Entrevista a Pedro Guillén, traumatólogo

Los primeros viajes por la España de principios de los 60 los realizó pilotando un 600 al que llamaba "Tomasín". Nacido hace 75 años en La Algaida (Murcia), ha hecho más de 30.000 artroscopias y ha operado a famosos deportistas. Fundador y jefe de Cirugía, Ortopedia y Traumatología de la Clínica Cemtro de Madrid, sus experiencias viajeras tienen en su mayoría un componente profesional. Primero el congreso y después unos días para conocer la ciudad y el país donde se celebra.

Javier del Castillo
 | 
Foto: César Lucas Abreu

No se desprende de la bata blanca, ni tampoco de un billete de 2.000 pesetas que le entregó su madre hace ya muchos años "por si alguna vez te hace falta". Se ha cambiado en infinidad de ocasiones de bata, pero el billete sigue ahí, doblado en el bolsillo, junto a un manojo de tarjetas de visita. Su vida es el trabajo, la familia y los amigos. Y los viajes giran en torno a lo primero. "Las artroscopias -afirma- son las culpables de que yo haya viajado tanto por el mundo".

Pese a todo, este reconocido traumatólogo, que ha intervenido a jefes de Estado -uno de los últimos pacientes de la Clínica, donde también trabajan sus tres hijas, Pilar, Marta e Isabel, fue el ex presidente Adolfo Suárez- y a infinidad de deportistas, respeta el compromiso de hacer cada verano un viaje con toda la familia. En lo que va de año, por razones profesionales ha visitado Argentina, Costa Rica, México y Panamá. La conversación con el doctor Guillén está salpicada de anécdotas y de recuerdos.

¿Cómo fueron los primeros viajes de su infancia?

Iba todos los días en bici al colegio de Archena, que está a cinco kilómetros de La Algaida. Esos fueron mis primeros viajes. Por la mañana y por la tarde. Alguna vez me llevaron de pequeño a los baños de Mula y a La Manga del Mar Menor, pero íbamos y volvíamos en el día. Mi ídolo entonces era el médico del pueblo, tan elegante, con un sombrerito blanco de esos perforados, y me dije: yo quiero ser médico, como este señor. Durante la carrera, en verano, le acompañaba al balneario de Archena para tomarle la tensión a los enfermos allí alojados. El mecanismo del veraneo yo no lo descubrí hasta que llegué a Madrid.

¿Y qué impresión le causó la capital a un chico de provincias?

Me llamó la atención ver a compañeros llegar en coche a la Facultad de Medicina. Yo vivía en una pensión y siempre iba en tranvía. Pero Madrid es una esponja, donde cabe todo el mundo. Aquí nadie es extraño para nadie. No he visto una ciudad más abierta que ésta. También me percaté de la existencia de gente que podía irse de veraneo tres meses.

A principios de los 80, consciente de la importancia del inglés para su trabajo y también para el futuro de sus hijas, que entonces tenían ocho, seis y cinco años, Pedro Guillén decidió llevarlas de vacaciones a Londres. Vivían en la calle Holland y recibían clases diarias, entre las ocho y las doce del mediodía.

¿Cómo fue esa experiencia?

Mi mujer es de Málaga y hubiera preferido la Costa del Sol, pero lo aceptó de buen grado. Esa experiencia la repetimos durante tres años. Nos íbamos el 31 de julio y volvíamos el 31 de agosto. Cada uno iba a su clase. Era obligatorio. Por las tardes nos íbamos a Cambridge y a Manchester.

Siempre que ha podido se ha llevado consigo a la familia, a pesar de los compromisos de trabajo.

Siempre. La primera vez que me invitaron a dar una conferencia en el extranjero fue en Montecarlo. Tenía que hablar de La respuesta de la articulación ante el trauma, el esfuerzo y el reposo, y, al acabar, mi hija pequeña, Isabel, vino corriendo a abrazarme y me dijo: "Hay que ver papá lo bien que hubieras quedado si en lugar de hablar en inglés hubieras hablado en castellano, con lo que tú sabes". Ese es un viaje que no olvidamos. El siguiente fue a México, a donde ya he ido más de veinticinco veces. Cada congreso mundial sobre mi especialidad lo hemos convertido en excusa para viajar en familia. Hemos viajado a Australia, Japón, Indonesia, Estados Unidos, Argentina, Hong Kong... y este verano iremos a Amsterdam.

