Entrevista a Miguel Arias Cañete, Ministro de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente

Detrás de su aspecto afable y relajado se esconde un apasionado de la velocidad y la aventura. Colecciona coches antiguos, pero lo que más añora es perderse por el Sur de Marruecos, navegar a vela por las costas de Croacia o hacer, el día que deje la política, el Camino de Santiago partiendo desde San Juan de Luz. Este madrileño de 63 años es, además, un gran conversador, con muchos kilómetros a sus espaldas y con infinidad de anécdotas viajeras que animarían cualquier sobremesa.

Javier del Castillo
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Foto: Luis Davilla

En su despacho de muebles victorianos, junto a la vieja estación de Atocha, Miguel Arias Cañete prepara la próxima reunión de Bruselas. Acaba de regresar del Parque Nacional de Monfragüe (Cáceres) y celebra que en su segunda etapa como ministro de Agricultura -siendo además el más valorado del gabinete de Rajoy- le hayan adjudicado Medio Ambiente. En un ala de la mesa se exponen media docena de coches antiguos en miniatura y una caricatura suya a tamaño natural.

Una pregunta casi obligada al ver su pequeño parque móvil. ¿De dónde le viene la afición por los coches?

He coleccionado cochecitos desde niño, sin límite. Me los regalaban en los cumpleaños. Luego, cuando ya los pude conducir, empecé a coleccionar vehículos grandes. Compraba coches antiguos, que iba rehabilitando. Me gustan los clásicos ingleses de los años 60. Tengo un Austin Cooper, un Morgan, algún Alfa Romeo y un MG. La mayoría son de la quinta en la que yo me saqué el carné de conducir.

Al igual que ha vuelto al Ministerio que dejó hace nueve años, ¿también le gusta volver a los destinos ya visitados?

Me gusta compartir de nuevo sitios que me han dejado buen recuerdo. Por ejemplo, he vuelto al Monasterio de Piedra; he vuelto a Cuenca, que siempre me ha encantado, y he repetido viaje a las islas de Moorea, Rangiroa y Bora Bora, en Tahití.

Una vez comprobados los últimos mensajes recibidos en su teléfono móvil -"Rajoy casi no llama, pero manda mensajes para decirte que le llames tú"-, Miguel Arias Cañete se deja llevar por la nostalgia de sus viajes de niño desde Tetuán (Marruecos), donde vivía la familia, hasta Madrid.

¿Qué tenían de particular aquellos desplazamientos?

Eran una aventura, porque tenías que embarcar el coche en un ferry, cruzar el Estrecho y después hacer noche en el camino, antes de llegar a Madrid. Llegar a la capital de España, con ese componente de viaje marítimo, era una cosa maravillosa para un niño.

¿Cuáles son sus ciudades españolas preferidas?

Cuando saqué la plaza de abogado del Estado, hice un estudio de mercado sobre las ciudades en las que me gustaría vivir. Esas ciudades eran Palma de Mallorca, San Sebastián y Jerez de la Frontera, por este orden. Fui destinado a Jerez de la Frontera y allí acabé viviendo y formando una familia. Si tuviera que elegir una ciudad para ir a ver, me gusta mucho Cáceres de noche. Y, por supuesto, Toledo. Entre Cáceres de noche y Toledo, tendría el corazón partido.

Supongo que Bruselas le gusta menos.

No me gusta absolutamente nada. La conozco de ir del aeropuerto al hotel y del hotel al Parlamento. A lo mejor tiene encanto y yo no lo he saboreado. El 99 por ciento de los viajes de un ministro es no conocer la ciudad. He estado este año en Berlín, París, Dublín, Roma, Lisboa, Rabat, Casablanca y Agadir, pero en ninguna de estas ciudades he pisado la calle.

Le gusta viajar en coche, sin prisas, para saborear mejor los paisajes y la gastronomía. Procura elegir hotel al caer la tarde y, si no lo halla donde pretendía, tampoco le importa buscar otro a cien kilómetros de distancia.

¿Ha cambiado mucho la manera de viajar?

Radicalmente. Antes cogías un Seiscientos, con baca, y aparecías en Estocolmo o te ibas a Grecia en moto, lo cual tiene cierto mérito. El viaje estaba lleno de aventura.

