Entrevista a Javier Moro, escritor

Ha viajado de pequeño a Londres y a París en los legendarios Super Constellation y a los 13 años durmió en el viejo Taj Mahal de Bombay, tras haber recorrido sus calles al lado de hombres con turbantes, elefantes y osos amaestrados. Su padre trabajaba en Barajas y su madre en el Castellana Hilton. Desde entonces no ha parado. Autor de una decena de libros –el último, "El imperio eres tú", Premio Planeta 2011–, defiende los efectos terapéuticos del viaje, mientras recrea los diferentes escenarios.

Javier del Castillo
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Foto: César Lucas Abreu

Los libros ocupan buena parte del salón y del estudio de la casa de Javier Moro en la calle Serrano (Madrid). Pero hay otra serie de objetos y recuerdos que delatan los gustos y aficiones de este escritor viajero. Junto a un mueble-bar chino asoma un portarretratos en el que se ve a Javier Moro en amistosa charla con el Dalai Lama (Las montañas del Buda). En la estantería de la izquierda aparece con los indios yanomamis navegando por el Amazonas (Senderos de Libertad). Tampoco faltan imágenes y recuerdos de la India (Era medianoche en Bhopal y Pasión India) o cajas llenas de fotos y diapositivas de tantos y tantos viajes...; una vieja mochila y algunos retratos de sus hijos, Sebastián y Olivia, en el parque del Retiro. Hasta una foto montando a caballo con su tío Dominique Lapierre en El Rocío.

Dentro de un controlado desorden, en el que ocupa lugar preferente la pantalla plana del ordenador, Javier Moro intenta explicar las razones y circunstancias que le llevaron a ser, desde su adolescencia, un buscador de aventuras: "Mi padre trabajaba en la TWA, tenía la oficina en el aeropuerto de Barajas y cuando iba a verle me subía a los aviones. Mi madre era la secretaria del director de alimentación y bebida del hotel Castellana Hilton. Entonces teníamos billetes de avión gratis y descuentos en hoteles. Nos salía más a cuenta irnos a la otra punta del mundo que a la playa de San Juan".

¿Cuál es el primer viaje importante que recuerda?

Me acuerdo de mi primer viaje a París, a finales de los 50, para ver a la abuela de mi madre, que murió con 109 años. Yo les decía a mis padres que me gustaría vivir allí. De hecho, estuve en París estudiando Antropología e Historia cinco años.

¿Qué influencia tuvo en su prematura vocación viajera el hecho de que su padre fuera directivo de una compañía aérea?

Bastante. Recuerdo los aviones con pasión. Me sabía todos los modelos, los motores... El avión era algo exótico. La aviación estaba rodeada de un halo de misterio. La aviación y el viajar. El viaje ha perdido parte de esa magia y hacerlo en avión cada vez te lo ponen más difícil.

¿Viajar se ha convertido en una necesidad casi vital?

El viaje para mí es una terapia. Voy a un sitio para encontrar lo que de alguna manera necesito. Viajar te limpia la mente, te obliga a adaptarte a circunstancias nuevas, y eso es bueno. Cuando estoy fuera, veo las cosas con otra perspectiva. Un buen viaje te cura todo.

Aunque reconoce que procura no documentarse demasiado sobre el lugar de destino, "porque me quita la curiosidad y las ganas de ir", a Javier Moro le gusta repetir: "Me encanta ir de nuevo a los sitios donde ya he estado. Vuelvo siempre. Vuelvo a la India o a Brasil. El mismo viaje es una experiencia nueva si lo haces en épocas diferentes. He ido ocho o nueve veces a Benarés y cada vez que voy es como si fuera la primera. La capacidad de sorprenderme de esta ciudad es infinita".

A los 17 años ya estuvo en Igloolik (Canadá), viviendo con una familia de esquimales...

Ese viaje sí que me marcó. Era, además, mi primer viaje en solitario. Ellos me preguntaban: ¿tienes familia? Aprendí a andar en trineo de perros y a evitar que la parte delantera del trineo se hincara en el hielo.

Inmediatamente después vino el viaje a la Amazonia...

Este viaje también fue increíble. Me enseñaron a buscar oro dentro de una mezcla de metales que llamaban la mantequilla.

¿Ha sentido miedo alguna vez?

Siempre he sido muy inconsciente. He vivido un par de momentos de auténtico riesgo. Uno de ellos en Río Branco, cuando investigaba sobre la vida de Chico Méndez para mi primer libro, Senderos de libertad. Me vinieron a visitar al hotel unos sicarios de los terratenientes y me dijeron que allí no pintaba nada y que era bueno que me fuese.

¿Le hubiera gustado vivir en otra época?

Me habría gustado ser inglés en la India en el siglo XIX.

¿Un sitio para retirarse?

Ibiza es buen sitio. También Kerala, por ejemplo. Otros destinos para pasar inviernos maravillosos son Ciudad del Cabo, Salvador de Bahía o Tailandia. También prefiero las multitudes asiáticas a los fríos aunque maravillosos paisajes de Patagonia.

¿Próximo libro, próximo viaje?

Mi próxima novela estará ambientada en España. Eso sí, en Semana Santa me iré unos días con mis hijos a Senegal. Será mi próximo viaje.

"Para un niño, Bombay era como una leyenda, como un cuento antiguo"

El continente asiático siempre ha sido una caja de sorpresas y de nuevas sensaciones para Javier Moro. La ciudad de Bombay le impactó en el verano de 1968. "Fue un auténtico shock. Nos hospedamos -recuerda el escritor- en el Taj Mahal, con ventiladores colgados en los techos de las habitaciones. El restaurante no estaba cerrado sino que era una veranda al estilo inglés. Me impresionó mucho ver las imágenes de pobreza tremenda, pero también los elefantes entre la gente, los osos amaestrados y los hombres con turbante. Era todo como una leyenda, como un cuento antiguo, como hacer un viaje en el tiempo y situarse en el siglo XII o XIII. Cuando eres un niño, todo eso te impacta todavía mucho más".

En un hotel de Tokio, al año siguiente, vio por televisión la llegada del hombre a la Luna: "Visitar Japón en aquella época era visitar otro mundo. Un mundo mucho más desarrollado. Montamos en el tren-bala Sinkansen, treinta años antes de que aquí llegara el AVE. En ese viaje, también efectuado en familia, nos encontramos con un mago español al que habían invitado a participar en un programa de la televisión japonesa. Entonces te encontrabas a un español lejos de nuestro país y te hacías íntimo amigo suyo".

Otro viaje que le dejó una huella imborrable fue el realizado por primera vez a Bangkok, la ciudad más poblada de Tailandia, también a finales de los años 60: "Los empleados del aeropuerto dormían en el suelo y las luces eran tenues. Recuerdo Bangkok como una ciudad misteriosa, a oscuras. Comenzaban a construirse los primeros hoteles, pero al único al que podías ir entonces era el Hotel Oriental. El Bangkok de ahora, que está lleno de turistas, no tiene nada que ver con el que yo descubrí en 1968".