Escondidos (felices) en el delta del Paraná, por Carlos Carnicero

Ocultos entre el agua, Viviana y Martín educaron a sus hijos fundiendo la luz, la tierra y el agua en un sistema de supervivencia.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Viviana y Martín se han fundido con el delta del Paraná y no se entendería el ecosistema sin su presencia. Llegué a su casa en una lancha discurriendo por el río Carapachay. Son taxis colectivos que te dejan y te recogen en cualquiera de los amarres que tienen las casas de la isla.

El delta del río Paraná es un ecosistema de más de quinientos ríos que discurren en meandros, propiciando la aparición de islas por los sedimentos de la tierra que transportó durante su historia. Es tierra rica y fértil. Sus riberas están asentadas por juncos, y las crecidas diarias de los ríos por las mareas provenientes del Río de la Plata hacen que gocen de un grado de humedad en donde crecen árboles y plantas tan sugerentes como sauces, ceibos, coronillos, alisos del río...

Aquí, durante cinco largos meses, coincidiendo con el arranque de la dictadura argentina, Viviana y Martín recorrieron el delta buscando un asentamiento para su exilio interior como exploradores de sus propios sueños. Su historia se entronca con la épica de esta naturaleza increíble. Se conocieron de niños en el colegio alemán de la ciudad de Buenos Aires. Y esta historia de amor no pudo arrancar entonces porque el padre de Martín, un eminente traumatólogo argentino, acudió a la llamada de la revolución cubana para poner en pie su sistema de salud. Solo conserva Martín una fotografía del doctor Nunziata con el Che Guevara, en aquella Habana revolucionaria donde con su familia pasó seis largos años. El resto de los documentos y recuerdos tuvo que ser destruido por el grave peligro que significaba conservarlos durante la dictadura. El regreso de los Nunziata no resultó, desde luego, nada sencillo. Rechazo al doctor comunista y dificultades para la reinstalación de su familia, que propició el reencuentro de Viviana y Martín y la semilla de una vida entre aguas.

Encontraron una sólida y vieja casa que convirtieron, además de aposento, en un taller asomado al río. Ocultos entre las aguas, el joven matrimonio educó a sus hijos fundiendo la luz, la tierra y el agua en un sistema de supervivencia. Subsistencia, amor, familia y siempre las interminables aguas de los ríos que se disocian en miles de ramales sobre el caudal del río Paraná. Martín y Viviana se sincronizan y alternan en las exposiciones como si sus vidas tuvieran engranaje de relojería. Su hija Yanina, que lleva luchando toda su vida con una enfermedad que le permite una vida plena y brillante, reclama su espacio para apostillar el pensamiento.

Casi al borde mismo del río, empanadas y buen vino. Nos observan circunspectas toda clase de aves de madera que Martín cincela con sus manos aprovechando las ramas caídas de los árboles. Están vivas porque se mueven mecidas por el aire. Ojo de cóndor a ras de suelo.

Los sueños flotan, siguen flotando, sobre las aguas cambiantes. Viviana y Martín exhiben orgullosos todos los rincones de su jardín huerta, que además proporciona alimentos y sosiego. Martín ha adosado unos pedales a la vieja piragua con la que sus hijos acudían a la escuela. Sueños de ambientalistas, reposo de una historia que entremezcla la épica, los sueños, el amor y el futuro: todo entreverado con el río al que están fundidos para salvarlo del hombre.

Me siento un notario de otro mundo. Admiro que la persistencia permita sustraerse del consumo. Prometo volver. Imagino una novela, un Oscar de Hollywood usurpado a la intimidad de esta familia. Me acuerdo de tantas compras inútiles y de los recortes de Mariano Rajoy.

El río está subiendo tanto como mi propia estima sobre la humanidad. Miro desde la lancha y saludo con la mano extendida. Regreso de este sueño para retomar la pesadilla. Esto, sencillamente, es un lugar en el mundo.