Entrevista a Javier Fesser, director de cine

Acaba de estrenar con éxito "Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo", producida por Películas Pendelton y Zeta Cinema, donde los agentes de la TIA se enfrentan a un ataque de risa que amenaza la estabilidad mundial. A sus 50 años, Javier Fesser concilia sus viajes de ficción con otras experiencias viajeras. Vuelve cada vez que puede a las aldeas de Casamance (Senegal) y está deseando regresar a una escuela perdida de Cajamarca (Perú) donde rodó hace un año "Luces para aprender". Sus viajes son un canto a la vida.

Javier del Castillo
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Foto: Cesar Lucas Abreu

Tiene su refugio en lo alto de una pequeña nave industrial de Alcobendas (Madrid). Sobre la mesa de ese sencillo despacho descansan algunos improvisados dibujos y los guiones de una nueva película. En las paredes, varios retratos, carteles y pósters de películas y algunos apuntes de la nueva producción animada, Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo, que califica de "experiencia maravillosa". Al igual que ocurre con su cine, especialmente con la premiada Camino, las experiencias viajeras de Javier Fesser no se quedan en la superficie. Procura evitar lugares comunes y las grandes ciudades. En sus viajes hay una elevada dosis de sentimiento y aventura. Prefiere dirigir sus pasos hacia destinos alejados de los itinerarios habituales; perderse con su mochila y su cámara de vídeo en aldeas remotas de África o América Latina. Además, lo cuenta como si fuera una película.

El cine es también viajar a mundos desconocidos...

La profesión de hacer películas me ha situado muchas veces en un escenario privilegiado para conocer otros lugares, casi siempre de manera más profunda que la que te permite tu condición de turista. Recuerdo un viaje de localización en Costa Rica, para grabar un spot financiado por el gobierno de ese país. Recorrimos parques naturales e islas desde una avioneta, buscando los paisajes más atractivos, por expreso deseo del gobierno costarricense.

Otro viaje de película, pero muy distinto, sería el realizado a Senegal para rodar con Unicef "Binta y la gran idea".

Ha sido una de las experiencias más bonitas que he tenido en mi vida. A la media hora de aterrizar en Ziguinchov, la capital de Casamance, ya estaba rodando en una aldea mandinga y hablando con los ancianos. Los lugares pueden ser espectaculares, impresionantes, y a mí me encanta la naturaleza, pero cuando repaso las fotos lo que realmente aparecen en ellas son las personas que encontraba en mi camino. A Casamance he vuelto muchas veces, alguna de ellas con la familia, porque hay algo que me une a esa gente. Es un lugar al que cuando llego me parece un poco mi casa.

¿Qué otros lugares conoce de África?

He tenido la suerte de conocer Marruecos caminando. Hice un trekking de doce días por el desierto, he atravesado el Atlas y he recorrido la costa hasta llegar a Sidi Ifni. Es la forma idónea de sentir un lugar. Caminando las cosas tienen otra velocidad y te da tiempo a digerir lo que estás viendo. Recuerdo como una experiencia preciosa comprobar cómo el desierto va cambiando cada día. Hay cuarenta modalidades de desierto, de dunas, de oasis, de palmeras y de animales. Antes de viajar, te imaginas el desierto como un montón de arena que no termina nunca, y luego resulta que tiene muchísimas más cosas.

¿Hasta qué punto es importante cultivar la curiosidad y la observación?

Yo viví un año en el norte del Estado de Nueva York y aprendí, con mi hermano Guillermo, a distinguir los diferentes tipos de nieve. Resulta que hay nieve con la que puedes hacer muñecos y nieve con la que no. Nieve que resbala y nieve que no resbala... Conocer otra realidad es siempre una experiencia privilegiada.

¿El primer viaje que le impactó?

El que hice con el colegio a los 9 años a la playa de Mazagón (Huelva), cuando aún no conocía el mar. Jamás podré olvidar la llegada a las once de la noche, viendo desde el autobús cómo nos acercábamos al faro. Aquello me pareció de una magia increíble. Le había dado forma al mar en mi cabeza, pero luego hay que notar el sabor a sal, quitarse los zapatos y ver cómo las olas juegan contigo.

