Entrevista a Roberto Verino, diseñador

Descubrió París y su ambiente artístico con 17 años. Aquella experiencia cambió su vida, pero no consiguió alejarle de sus dos grandes pasiones: el mar y la naturaleza. Roberto Verino viene de navegar por las rías gallegas, piensa descansar unos días en el Valle de Monterrey (Orense) y después se trasladará a China para cerrar acuerdos con sus nuevos socios. Nueva York, Milán, Londres y París son algunas de sus ciudades más visitadas, pero no las cambia por la magia del paisaje de la Ribeira Sacra.

Javier del Castillo
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Foto: César Lucas Abreu

A sus 68 años, Roberto Verino puede permitirse el lujo de recorrer las pasarelas sin los agobios de antaño. El empresario y diseñador valora cada vez más las emociones y las pequeñas cosas. Desde la primera planta de la tienda de la calle Serrano, en Madrid, dibuja una panorámica distinta a la que podría suponerse en alguien que ha mostrado sus modelos en las principales capitales de la moda. Frente a los recuerdos color sepia del París del 68, recrea paisajes cercanos y discretos, alejados del glamour, con un sabor especial. "La felicidad total -comenta- está en buscar en las pequeñas cosas aquello que te hace sentir bien. En lugar de irme lejos, prefiero disfrutar lo cercano. Lo busco y lo persigo porque es mi alternativa. Uno de los viajes más interesantes de mi vida es el que hago los veranos con un grupo de amigos a bordo de un velero. No solo se viaja por fuera, sobre las olas, sino también por dentro". Durante los últimos años, junto a un grupo de amigos Verino ha navegado por el Mediterráneo, el Egeo, el Adriático y el Tirreno, para recalar en las costas gallegas.

Los gallegos tienen fama de viajeros impenitentes. Incluso se dice que ya estaban en la Luna cuando llegaron los americanos...

Es probable que sea cierto. Pero como en la Luna no había mar, ni tampoco marisco, decidimos dejarles el terreno libre a los americanos.

¿Qué viaje le ha dejado más huella en su vida?

El que hice siendo muy joven a París. Allí descubrí cosas que cambiaron mi vida, mi manera de ser y mi destino. Creo que si no hubiese ido a París, hoy no sería diseñador de moda.

Además, vivió el París de los 60...

Yo llegué a la estación de tren de Austerlitz en 1962 y regresé a España en 1969, después de haber vivido los momentos más críticos de una sociedad que estaba rebelándose contra una situación que le parecía injusta. Se juntaron la juventud, los sueños, irte de casa... Yo era un inconformista que no me quería contentar con el mundo ya conocido. Los gallegos somos muy de buscarnos la vida como sea, donde sea y cuando sea. París me cambió la vida para bien.

¿De qué lugar guarda un recuerdo especial?

Me gustaba mucho Sacré Coeur. El mundo de los pintores era muy motivador para mí. En septiembre del año pasado le dije a mi mujer que me apetecía mucho volver a recordar aquellas vivencias. Sin embargo, ya no me pareció igual. París fue en su día para mí un sueño, pero hoy ya no lo es. Son experiencias superadas y no me motiva lo mismo. Algo así como el déjà vu.

Aunque Francia le sigue fascinando, para Verino ya no es el único referente "en la moda, la gastronomía, las flores o el vino". Antes era el país del refinamiento, pero confiesa que le gusta cada día más nuestro país y hasta China, "porque es inverosímil". Como inverosímiles le parecen los paisajes de la Ribeira Sacra, vistos desde abajo, desde el río...

Si tuviera que elegir una ciudad, ¿con cuál se quedaría?

Con Nueva York. Es al mismo tiempo fácil y difícil, cerrada y abierta, americana y cosmopolita, refinada y brutal. Es un lugar para ser infinitamente rico y para no tener un dólar en los bolsillos. Son combinaciones que no se dan en Londres, Milán o París, que son las que más visito.

¿Pero siempre le quedará París?

