Erasmistas, por Jesús Torbado

Por poco interés que el joven erasmista ponga en esa experiencia, nunca olvidará la riqueza que saque de ella.

Jesús Torbado
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Foto: Raquel Aparicio

Es seguro que la mayor parte de los universitarios que, con mayor o menor griterío, reclaman hoy una beca Erasmus de propina o un sustancioso incremento de dinero en las que ya se les otorgan no saben quién fue en realidad don Erasmo Desiderio, fraile agustino aunque con permiso para no vestir los hábitos, que había nacido en Rotterdam en 1466, hijo de un sacerdote y de una moza burguesa, y que moriría en Basilea, famoso ya en los ambientes intelectuales de toda Europa, setenta años más tarde. Desde luego con más probable intensidad ignorarán lo que fue el erasmismo y lo que supuso sobre todo en España esa corriente reformista y religiosa de avanzadilla.

Los políticos europeos que colgaron del gran holandés esas becas viajeras y europeístas quizá tuvieron en consideración no la vocación viajera del fraile, que vagabundeó mucho por las universidades de París y Friburgo, de Italia y Basilea, sino su influencia en los estudiantes de la época. Mas precisamente el erasmismo brilló sobre todo en España gracias a libros muy relacionados con los viajes y la necesidad de viajar, como El Lazarillo de Tormes, el Don Quijote del irónico Cervantes (erasmista de pro y pese a ciertos riesgos) y el Viaje de Turquía, quizás de Andrés Laguna. Erasmo estuvo a punto de venir a enseñar en España con la gente del emperador Carlos V, que lo había nombrado consejero suyo.

Su obra fue tan grande como sólida y popular, pues, aparte de los libros estrictamente religiosos y de polémica religiosa, compuso otros varios con adagios, léxicos, diálogos y textos burlescos y satíricos sobre muchos aspectos de la sociedad que le rodeaba, incluyendo el conocido Elogio de la locura. Fue traductor y editor incansable, y ortodoxo católico en su vejez. No quiso aceptar el cargo de cardenal, que le ofreció el Papa.

Como ejemplo de europeo de la mejor época de Europa difícilmente se encontraría hoy otro mejor para guiar e iluminar a los jóvenes. Por eso, las miles de becas que se conceden desde hace unos años a los estudiantes se han convertido en un fenómeno social de envergadura: permiten el contacto entre jóvenes de países distintos y les otorga el aprendizaje no solo de lenguas sino de la libertad. Ya se sabe que por lo general los becarios no van a estudiar mucho, que aprobarán las asignaturas con modesto esfuerzo, pero conseguirán por el contrario beneficios más sólidos: la relación entre ellos, de distintos orígenes, creencias, psicologías. Por poco interés que el joven erasmista ponga en esta experiencia, la riqueza que saque de ella no será olvidada nunca.

Y qué distintas esas experiencias de las que padecimos algunos hace ya medio siglo cuando intentaba germinar la semilla de lo que hoy son esos regalos. Para cuyo nombre, por cierto, se buscó en 1987 en el idioma inglés un acrónimo que coincidiera con el del escritor holandés: European Community Action Scheme for the Mobility of University Students. Claro que, por entonces, ni becas ni nada. Un sindicato universitario inglés, el NUS, andaba en contacto con otros sindicatos universitarios europeos, en España el SEU (que era obligatorio y de fidelidad franquista), y ofrecía a los estudiantes la posibilidad de pasar el verano en Inglaterra teóricamente aprendiendo inglés. En realidad trabajábamos en el campo por un salario de esclavos. Nos alojaban en búnkeres y hangares de la Segunda Guerra Mundial, pasábamos horas y horas recogiendo sin descanso ni días festivos ciruelas o manzanas (por unos peniques al peso de cada cesto), nos alimentaban con bocadillos de lechuga y litros y litros de té almacenados en bidones que colgaban de los árboles y jamás nos enseñaron una palabra en inglés, salvo unos cuantos palabros indecentes, ni pudimos asomarnos a un alegre botellón.

Servidor de ustedes se relacionó muy agradablemente con una moza de Riga llamada Hannelore Hillner, que hablaba un poco de latín -era estudiante de Teología en su país y yo tenía fresca esa lengua de mi Bachillerato monacal-; con una serbia llamada Nada Moskovich, que conocía rudimentos de francés y acabó rescatándome de aquel infierno camino de su cubículo en un hospital de Londres, y con un italiano, Paolo, que tenía un ojo cristal y un fajo de billetes en la faltriquera y que se unió a la fuga... Claro que estos son otros cuentos. A la distancia de medio siglo sobrevive un recuerdo agridulce y la convicción de que los ingleses eran inhumanos explotadores de los chavales de media Europa, con autorización de sus autoridades académicas. Los erasmistas de hoy, aun los más pobres, disfrutarán mucho más de aquella juvenil experiencia viajera de aprendizaje de la vida.