Entrevista a Enrique Ponce

Hace 25 años que tomó la alternativa y celebra sus bodas de plata haciendo el paseíllo por las plazas de toda España. Enrique Ponce nació hace 43 años en Chiva (Valencia) y desde su etapa de novillero los viajes han formado parte de su vida. Ha recorrido miles de kilómetros y conocido numerosos países, pero no se cansa de viajar. Y menos aún de torear.

Javier del Castillo
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Foto: Luis Davilla

Desde la terraza de su domicilio se observan los últimos rayos de sol sobre los pinos del Parque del Oeste. Viene de triunfar en Gijón y San Sebastián, donde tuvo la oportunidad de agradecerle al Rey Juan Carlos su apoyo a la fiesta de los toros. El veterano matador sonríe cuando ve aparecer por el salón, presidido por un cuadro taurino de Botero, a la mayor de sus hijas, Paloma. Solo por ella y por la pequeña Bianca se plantearía borrarse de los carteles. Enrique Ponce, contenido al comienzo de la entrevista, pero distendido y cordial cuando se entra en materia, habla de su viaje de novios con Paloma Cuevas dando la vuelta al mundo, de su pasión por México, de su atracción por Nueva York y de algunos viajes de placer en las islas de la Polinesia.

Veinticinco años de alternativa le habrán permitido conocer bien las principales ciudades españolas.

Y buena parte de América. Pero vas a torear y estás en lo que estás. España tiene lugares preciosos. Después de tantos años, he podido visitar las catedrales de Burgos o León. Incluso la de Jaén, una ciudad a la que estoy muy vinculado, al tener cerca la finca. Baeza y Úbeda son una maravilla.

¿Algunas plazas de toros son también obras de arte?

Por supuesto. La de México o Las Ventas, en Madrid, son verdaderos monumentos. Y otras plazas, como la de Valencia o Zaragoza. La Maestranza también, pero por fuera no se ve tanto. Solo se ve la Puerta del Príncipe. Uno no se puede ir de Madrid sin conocer Las Ventas.

¿Qué viajes hacía de pequeño?

Nosotros no veraneábamos. Vivíamos en Chiva y solo íbamos a Corrales de Utiel, el pueblo de mi padre, cerca de la provincia de Cuenca. Los viajes de mi infancia eran para ir a torear a algún sitio. A los 8 o 9 años ya toreaba becerritos. Me llevaban en coche de acá para allá.

Ahora que ya puede viajar por su cuenta, ¿a dónde le gusta ir?

Me gusta mucho Nueva York. Es de esas ciudades en las que siempre descubres cosas nuevas. Paloma y yo procuramos ir todos los años. También me gustó mucho San Francisco.

¿Qué opinión tiene de las ciudades taurinas de América Latina a las que viaja cuando termina la temporada taurina en España?

La parte antigua de Lima es muy bonita. Perú es un país que me gustaría conocer más profundamente. He estado muchas veces, pero nunca en el Machu Picchu. De Colombia conozco Cartagena de Indias. Es un país con unas playas preciosas; como las de Los Roques y Margarita, en Venezuela. De Ecuador, lo que más conozco es Quito. Es una ciudad impresionante, rodeada de esas montañas. Y México es algo especial. Hemos pasado allí momentos muy agradables.

¿Con qué lugar de México se queda?

Con las playas de Vallarta y Acapulco. Siempre digo que, si me pierdo algún día, que me busquen en México. Me siento muy identificado con la idiosincrasia mexicana. Es como mi segundo país.

Usted pasa buena parte de su tiempo en el campo. ¿Le atrae el turismo rural?

Depende del momento. Me gusta y valoro el campo, pero también me gusta conocer una ciudad, ver sus monumentos, o hacer un viaje de placer para estar tranquilo, en un buen hotel, junto a una playa, donde te olvidas de todo. Por ejemplo, en Vallarta y Punta Mita. Es que no te apetece ir a ningún lado. Sin embargo, cuando estuvimos en Italia visitamos Lucca, Pisa y paseamos por algunas ciudades en bicicleta. A Paloma le encanta viajar.

¿Quién de los dos se encarga de organizar el viaje?

Los dos. Los viajes se saborean también mientras los preparas. Vamos a conocer esto, un día podemos ir aquí, el otro estar allí... Uno de los placeres de viajar es precisamente el pre-viaje. Y eso es bonito hacerlo entre los dos.

¿Recuerda alguna anécdota curiosa vivida durante algún viaje?

Recuerdo una vez que fuimos a la isla de Huahine, en la Polinesia, y pedimos una habitación muy chula que estaba colgada de un árbol. Todo muy romántico. Pero entramos y había bichos por todos los lados. Era como la casa de Tarzán. Al ver unos avispones más grandes que mi dedo, rápidamente preguntamos por una habitación más tapadita. En ocasiones, crees que las cosas son de una manera y cuando las ves son de otra. Aquella habitación del árbol era muy bonita, pero para verla en la foto.

Pero ustedes, los toreros, están acostumbrados a jugarse la vida...

Por eso mismo. Para irme a un sitio a pasar penurias, no voy. Ya he superado la etapa de los viajes de aventura y lo que me gusta es sentirme a gusto, disfrutar de ese lugar y estar cómodo.

Vamos, que no le convence vivir en una tienda de campaña o cosas por el estilo.

Cuando he ido a cazar a África o a Rumanía no me importa. Si vas a las montañas de Rumanía a cazar un rebeco y tienes que quedarte a dormir en una chabolita, pues te quedas... Pero una cosa es cuando vas de caza y otra cuando haces un viaje de placer.

¿Cómo influyen los viajes en las personas?

Los viajes te abren la mente. Vamos siempre con nuestras hijas porque es bueno que conozcan otros países, otras culturas y otras formas de vida. Y para que también valoren lo que ellas tienen y el país en el que viven. Cuando visitas otros países te das cuenta de que en España se vive muy bien. Viajar te abre la mente, el corazón y el alma. Algunos lugares te llenan espiritualmente. Hasta para torear bien creo que es bueno viajar. Te enriquece muchísimo. Yo era más cerrado y gracias a Paloma he conocido otros mundos. Ella me ha enseñado que se puede torear y disfrutar también cuando tienes un ratito.

¿Qué le pide a un hotel, usted que se pasa media vida en ellos?

Lo primero, limpieza. Punto número uno. Y luego que el servicio sea bueno. El servicio en los hoteles es fundamental. Llevo veinte años yendo a los mismos hoteles en México y te hacen sentirte como en casa. O, sin ir tan lejos, en el hotel Las Arenas, de Valencia, que es uno de los más importantes que tenemos en España.

¿Ha pensado ya en algún sitio para retirarse?

No lo he pensado, pero sí me gustaría tener un sitio tranquilo para escaparme. Es algo que estamos contemplando.

¿Le gusta traer recuerdos de sus viajes?

No mucho. Cada vez menos. Me hago fotos porque te mantienen vivo ese recuerdo y te transportan a ese momento. Por supuesto que tengo mi fotito con la Torre Eiffel de París al fondo y otra delante de la Estatua de la Libertad.

También le pedirán hacerse fotos, cuando le reconocen en alguno de esos lugares.

Raro es el sitio en el que no te conozca alguien y te pida hacerse una foto contigo. Me la hago encantado. No cuesta nada y haces feliz a esa gente que te admira. Si alguien te está pidiendo una foto es por algo.

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