Esa octava maravilla, por Jesús Torbado

Un cartel aconseja al viajero asomarse, en el norte de Rajastán, a la octava maravilla. Se trata de un templo de mármol blanco, dedicado a Karni Mata, que está lleno de ratas alimentadas por los fieles.

A treinta kilómetros de la almenada Bikaner, en el norte de Rajastán, un cartel churretoso y enorme aconseja al viajero que desvíe ligeramente su paso para asomarse a La Octava Maravilla del Mundo. Se trata de un templo, uno de los centenares de estupendos templos que se levantan en la India, situado en la plaza de un pueblaco tan sucio y desamparado -pero tan intenso y mágico- como tantos otros de este país. Templo y poblado están dedicados a Karni Mata, una diosa del complejo Olimpo hinduista que se caracterizó por su venganza sobre Yama, dios de los muertos, y aceptada como patrona de los marajás de Bikaner. Se las organizó la diosa para que los muertos de su tribu se encarnaran en ratas antes de renacer. Así que el templo de mármol blanco, cuyos mayores méritos artísticos son las puertas repujadas en plata y las columnas y balcones decorados, es hoy residencia de esos venerables espíritus. Es decir, está lleno de ratas, grises, pequeñas e inofensivas, pero feas, que son alimentadas por los fieles en patios y estancias interiores. En todo tiempo hay devotos tumbados en el suelo repartiendo puñados de maíz molido y juntando piadosamente las manos ante miles de roedores que saltan o duermen, viven y mueren por todas partes.

No es Karni Mata el lugar más ameno y atractivo del mundo; tampoco su calidad arquitectónica merece un largo viaje, aunque sí el desvío local que se propone al peregrino. Pero que se le califique de Octava Maravilla provoca un sentimiento de solidaridad, de respeto y de amistad, más que de burla por la osadía. ¿Cuántas octavas maravillas quedan diseminadas por el mundo? ¿Cuántas fueron así tituladas después de que desaparecieran seis de las siete que comúnmente se han considerado, según la lista que en el siglo III estableció el ingeniero Filo de Bizancio y enmendó más tarde Gregorio de Tours? A propósito, vale la pena releer el espléndido relato que John y Elizabeth Romer dedicaron hace diez años a la historia, leyendas e investigación arqueológica de estos magníficos prodigios, de los que sólo las pirámides egipcias sobreviven. Quienes tuvimos la fortuna de estudiar bajo leyes de educación que enseñaban griego, latín, historia y geografía universales (no localistas, diferenciales y paletas), sabemos de carrerilla y sin esfuerzo que El Escorial es entre nosotros la Octava Maravilla, y más tarde aprendimos que también lo es Machu Picchu, y el conjunto de Angkor, y las cuevas de Ajanta, y ciertas catedrales góticas, y el Coliseo romano, y... Por todas partes brillan octavas maravillas, es decir, construcciones monumentales que merecen el honor de ese título. En cierto modo, y al margen de las disputas políticas y hasta de las consabidas corruptelas, las que ahora se alzan regularmente con el galardón de Patrimonio de la Humanidad que otorga la Unesco vienen a ser como un rico y abundante epílogo de aquellas legendarias obras de arte. Las leyendas publicitarias y turísticas sobre los enormes méritos de tal o cual edificio, sobre su superioridad respecto a otros de su género, sobre la necesidad de conocerlo y reverenciarlo no implican sólo chovinismo sino amor a lo propio, que así se destaca y ensalza. Y si una gente pelea por dar a conocer lo que mejor considera entre lo suyo (ahora mismo, por ejemplo, el esfuerzo de Carmona por el ascenso oficial a Patrimonio de la Humanidad), al menos se descubre en ellos conciencia de esa riqueza y esfuerzo por preservarla para los demás. Una tribu, un pueblo culto y sensato se esforzará no sólo por disfrutar de las riquezas que tiene, incluidas desde luego las naturales, sino por compartirlas con los demás y trabajar para que sobrevivan. Es lo que hacen los pobladores de Karni Mata con sus ratas sagradas. En el otro lado del espejo, resultaría ejemplar agarrarse a la curiosa desventura de los norteamericanos Wisty Pender y Mark Swanson. Hace unos diez años compraron las ruinas del castillo de la Malasombra, en Guadalajara. Poco a poco, y con escasos medios, empezaron a rehabilitarl enseguida los del pueblo manifestaron reticencias, desdén y hasta ira. "Durante 300 años de abandono -explicaba Mark- nadie daba un duro por esa construcción. Robaban las piedras, entraban y ensuciaban... Ahora que ven que hay una pareja de extranjeros que restauran el castillo están preocupados y creen que tienen derecho a inmiscuirse". Sí, el mundo está lleno de octavas maravillas. Unos las aprecian y otros no.