Entrevista a Javier Urra, psicólogo y pedagogo

El que fuera primer Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid es un enamorado de los viajes. Nacido en Estella (Navarra) hace 56 años, aunque residente en Madrid desde niño, su memoria viajera se detiene en las playas de la Concha y Ondarreta y asciende por el funicular del monte Igueldo. Ha viajado por muchos países, se ha dejado impresionar por la naturaleza africana, pero también presume de haber viajado por todos los pueblos de la Comunidad de Madrid cuando sus dos hijos eran pequeños.

Javier del Castillo
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Foto: César Lucas Abreu

Se asoma a las estanterías de su casa madrileña, situada junto al Parque del Retiro, para rescatar fotografías y recuerdos de algunos de los lugares que ha visitado por razones de trabajo -conferencias, congresos y cursos universitarios- o para disfrutar con la familia. Javier Urra, experto en cuestiones relacionadas con la educación y la infancia, destaca la influencia positiva de los viajes en la formación de los jóvenes y aconseja salir con más frecuencia de la aldea para "asimilar que el tiempo y el espacio han cambiado en nuestra sociedad". Como ejemplo de ello, recuerda la reciente estancia en una residencia de Washington, donde vivía su hijo con otras veinte personas, cada una de un país diferente.

Premio Francisco Javier de Navarra 2013, elogia la nobleza de las gentes de esa Comunidad, a la vez que subraya la obsesión de algunos por el terruño: "Te dicen: ¿para qué vamos a viajar, si aquí tenemos de todo? Tampoco creo que haya que conocer todo, pero sí aprender de otras culturas y otras formas de vida".

Usted pasó muchas vacaciones de su infancia en San Sebastián. ¿Sigue vinculado a esta ciudad?

Voy casi todos los años. Me gusta comer en un txoko, subir en el funicular al monte Igueldo... San Sebastián es lo emotivo y lo nostálgico. Mi corazón siempre estará en San Sebastián. Recuerdo la montaña rusa, que en mi infancia la llamaban montaña suiza para no molestar al Caudillo, que entonces atracaba con su yate, el Azor, muy cerca de allí. San Sebastián para mí es la ternura. Recuerdo a mi padre nadando frente a las playas de la Concha y Ondarreta, a la señora que vendía cocos, los paseos a orillas del río Urumea... Es mi ciudad y a ella vuelvo cuando puedo. La otra sería Granada, con la Alhambra y Sierra Nevada.

¿Algún viaje menos vinculado a sus raíces?

Un viaje a Kenia, con mi mujer, para celebrar nuestras bodas de plata, hace poco más de diez años. Me impactó. Me impresionó el contacto con la naturaleza y con los animales, las puestas de sol... Es verdad que hay algo en África que te invita a volver. Yo he recorrido Hispanoamérica, soy profesor de la Universidad Diego Portales de Chile, donde imparto una asignatura de Psicología Jurídica, y son mundos muy distintos. Lo que más me impactó la primera vez que viajé a América fue cruzar los Andes. Recordé la famosa película de supervivencia. Me pareció de una belleza increíble sobrevolar esas montañas antes de aterrizar junto al Pacífico.

Con Javier Urra resulta fácil saltar de continente, pasar de una ciudad a otra o hacer pequeñas escalas en paisajes que le resultan más cercanos, pero muy recomendables, como los de Alcolea del Pinar (Guadalajara), donde tiene su segunda residencia, o la Sierra de Cuenca, que conoció hace ya algunos años. Habla de sus rincones favoritos con auténtico entusiasmo.

Si eligiera una ciudad europea para vivir, ¿con cuál se quedaría?

Me encanta París, pero también Lisboa, una urbe cariñosa y nostálgica.

¿Y de América?

Me encantó Washington. Buenos Aires me parece también una gran ciudad, con una vida cultural muy interesante. Argentina es un pueblo culto, aunque también algo neurótico. Todos son psicoterapeutas. La última vez que estuve en Buenos Aires visité el Ateneo y algunas de las maravillosas librerías de la ciudad, donde tienen muchos libros de autores españoles. Allí me siento muy identificado.

