Entrevista a Miguel Ángel Perera, torero

Ha completado una gran temporada. Triunfador de la última Feria de San Isidro, con dos salidas a hombros por la Puerta Grande, el torero, nacido hace 30 años en Puebla de Prior, Badajoz, también le echa valor y sentimiento cuando se arrima al mundo de los viajes. Cita desde la distancia las playas de Andalucía o la estancia de una semana en Lisboa con los jesuitas, sin perderle la cara a los atardeceres de la dehesa, a los contrastes marroquíes, a la Nueva York cosmopolita o a la magia de Laos.

Javier del Castillo
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Foto: José Ramón Aguirre

Nos cita en un hotel próximo a la Plaza de Las Ventas, escenario de sus últimos éxitos taurinos, pero ha asimilado perfectamente la idea de que en esta ocasión no toca hablar de toros. Alto, moreno, sobrevuela los asuntos taurinos para centrarse en la recreación de algunos de los lugares maravillosos que ha conocido en los cortos periodos de descanso que le permite su profesión. Aunque ha visitado también, por razones de trabajo, las principales capitales españolas y una buena parte de Latinoamérica, permanece fiel a sus raíces rurales: "Vivo en Olivenza y estoy enamorado de Extremadura, de su gente y de su paisaje. La dehesa es una maravilla, pasear en primavera al levantarte entre encinas y alcornoques... ¿Qué le voy a contar? Me gusta mi gente y me gusta mi tierra. A mí me zarandeas y posiblemente me caiga alguna bellota". Casado con Verónica Gutiérrez, hija del ex torero Niño de la Capea, guarda un recuerdo especial de su viaje de novios por Tailandia y Laos.

De niño, ¿a dónde le llevaban sus padres de veraneo?

Íbamos casi siempre a las playas de la costa andaluza: Chipiona, Almuñécar, Matalascañas, Málaga y Torremolinos. El viaje más largo que yo hice de chaval fue a Palma de Mallorca. Aquello fue un acontecimiento para mí y para mis dos hermanos más pequeños. No dormimos la noche anterior pensando en que teníamos que levantarnos muy pronto para salir con la fresca.

Supongo que haría alguna excursión con el colegio de los jesuitas de Villafranca de los Barros, donde estudió el Bachillerato.

Hicimos un viaje muy bonito a Lisboa, para participar en un torneo de fútbol con otros colegios de jesuitas. Yo jugaba de portero. La convivencia durante una semana con chavales de otros países fue muy interesante. Es de esos viajes que no olvidas nunca. Con este tipo de experiencias uno se hace más abierto y tolerante.

¿Fue ese el motivo que le llevó hace unos años a Marruecos?

En parte sí. Conocí Marruecos de Norte a Sur y no descarto volver. Es un país que me enamoró. Me encantaron ciudades como Fez, Ouarzazate y Marrakech. Sobre todo, la Medina de Fez, con sus miles de calles, algunas sin salida. Me impactó, me maravilló y me sorprendió. Marruecos es un país con muchos contrastes, un país que me impresionó más de lo que esperaba.

También le impresionó su primer viaje a América, concretamente a México, donde estuvo toreando de novillero en la primavera de 2002, viviendo en un pequeño rancho. De aquella dura experiencia recuerda sobre todo una semana y media que estuvo en Aguascalientes. Unos años después, volvería a la capital mexicana para hacer el paseíllo en su gran plaza Monumental.

¿Declararía de interés turístico alguna plaza de toros?

La verdad es que hay plazas muy bonitas, como Las Ventas o la de Olivenza, a la que le tengo un especial cariño por ser la ciudad en la que vivo. También es impresionante la Monumental de México, el doble de grande que la de Madrid, aunque arquitectónicamente tenga menos interés. Los toros son un valor añadido de nuestro país, hasta los antitaurinos no rechazan a los grandes intelectuales españoles que se han inspirado en el mundo de los toros.