¿Conocemos España menos de lo que deberíamos?

Los viajes que al final recuerdas no son necesariamente los más largos en el tiempo, ni los que haces más lejos de tu hogar. A veces, quedarse en casa también es un viaje. Para mí, viajar es básicamente estar abierto.

La mente de este realizador de cine no descansa. Él mismo reconoce que padece "curiosidad crónica" y que lo desconocido le despierta un inusitado interés."Me encantaría -dice- conocer Islandia, un destino acariciado desde hace tiempo, pero que por un motivo u otro he tenido que aplazar siempre". Está convencido de que en Islandia hay naturaleza para detenerte a escuchar, "a ver qué cuentan las montañas".

¿Y la sierra de Madrid, donde ha pasado veranos y fines de semana?

Mi madre todavía conserva la casa de Los Molinos, que sigue siendo el punto de reunión familiar. Conozco bastante bien la sierra de Madrid y desde hace unos años me encanta redescubrir en bici todos esos paisajes.

Hablando de paisajes. ¿Algún paisaje inolvidable que recuerde?

Por ejemplo, la falla de Bandiagara, esa pared de trescientos metros de altura y doscientos kilómetros de largo, desde donde se ve toda la meseta de Burkina Faso. Es un sitio realmente sobrecogedor. Y las propias aldeas y sus chozas son obras de arte. Yo creo que en Malí todos son artistas.

Usted ha visitado los campos de refugiados saharauis. ¿Qué impresión le ha causado ese paisaje humano?

Es espectacular. Han sido viajes cortos, pero muy intensos. Tres días en Auserd equivalen a 25 en otro lugar. Cuando llegas a Tinduf te olvidas de tu mundo y haces una inmersión en un lugar donde todo es diferente. El paisaje humano de esos lugares es increíble.

Recomiende a los lectores de VIAJAR alguna película relacionada con el mundo de los viajes.

Hay muchas, pero me quedo con Las tortugas también vuelan, una película maravillosa que me hizo viajar al Kurdistán iraquí. Habla de situaciones durísimas, pero es sano conocer gente diferente. Viajar es apearse de un burro, dejar de mirarse el ombligo y estar abierto a otras cosas.

¿Próximo viaje?

Me gustaría volver a Cajamarca, en los Alpes peruanos, donde rodé en una escuelitaLuces para aprender, en colaboración con la OEI. La película ya está terminada y quiero enseñársela a aquellos niños que nunca han visto una película.

¿Un destino dentro de España?

Me encantan las Islas Baleares, especialmente el paisaje de Ibiza en primavera, cuando los almendros están en flor, el campo plagado de flores y con ese verde fosforito cuando llueve.

"A falta de asistencia, soluciones maravillosas"

Javier Fesser realizó hace unos años un viaje en coche por el desierto desde Dakar al País de Gore, en Malí, que no olvidará en la vida. Así lo recuerda ahora: "Fue uno de los viajes más incómodos que he hecho nunca. Yo iba en el volquete de atrás de un Toyota Picá y se nos rompió el radiador en un lugar en el que no se veía un alma. Hasta que apareció un paisano, miró el coche, hizo un gesto de hay que tener paciencia y se sentó en una piedra. De pronto, se sacó de un agujero muy grande que tenía en el lóbulo de la oreja un pequeño recipiente de plástico donde guardaba hojitas de tabaco y echó unas poquitas en nuestra botella de agua y rellenó el radiador. Se taparon los poros y en los seis días siguientes no salió ni una gota de ese radiador. A los tres días se partió la ballesta del vehículo en una aldea de Malí, donde nunca creerías que podía vivir alguien con un destornillador. Pues sí: había un mecánico que con una ballesta de otro coche, y a base de martillazos, consiguió doblegarla y la transformó en ballesta de nuestro Toyota. No teníamos seguro internacional, ni asistencia técnica, ni servicio de grúa, pero encontramos en aquella gente otras soluciones maravillosas".