Entrevista a Millán Salcedo, actor y humorista

Tiene algo de caballero andante, con raíces en La Mancha y sueños de viajes imposibles. Tras haber puesto a Móstoles (Madrid) en el mapa, con las famosas empanadillas de Encarna, disfruta del sabor de las viejas catedrales. Le apasiona el arte sacro y hacer fotos por pueblos y ciudades. Tampoco tiene coche y se mueve siempre ligero de equipaje.

Javier del Castillo
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Foto: Victoria Iglesias

Su casa parece un museo de arte antiguo, con algunas concesiones a la etnografía e iconografía de la cultura popular. En el salón destaca un sillón de peluquería antigua, una hornacina con hierros retorcidos rescatados de los Altos Hornos de Sagunto y una vidriera con motivos religiosos que separa el salón de la terraza. Millán Salcedo también colecciona pingüinos, alineados en una vitrina, y recuerdos que va desgranando en la terraza de su casa, junto a la calle Goya, a unos metros del Palacio de Deportes de Madrid.

"Don Quijote" viajó a la Playa de Barcino, en Barcelona, después de sus andanzas por La Mancha. ¿Cuándo conoció usted el mar?

Antes de ir a la mili, en un viaje que hice con un grupo de teatro, coros y danzas a Ribadesella (Asturias). Allí conocí la bajada del Sella, Arriondas y aquel mar que me volvió loco. Lo miraba como si hubiera descubierto otro mundo.

¿Es más de campo que de playa?

La playa no me gusta. Me resulta incómoda. Te has bañado y duchado veinte veces y sigues teniendo arena en las orejas, en las uñas. Hasta en los c... Me pica la cosa salina, me produce picorcillo. Yo me baño más con los ojos. Me encanta ver el paisaje, el oleaje. Me calma y me relaja. Pero lo de tomar el sol y embadurnarme, no puedo, no puedo...

Usted nació, como Antonio Gala, en Brazatortas (Ciudad Real). ¿Hay algún rincón de su tierra por el que sienta atracción especial?

Mi pueblo es el mejor del mundo, en el Valle de Alcudia, que es muy bonito. El problema es que solo lo visitaba en verano. No he visto llover ni nevar en Brazatortas. Las vacaciones las pasaba en casa de una tía y me quedan recuerdos vagos. Estoy orgullosísimo de ser manchego, pero apenas tengo ligeros flashbacks de la infancia. Si tuviera que elegir un sitio, me quedaría con la Venta del Quijote, en Puerto Lápice, que es una maravilla. Algo mágico.

Además de los espectáculos en grandes ciudades, ¿qué impresiones saca de sus bolos y giras por España?

Me sigue gustando mucho titirear, ir de aldea en aldea, de pueblo en pueblo... Viajar me gusta. Es una maravilla y, además, muy cómodo desde que a las maletas les han puesto ruedas.

¿Qué tal se le da hacer la maleta?

Lo odio. Suelo viajar con mochila. Me cojo cuatro pingos, como decía mi madre, alguna botella de agua, unas zapatillas, un par de calcetines y poco más.

Supongo que en Móstoles se le tendrá en alta estima...

Aquello fue increíble. Nos contrataron para actuar y al finalizar la actuación nos entregaron un premio: un tenedor muy bonito con una empanadilla pinchada... Era una empanadilla de verdad, así que le pegué un bocado y me la comí delante de todo el pueblo. Pero qué bien, qué buen sentido del humor.

Fuera de España, ¿qué lugares le han impresionado más?

Me gusta mucho Roma. La primera vez fui invitado por unos actores italianos que conocí en Madrid. Uno tenía una casa maravillosa al lado de la Fontana de Trevi. Me organizaron una fiesta la primera noche y, como les gustaba mucho Joan Manuel Serrat, estuve hasta la madrugada cantándoles canciones de su repertorio. Estaban todos flipados.

¿Alguna otra ciudad europea?