¿Cuál ha sido el viaje de su vida?

Marruecos. Lo he recorrido decenas de veces. Lo que más me gusta es el sur de Marrakech; ciudades como Tarudant, Ouarzazate, Zagora, la playa de Agadir o recorrer Essaouira antes de volver para arriba.

¿Qué viajes tiene pendientes?

El Camino de Santiago, que haré cuando deje la política, y Vietnam, un país que tengo un enorme interés en visitar. Conozco toda Europa, bastantes países de África y algunos de Latinoamérica, pero Asia es un continente bastante desconocido para mí.

Como buen piloto, ¿dónde no le importaría perderse con el coche?

De Marrakech para abajo. Me gusta mucho el desierto y los contrastes. A los que nos gusta conducir nos disgustan las autovías. Preferimos las carreteras secundarias. Para viajar bien, hay que hacerlo sin reloj y sin programa establecido. Los peores viajes son aquellos en que todo está coordinado: a las 17.14 h. minibús, monumento, paraguas, todos detrás del guía... Yo soy muy independiente. Me gusta ir por libre.

¿Hay que viajar para contarlo?

Pues no sé cómo se pueden contar unas migas con chorizo o unas patatas a la riojana... Otra cosa son los paisajes. En el viaje de novios estuvimos en Brasil, Argentina y Zahara de los Atunes y luego, al ver las fotos, no identificábamos una playa maravillosa. Era la playa de Zahara de los Atunes. La teníamos aquí al lado y sin necesidad de cruzar el Atlántico.

Creo que corrió las 24 Horas de Le Mans con François Fillon.

Cierto. En la edición del año 2008 coincidí con el que luego sería primer ministro de Francia, cada uno pilotando un coche muy parecido. No dejé mal el pabellón, pero ninguno de los dos quedamos entre los veinte primeros. Durante la carrera no le reconocí, pero luego nos presentó el organizador de la prueba.

¿Un paisaje?

Las dunas de Doñana. Ese contraste que se produce cuando vas por una duna y aparece el Atlántico.

ANÉCDOTAS DE UN MINISTRO VIAJERO

"En Río tuve que volver hasta la bodega del avión para recuperar la maleta de mi mujer"

Mientras juega con los cochecitos que tiene sobre la mesa, el ministro Arias Cañete recuerda, de forma amena y distendida, anécdotas de algunos de sus viajes. La primera de ellas tuvo lugar al aterrizar en el antiguo aeropuerto Santos Dumont, de Río de Janeiro, durante el viaje de novios: "Se pierde la maleta de mi mujer, con los camisones y la ropa que le había preparado su madre, y me dicen en el mostrador de Iberia que no me preocupe, que ya la buscarán. Entonces ella insistía en que quería su maleta. Desesperado porque mi mujer me declaraba la guerra, empecé a dar propinas por todo el aeropuerto hasta llegar en el coche de equipajes a la bodega del avión. Volví con la maleta. El único problema es que estaba rota. Tenía 28 años. Ahora no se me ocurriría intentar hacer eso en la T-4 de Barajas".

La otra anécdota que mejor recuerda la vivió en la ciudad francesa de Niza, a la vuelta de Italia, a donde había ido a recoger junto a un amigo un coche de carreras: "En la puerta del hotel de Niza nos robaron la cartera y nos quedamos solo con un billete de 500 francos. Con ese dinero, ni de broma llegábamos a Algeciras. Fue a mediados de los 70 y yo no tenía tarjeta de crédito. Entonces, mi copiloto me dice: ‘dame los 500 francos que me los voy a jugar al Casino de Montecarlo''. Se los jugó, no sé si a pares o a rojo o negro, pero volvió con 4.000 francos. Nos pegamos una cena opípara en Niza y llegamos espléndidamente a Algeciras".

De carácter abierto y campechano, no le importa que le reconozcan por la calle: "A veces me dicen: ¿usted es quién yo creo que es? Les digo: efectivamente, ese soy yo. Luego me hago una foto con ellos y no pasa nada". Aficionado a los deportes de riesgo -ha practicado el ala delta y también el surf-, lamenta haber tenido que dejarlos por problemas en la columna.