Sí. Por razones sentimentales. Cada vez que voy no puedo evitar recordar la emoción indescriptible de la primera vez. Es como encontrarte por sorpresa, años después, con tu primer amor.

¿Qué lugar interesante no conoce y le gustaría conocer?

Me quedan muchos sitios por conocer. No he visto de cerca los templos sagrados de Khajuraho, en la India, y sigo tan prisionero del continente africano que no creo poder llegar a disfrutarlo como me gustaría. También hay ciudades a las que he ido y no las he podido visitar como hubiera deseado. Sin ir más lejos, Milán. He ido cientos de veces y aún no he podido sacar una hora para visitar La última cena, de Da Vinci, o la Pinacoteca de Brera.

Antes de hacer las maletas, ¿aconseja documentarse bien sobre el lugar de destino?

Yo prefiero que me sorprenda ese destino. Cuando viajo, soy poco intelectual. Solo si algo me ha impresionado mucho, amplío conocimientos.

¿Cómo influyen el estado de ánimo o las compañías?

Un viaje no deseado con una persona con la que no hay feeling puede pasar de ser uno de los mayores placeres del ser humano a uno de los mayores castigos... Al contrario, viajar con la persona adecuada, en el momento oportuno, es uno de los sinónimos más cinematográficos del amor.

Cuando llamé para concertar la entrevista, estaba en China. ¿Va con frecuencia al país asiático?

Llevo varios años viajando a China porque tengo la obligación de buscarme allí la vida. Es el país más grande del mundo y será seguramente el que pronto nos domine. En las escuelas a los niños les dan clases siete días a la semana porque quieren que sean los mejores en todo. Son como las hormigas, siempre expandiéndose y posicionándose. Además, son terriblemente ambiciosos. Me interesa mucho China porque son capaces de darnos soluciones para nuestro futuro.

Como buen gallego, ¿añora su tierra cuando pasa mucho tiempo fuera de ella?

Por supuesto que la añoro. Cuando estás en el mejor hotel del mundo te acuerdas de tu cama, de tu casa y de tu pueblo. El día que deje de viajar, volveré a Verín. Junto a la moda, la otra pasión de mi vida son los vinos, y en Verín está mi bodega. Siempre digo que la naturaleza que ha rodeado mi infancia es prodigiosa.

"En el mar te das cuenta de lo pequeño que eres"

El mar es uno de los grandes placeres del diseñador Roberto Verino y a él se aplica en vacaciones con un reducido grupo de amigos. Este verano han recorrido las costas gallegas, para después tomar tierra y hacer un tramo del Camino de Santiago.

"Cuando estás en alta mar -afirma el diseñador y empresario- te das cuenta de lo pequeño que eres, de que no somos nada comparados con la magnitud de la naturaleza. Es una especie de paz absoluta, donde solo se escucha el roce del agua contra el casco del barco. Te sientes aislado de lo que es el mundanal ruido. Me gusta estar desconectado, con gente a la que quieres y que te quiere".

Sin embargo, no siempre la tranquilidad está asegurada: "Hace unos años pretendíamos llegar a las Islas Eolias, después de haber visitado Grecia. Aunque los vientos no resultaban favorables, disponíamos de un barco grande, con tripulantes y cocineros. Un lujo al que no estábamos acostumbrados. Sin embargo, al salir del cortavientos de una isla, el barco empezó a inclinarse cada vez más. No nos hundimos de verdadero milagro. Nunca había visto unos vientos como aquellos. Estaba acojonado".

Acaba de dejar atrás su reciente singladura por las rías gallegas y ya está preparando otros viajes que le devuelven al mundo apasionante de la moda: "Primero viajaré a Milán, luego a París y después a Moscú... También volveré a China, donde tengo que cerrar unos tratos con mis ‘partners'' de allí. No me da ninguna pereza viajar. En doce horas de vuelo te pones en otro continente, en un lugar muy lejano, desde el que te das cuenta de que tenemos un país con ganas de vivir. Y cuando un país tiene ganas de vivir, hace lo que sea por conseguir lo que se propone".

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