucho ni me parecieron demasiado convincentes.

Dicen que para saber de uno mismo hay que mirar en las opiniones que los demás tienen sobre ti. Yo no estoy tan seguro. Cuando vivía en París hace más de cuarenta años, durante la última plena época del franquismo, no dejaban de producirme asombro las opiniones que escuchaba sobre la situación española y los españoles. Casi siempre que leía, incluso en la prensa más acreditada, artículos u opiniones sobre mi país, aparecían los siguientes tópicos: el alma quijotesca de todo hispano, nuestra fierté (orgullo), el cainismo y las corridas de toros. Y ello me dejaba perplejo estando en un país tan próximo a nosotros y cuyo paso por la Historia se ha confundido tan a menudo -para bien en ocasiones, o para mal en otras- con el nuestro. No sé qué opinará el lector, pero, por lo que a mí respecta, apenas conozco españoles con alma de quijotes, los orgullosos escasean, la desaparición de las corridas de toros no creo que le quiten el sueño a una abrumadora mayoría de compatriotas y el alma de Caín la veo ya esfumada de la geografía de la piel del toro. No pienso que hoy serían muchos los españoles que matarían a otro por ideas políticas. Más bien, llegado el caso, los tomaríamos por locos.

Por eso me llama la atención que se celebren las opiniones de Pritchett. Fíjense qué cosas dice: "Desdichado del extranjero de cualquier partido que se involucre en la reyerta española y crea que España es una extensión de Europa". O bien: "España es un país incapaz de tolerar a su propia gente". Otra: "Está orgulloso de su odio (el español ante Francia), se hunde en el fatalismo, la apatía y proclama con orgullo: ‘Somos un pueblo imposible". Más aún: "En el fondo, todos (los españoles) son anarquistas". Y para rematar: "La enfermedad española es la frustración de la voluntad". Leyendo a Pritchett, sigo sin entender qué es España. Sus juicios, que datan de 1954, se aproximan más a una España del siglo XVII, la que conocieron los viajeros llamados "ilustrados", que a la del XXI. Por fortuna, me digo.

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