¿Algún lugar especial al que no le importaría volver?

Perú. Hace cuatro años estuve en Cuzco y en el Machu Picchu, porque buscaba un sitio especial para hacer la petición de mano a mi mujer. El Machu Picchu me pareció una maravilla. Impresionante. No te imaginas que la gente pudiera vivir en aquellas colinas. Luego el viaje de novios lo hicimos por Tailandia y Laos.

¿Por qué eligieron estos países asiáticos para la luna de miel?

Queríamos irnos lejos, para desconectar mejor, y pensamos en Asia. La verdad es que Bangkok no me gustó mucho, pero sí que me encantó Laos. En Laos no existe la saturación y la masificación que hay en Bangkok. Es un país amable, con casitas de madera, con calles de tierra, con un paisaje virgen y mucha vegetación. Nos encantó.

¿Le gustaría viajar más a menudo a destinos lejanos?

Tengo muchos viajes en la cabeza, pero me paso casi todo el año fuera de casa, toreando, y cuando acabo la temporada me apetece estar en casa con la familia y con mis amigos.

¿Una ciudad?

Nueva York. He estado un par de veces, pero me gustaría poder regresar cada dos o tres años. Es la ciudad más cosmopolita que conozco y de la que me enamoré nada más llegar.

¿Una población española?

Olivenza, pero también me gustan Mérida y Cáceres, las dos ciudades más bonitas de Extremadura.

¿Algún paisaje?

El Valle del Jerte. Me encanta esa vegetación en primavera y esas piscinas naturales que se forman cuando se produce el deshielo, con un agua cristalina. Cuando el resto de Extremadura se seca en julio y agosto, paseas por esa zona y parece que estás en otro mundo.

Cuando viaja, ¿qué no le puede faltar en la maleta?

El neceser, porque una camisa o unas zapatillas te las puedes comprar en alguna tienda. Después de muchos viajes a América, no aprendo. Lleno la maleta de ropa deportiva, de vestir, de abrigo, y vuelvo con la mitad de ropa sin usar. Tengo que aprender a hacer una maleta más reducida.

Pasión por la naturaleza
"He vivido en Sevilla y Madrid, pero prefiero el campo"

Miguel Ángel Perera vive en el campo, rodeado de animales y apegado a una tierra y a un paisaje. El paisaje de su infancia. De espaldas a la ciudad. "He vivido algún tiempo en Sevilla y en Madrid, pero, acostumbrado a la tranquilidad y a la cultura del pueblo, no me sentía a gusto. En Olivenza vivo en contacto con la naturaleza. Además, yo soy muy de los míos, muy de la gente que ha estado siempre a mi lado, de mi familia, de mis amigos. No tengo necesidad de ir a cenar con unos o con otros, ni de hacer amistades que con el paso del tiempo no van a tener ninguna consistencia. Hago vida social, pero la justa". Aunque no lo confiesa abiertamente, el torero extremeño tiene la impresión de que existe una imagen un tanto distorsionada de su profesión: "Los toreros somos personas normales y no estamos todo el día concentrados, aislados del mundo, sin coger el teléfono la noche antes de torear. También nos interesa conocer las ciudades a las que vamos. Mi suegro Pedro, cuando toreaba en América, retrasaba el viaje de vuelta o se cogía unos días libres para hacer turismo. Hacía viajes entre corrida y corrida, por esa inquietud de querer conocer lugares". Cuando le apuntas que los ciudadanos españoles vivimos de espaldas al campo, Miguel Ángel Perera pone algunas objeciones: "Yo creo que se está volviendo otra vez al campo. Siempre ha sido la gran reserva. Algunos jóvenes que se habían ido a la ciudad, viendo como están ahora las cosas, están retomando el camino del mundo rural. Pero no es lo mismo ir al campo a pasar el fin de semana que vivir y trabajar en él. Al que va en plan turista le parece una maravilla, pero al que lo trabaja le resulta un poco más duro".