¿Con qué ciudad de las visitadas se quedaría?

Soy un gran aficionado a la historia y Roma me encanta. También Buenos Aires. Cuando la paseas, te das cuenta de que tiene algo de París, algo de Roma y algo de Madrid. Se nota mucho la influencia de las gentes que llegaron a Buenos Aires desde Francia, Italia y España. También me encanta Nueva York. Es una ciudad diferente. Y me gustó mucho Goteborg, y el Instituto Karolinska, en Estocolmo. Goteborg me gustó porque es limpia. Solo recuerdo de ella la limpieza de sus calles.

¿Qué significan los viajes?

Viajar es sacar una ilusión, querer ver algo nuevo. Si uno no sale de su país, termina creyendo que no existe otra cosa. Es como en Medicina: si no sales de tu especialidad, te llenas de prejuicios. Claro que mi equipaje son mis conferencias.

¿Es aficionado a traerse recuerdos?

Me gusta hacer fotos. También colecciono cortaúñas. Tengo 150 de lugares diferentes. Cuando me quieren regalar algún detalle, les digo: regalarme un cortaúñas. Aquí tengo uno, recuerdo de Granada, que quiero que te lo lleves.

¿Es meticuloso a la hora de preparar las salidas?

No tengo tiempo. De los preparativos y de los detalles se encargan mis hijas. Una vez fuimos en coche a Bahía Blanca, al sur de la provincia de Buenos Aires, desde la capital. No me imaginaba que podía estar a ochocientos kilómetros de Buenos Aires. Vimos todas las vacas del mundo. Si me hubiera preparado el viaje, nos habríamos evitado tantas horas de carretera. Pero tampoco viene mal un ingrediente de sorpresa.

¿Algún lugar que considere poco recomendable?

Fui con mis hijas a Orlando, pero aquello no entra en mi concepto vital. Lo hice por ellas. Me pareció un mundo sin base. Sin embargo, a Nueva York volvería siempre.

Pacientes famosos y agradecidos
Hugo Sánchez, Violeta Chamorro y Óscar Arias

Gracias a Hugo Sánchez, al que acababa de operar en Madrid, el doctor Guillén disfrutó de las ventajas de la popularidad y de algún que otro inconveniente en la capital mexicana, apenas unos días después de aquella intervención: "Cuando les di en la recepción del hotel unas fotos que me había entregado el jugador del Real Madrid, me dieron la mejor habitación. Luego se enteró la prensa mexicana de mi estancia allí y tuve que contarle a un montón de periodistas cómo había sido la operación realizada a su ídolo nacional, Hugo Sánchez".

En otro viaje a América, la entonces presidenta de Nicaragua, Violeta Chamorro (en la foto), le pidió que la examinara: "Fui a verla y le expliqué que solo tenía un edema óseo, por lo que no era necesario intervenir. Le dije: ‘Coja un bastón y seguro que estará bien en quince días''. Una gran señora".

El entonces presidente de Costa Rica y Premio Nobel de la Paz, Óscar Arias, y su esposa también se pusieron en sus manos: "Les traté a los dos y cuando volví de nuevo a Costa Rica me estaban esperando en el aeropuerto para llevarme a cenar". En una de las estanterías de su despacho de la Clínica Cemtro, al lado de una foto con Maradona y el Kun Agüero, se puede ver un retrato del doctor Guillén junto al ex mandatario costarricense.

Dentro de las anécdotas que ha vivido en su trayectoria profesional y viajera, el doctor Guillén comenta sonriente la foto que le hizo a la primera persona que veía hablar por un móvil, en las calles de Tokio, y la alegría que le produjo durante un viaje a Escocia la llamada -primero, de José María García, y luego, de José Luis Corcuera- en la que le informaban de la concesión de la Medalla de Oro al Trabajo. Bien merecida, por cierto.

// Outbrain