España en Kanyakumari por Mariano López

La ayuda española ha levantado una colonia donde viven 300 familias de pescadore.

Mariano López
En Kanyakumari se acaba la India. Es el lugar más austral, la ciudad más al sur, la última playa. Su nombre significa "el Cabo de la Virgen". Para los hindúes es un lugar sagrado porque, según la tradición, aquí rezó la diosa Parvati antes de viajar a la montaña sagrada del Himalaya, el pico Kailasa, para desposarse con el dios Shiva. El templo principal de la ciudad está dedicado a la diosa virgen. Junto al templo de la Kumari se elevan las torres puntiagudas de una iglesia católica, Nuestra Señora del Rescate. Es una de las iglesias más bellas de la India. Muy marinera, por sus fieles, por su fama y por el mástil auténtico, con su cofa para el vigía, que se ha plantado cerca de la entrada, en una plaza que por su forma y ambiente, y por la presencia de la iglesia, bien podría ser española. De la plaza parte la calle que conduce hasta el muelle. Es un hervidero de gente, tenderetes, vendedores y peregrinos. Hay seda para los saris, juguetes, relojes, camisas de marca -de cualquier marca- por la mitad de un euro, helados, dulces, un bar que solo vende leche y muchos puestos de jugo de caña. Recuerdos, todos, de la ciudad más al Sur del subcontinente, vendidos junto al muelle donde se unen los tres mares: el Mar de Arabia, el Golfo de Bengala y el Océano Índico. El número de peregrinos aumenta, cada mes, con la llegada de la luna llena. Antes de que la ciudad se despierte con los cantos del muecín -también son notables las mezquitas- ya hay gente situada en las azoteas, las terrazas, las colinas, para ver el amanecer. Al final del día, se buscan de nuevo los lugares desde los que se contempla mejor el horizonte. El sol enorme que nació amarillo, brillante, en la Bahía de Bengala se acuesta, púrpura, rojizo, por el Mar de Arabia, mientras que la luna llena inicia su ascensión allá donde los mapas señalan que comienza el Océano Índico. Los dos astros se muestran juntos, unos instantes, en el punto donde se unen los tres mares. Solo por este espectáculo estaría justificada la peregrinación. Pero hay más. Enfrente de la última playa emergen dos grandes rocas sobre las que se encuentran los auténticos símbolos de Kanyakumari: un centro de meditación y la estatua gigante del poeta Valluvar, un escritor en lengua tamil que, hace más de dos mil años, ensalzó con sus versos a las clases bajas, a los parias, y dejó escrito que el camino hacia la luz y la purificación, a la santidad, pasa por la perfección de los trabajos cotidianos, el amor a las pequeñas cosas. Un ferry, siempre atestado de peregrinos, lleva hasta el centro de meditación y hasta la base de la escultura, de 30 metros de altura, de Valluvar. Otras ciudades dedican sus más altas estatuas a los guerreros. En Kanyakumari, la estatua más alta pertenece a un poeta. Dicen que la estatua de Valluvar lloró durante el tsunami. El 26 de diciembre de 2004, la ola terrible, gigantesca, arrasó la costa del cabo. Se calcula que en un arco de 70 kilómetros alrededor, el tsunami se llevó 8.000 casas de 44 aldeas, 10.000 barcas de pesca que dormían en las playas, la vida de 1.500 personas. Nunca se olvidarán las huellas de esta tragedia, pero sus efectos se han paliado, en parte, gracias a la ayuda exterior. En gran medida, de España. La ayuda española ha levantado en Kanyakumari una colonia donde viven 300 familias de pescadores cuyas casas, barcas y enseres fueron devorados por el tsunami. Lejos del mar, por expreso deseo de los pescadores, hay ya 300 casas de muros recios de hormigón, rodeadas cada una por un pequeño jardín, dispuestas en damero, en una urbanización en cuyo centro hay dos escuelas y un dispensario médico. En los muros del dispensario se pueden leer los carteles de las instituciones que han aportado su ayuda, nombres extraños en Kanyakumari, familiares en nuestro país: el Ayuntamiento de Burgos, el Ayuntamiento de Puertollano, la Junta de Castilla La Mancha, la Junta de Castilla y León, Cáritas España. Todas estas instituciones han colaborado y colaboran en esta obra gestionada y desarrollada por la fundación española Proclade. Conforta ver cómo el dinero solidario cumple su fin y llega a su destino, ayuda y construye, reparte vida. En el mes de abril, tuve la suerte de pasar unos días en Kanyakumari. Estuve con los pescadores de la colonia construida con la ayuda española. Me invitaron a arroz, a pescado, al zumo de los primeros mangos. Intenté aprender algo del complicado juego del críquet con los niños de las escuelas: la mayoría quiere ser deportista, médico, ingeniero, bombero, policía. Me preguntaron por las estrellas de España, los campeones del mundo del balón. Me sentí orgulloso de esos colores, de esa camiseta. Más que cuando ganamos el Mundial. Luego vimos el sol acostándose por el Mar de Arabia mientras la luna de plata surgía del Golfo de Bengala. En el extremo sur de la India, donde se unen los tres mares junto a la estatua del poeta Valluvar.