París, aunque me pareció gigantesca, demasiadas enormes avenidas. Es una locura, pero me quedo con el Mediterráneo y sus abrevaderos, incluido España, que es tela marinera. A mí me gustan las piedras, Grecia, Roma y también Túnez. Praga me gustó mucho y también Budapest.

¿Cómo conoció Túnez?

Fui a pasar el Fin de Año con unos amigos, y me pareció emocionante. Nos metimos en una especie de antro y yo decía: de aquí salimos capados, como mínimo. A nuestro lado bailaban una especie de odaliscas. Vieron que éramos turistas y nos estaban, a su manera, agasajando, demostrándonos su afecto y su cariño. Fumamos incluso la cachimba aquella que te da un poco de pedo raro. ¡Qué fuerte, hay cariños que matan!

¿Existe alguna ciudad española por la que siente especial debilidad?

San Sebastián es para llorar. Sobre todo si te alojas en el hotel Londres, con vistas a La Concha. Y cómo se come... ¡Dios mío! He ido diez años seguidos a la zona de Hendaya, por la Bahía de Txingudi. Me alojaba en el hotel Alcázar de Irún y desde allí hacía rutas por San Juan de Luz, Biarritz, San Sebastián y Fuenterrabía. Es una zona con un paisaje bellísimo.

Dentro de Madrid, ¿por qué lugar le gusta moverse?

Por la Plaza Mayor y aledaños: la Cava Baja y el Madrid de los Austrias. Mucha gente cree que vivo por esa zona. Recomiendo la Posada de la Villa. El Retiro me agrada, pero es como de comer pipas y las barcas no me gustan. Yo soy más de piedra vieja y de turismo sacro. Qué bien que la iglesia se aliara con las bellas artes.

¿Algún viaje al que no piensa renunciar?

No puedo morirme sin visitar Petra, Egipto y Estambul. También me gustaría ir a San Petersburgo. Estuve a punto de hacerlo, pero me dio una gastroenteritis y tuve que anular el viaje.

¿Nunca se ha apuntado a un viaje turístico organizado?

No puedo. Si van españoles, me puedo pasar todo el viaje hablando de las empanadillas de Móstoles. Prefiero ir solo, a mi bola, o con mi amiga Pura, compañera de toda la vida y paisana. Cuando viajo fuera prefiero ir acompañado. Parece que me como el mundo, pero soy un miedica. Igual me pierdo en una medina de esas, en Estambul, y acabo preñado.

¿Conoce América?

Estuve tres días en Nueva York y tres en Miami. En la época de Martes y Trece nos hablaron de ir a Argentina y Colombia, pero nos rajamos. No iban a entender nuestras parodias de Hermida, Gloria Fuertes o Encarna.

Me decía al principio que le gusta ver el mar, pero sin mojarse...

Con todos mis respetos, no le veo ningún fuste a la navegación. Una vez subí al barco de unos amigos de Valencia y empecé a decir: "Oye, que nos estamos alejando mucho". Se reían. Pensaban que estaba de broma. Yo les insistía: "Que lo estoy diciendo en serio, que ya no veo la tierra ni nada y me quiero volver". Además, se estaba haciendo de noche. No me gusta lo relacionado con el mar. Solo me gusta mirarlo, verlo.

¿Cómo le gusta viajar?

Por tierra, como acabo de explicarle. Ni por agua ni por aire. Desde que se ha inventado el AVE, bendito sea el AVE. Hay una zona en la que puedes apoyar el codo, mientras te tomas una bebida. Puedes charlar, conocer gente, ver paisajes y fotografiarlos o grabarlos.

¿Nunca viaja en coche?

Ni tengo coche, ni tengo carné, ni me ha interesado jamás tenerlo. No me gustan los coches, se llamen Lamborghini, Mercedes o Conchita Velasco. Me da igual. A mí lo que me gusta es caminar. Calzarme el disfraz de turista, cogerme mi mochilita y andar los caminos con mi cámara de fotos.