Ernest Shackleton, explorador polar

"Fortitudine vincimus" (resistir es vencer) fue el lema que siguió el carismático explorador polar en sus expediciones antárticas, sin importar peligros constantes ni frío extremo, en busca de honor y reconocimiento. Desafortunado en los hielos y en los negocios, el irlandés lideró una de las historias de supervivencia más grande jamás contada.

Meritxell-Anfitrite Álvarez Mongay
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Foto: Viajar

Emprendedor de grandes retos

Quizá Ernest Shackleton (1874-1922) no fuera un triunfador nato, pero supo salir victorioso de unos cuantos fracasos. Con 16 años se metió a grumete porque las aventuras del capitán Nemo le motivaban más que el colegio. Hizo carrera en la marina mercante hasta que oteó la posibilidad de abrirse fama por la banquisa antártica, uniéndose a la expedición de Robert F. Scott para clavar la Union Jack en el Polo Sur. La tuvieron que dejar en los 82º16’33’’, lo cual no está nada mal, teniendo en cuenta que no sabían manejar trineos ni esquiar, que sufrieron escorbuto y que se congelaron (elegantemente) bajo sus gabardinas Burberry. El segundo asalto polar lo acometió con su propio equipo, a bordo del Nimrod; de nuevo, la ventisca y el hambre le obligaron a darse la vuelta a 180 km de la meta. "Un asno vivo es mejor que un león muerto", dijo. A la tercera no vino la vencida: el plan de cruzar el continente helado se hundió con el Endurance en el mar de Weddell; pero el Jefe se desvivió para poner a salvo a su tripulación. La última derrota fue irreversible: un infarto le tumbó en Georgia del Sur, camino a la Antártida, donde descansa con unos versos de Browning que bien pudieran ser suyos: "Sostengo que un hombre debe luchar hasta el final por aquello que más desea en la vida".

Expedición del “Nimrod”, liderada por Ernest Shackleton. | Viajar

La odisea del "Endurance"

"Tengo dos noticias: la mala es que nuestro barco se ha hundido; la buena es que volvemos a casa". Dicho esto, los 28 hombres del Endurance se embarcaron en un iceberg a la deriva hasta llegar a Isla Elefante con tres esquifes. Como no era de esperar que nadie les fuera a buscar en mitad de la nada antártica, Shackleton y cinco de sus muchachos salieron a por ayuda, desafiando a un mar embravecido en una chalupa de 6 metros de eslora. Recalaron en Georgia del Sur y cruzaron la isla en una jornada a pie de 36 horas. El texto a continuación, publicado por Interfolio, narra un fragmento de este episodio épico, que finalizó con el rescate de todos.

La tripulación del “Endurance”, a la deriva sobre un témpano de hielo. | Viajar

"A pesar de estar abatidos por la sed, congelados y débiles, irradiábamos felicidad"

Los peligros de un viaje en bote de mil trescientos kilómetros en un océano subantártico tormentoso eran obvios, pero calculé que, en el peor de los casos, la aventura no agregaría nada a los riesgos que correrían los hombres que quedarían en la isla. Habría menos bocas que alimentar durante el invierno, y en el bote no habría que llevar más provisiones que las necesarias para seis hombres para un mes, puesto que si no llegábamos a Georgia del Sur en ese tiempo, con seguridad nos hundiríamos […]. El relato de los siguientes dieciséis días es de una lucha suprema entre las revueltas aguas. El océano subantártico estuvo a la altura de su mala reputación invernal. Decidí ir hacia el norte durante, al menos, dos días, mientras que el viento se mantuviera y, así, llegar a un clima más cálido antes de virar hacia el este y trazar un rumbo hacia Georgia del Sur. Hicimos turnos de dos horas en el timón. Los hombres que no estaban de guardia se metieron en los empapados sacos de dormir e intentaron olvidar sus problemas durante un tiempo; pero no había comodidad en el bote. […] Las comidas eran regulares a pesar de los vendavales. Era esencial que se prestara atención a este punto, ya que las condiciones del viaje socavaban nuestra vitalidad. El desayuno, a las 8.00, consistía en un tazón de hoosh caliente hecho con una ración para trineos de Bovril, dos galletas y algunos terrones de azúcar. El almuerzo era a las 13.00 y constaba de una ración para trineos de Bovril que comíamos cruda y un tazón de leche caliente para cada hombre. Para el té, a las 17.00, teníamos el mismo menú. Luego, durante la noche, tomábamos una bebida caliente, por lo general leche. Las comidas constituían un enorme solaz en esos fríos días de tormenta […].

El “Endurance” atrapado en el hielo “como una almendra en mitad de un pastel de toffee”. Fotografía tomada por Frank Hurley. | Frank Hurley

La décima noche, el cielo estaba cubierto y tormentas ocasionales de nieve contribuían a la incomodidad producida por un mar tremendamente revuelto, el peor, pensé, que habíamos enfrentado. A medianoche yo estaba al timón y de repente advertí una línea de cielo claro entre el sur y el suroeste. Les grité a los otros hombres que el cielo se estaba limpiando y luego, un momento después, me di cuenta de que lo que había visto no era una abertura en las nubes sino la cresta de una ola enorme. En veintiséis años en el océano nunca me había enfrentado a una ola tan gigantesca. Era una poderosa conmoción del océano, algo muy diferente de los inmensos mares de espuma blanca que habían sido nuestros incansables enemigos. Grité: "¡Por el amor de Dios, sosténganse! ¡Estamos atrapados!". Luego llegó un momento de suspenso que pareció extenderse por horas. La espuma blanca surgió del mar que rompía a nuestro alrededor. Sentimos que nuestro bote se levantaba y era arrojado hacia adelante como un corcho en las olas rompientes; estábamos en un caos bullente de agua atormentada, pero de alguna manera el bote sobrevivió, medio anegado, combándose y estremecido por el golpe. Achicamos con la energía de hombres luchando por su vida, arrojando el agua sobre la borda con todo receptáculo que pudiéramos conseguir y, tras diez minutos de incertidumbre, sentimos que el bote recobraba vida bajo nuestros pies. Volvió a flotar y dejó de sacudirse, borracho, como aturdido por el ataque del mar. […]

Fijamos la mirada hacia adelante, con creciente entusiasmo y, a las 12.30, a través de una abertura en las nubes, McCarthy logró ver los acantilados negros de Georgia del Sur, justo catorce días después de nuestra partida de la Isla Elefante. A pesar de estar abatidos por la sed, congelados y débiles, irradiábamos felicidad. La tarea estaba casi lista.

Texto extraído de Sur. Ernest Shackleton. Interfolio, 2014.