Durante algunos años trabajó para el Ministerio de Justicia en Cuenca. ¿Tuvo tiempo de conocer algunos de sus encantos?

Conocí los valles del Huécar, el Júcar y el Ventano, pero lo que más me gustó fue la zona de Beteta, que limita con Guadalajara y Teruel. Es poco conocida, pero casi mejor, porque tiene parajes naturales de una belleza increíble. A mí me gusta la España rural y por eso voy con frecuencia a descansar a Alcolea del Pinar, casi esquina con Soria, y muy cerca de ciudades monumentales como Sigüenza y Medinaceli. Me gusta vivir y trabajar en la gran ciudad, pero también necesito disfrutar de la soledad.

¿Contempla el viaje como terapia para el desánimo o la depresión?

Los viajes se pueden ver desde distintas perspectivas. En primer lugar, son un proyecto y eso implica que te acuestas con una idea: ¿cómo lo voy a hacer?, ¿qué voy a ver? Por otro lado, tienen un ingrediente de sorpresa, pues no todo va a ser como te lo imaginas antes de salir. A mí me gusta viajar relajado, sentarme en la terraza de un agradable café de París y estar horas viendo pasar gente. Tampoco es necesario morirse habiendo conocido todo, pero sí me parece importante que la gente de la ciudad se acerque al mundo rural. Es una realidad mucho más auténtica y humana. A mí, por ejemplo, me gustan los hoteles pequeños, en los que la señora te saluda y te pregunta qué tal has descansado.

¿Alguna anécdota?

La que compartí con mi amigo Juan en Santiago de Chile. Había perdido el vuelo desde Brasil y apareció en Santiago sin maleta, pero con una pequeña bolsa que apretaba entre sus manos. Eran unas chanclas que había comprado a sus hijas y que guardaba como si fueran un tesoro.

Antes de que se retire a Alcolea del Pinar, donde está haciéndose una gran biblioteca, el reconocido psicólogo va acumulando experiencias y anécdotas de los bolos y conferencias. "La gente es encantadora -comenta-, pero no falta el pesado de turno que se empeña en que elijas los productos de la tierra, como si no hubiera mejores vinos y aceites en ningún otro lugar del planeta".

"Viajábamos a Biarritz a comprar aspirinas"

A Javier Urra se le ilumina el rostro cuando habla de sus veraneos en San Sebastián, pues en aquellas vacaciones familiares se agolpan muchos recuerdos y vivencias de su infancia: "Desde San Sebastián íbamos en tren hasta Biarritz, donde mi madre compraba aspirinas, pues decían que eran mucho mejores que las que se vendían en España. En aquella época también se compraban en Biarritz revistas que aquí estaban prohibidas y productos que no se encontraban en nuestro país. La primera vez que pasé con mi hija la frontera fue todo muy distinto. No había gendarmes, ni guardias civiles; los productos de las tiendas eran muy similares a los de aquí y encima podíamos pagarlos con la misma moneda".

Dejándose llevar por la nostalgia, o quizás buscando sabores de antaño, el psicólogo Javier Urra presume de seguir tomándose, medio siglo después, los pinchos donostiarras donde ya se los tomaba de pequeño: en el bar Bergara. "Yo creo que todavía está la misma camarera y los pinchos son iguales o muy parecidos", comenta.

Otro viaje con referencias históricas menos felices fue el que realizó recientemente a Linares (Jaén): "Me invitaron a dar una conferencia, cenamos en un restaurante con burladero y después me llevaron a un hotel que hay frente a la plaza de toros. La habitación tenía un amplio dormitorio, una sala de estar y un vestidor muy grande. Al día siguiente me dijeron que en aquella habitación había estado Manolete la noche previa a la cogida mortal y que la habían vuelto a abrir para que la ocupara el diestro José Tomás hace un par de años".