Entrevista a Boris Izaguirre, escritor

Terminada la promoción de su última novela, "Un jardín al norte" (Planeta), se vuelve para Miami, donde realiza programas para la cadena Telemundo. Le resulta gratificante ir de un lado para otro, solo o acompañado de su marido, Rubén. Para el escritor venezolano (Caracas, 1965) –también guionista, presentador, columnista, "showman", tertuliano...–, la vida se alimenta de encuentros, emociones y pequeños detalles.

Foto: César Lucas Abreu

Sonríe y gesticula de forma permanente. Y cuando duda, gira la cabeza hacia esa maleta verde oliva, modelo Louis Vuitton, con la que lleva compartiendo su vida desde hace quince años, por si pudiera echarle una mano. "Vivo en esa maleta; mi vida consiste en deshacerla y volverla a hacer", comenta divertido. Charlar con este escritor venezolano, residente en España desde 1992, nada más haber regresado de Florencia tiene el interés añadido de comprobar su sensibilidad para apreciar el arte y la belleza. Boris Izaguirre todavía se emociona al recordar su acercamiento al David de Miguel Ángel, en la Galería de la Academia, o el descubrimiento de la Piazza della Signoria. Lo cuenta como si lo estuviera viviendo. Enfatiza y se prodiga en adjetivos. Recuerda con detalle los atardeceres en el Ávila, junto a su ciudad natal de Caracas, las piedras húmedas de Santiago de Compostela y los bellos interiores de New Town, en Edimburgo. También transmite pasión en lo que hace. En definitiva, se muestra como es, con sus poses incluidas.

Le escuché decir que había vuelto impresionado de Florencia.

Ni Rubén ni yo la conocíamos y decidimos empezar el año recibiendo ese baño de belleza auténtica, verdadera. Me emocioné cuando vi el David de Miguel Ángel, claro que sí. Y me emocioné todavía más cuando llegamos a la Piazza della Signoria y a la torre del Palazzo Vecchio. Me pareció increíble. Estaba fascinado y me sentía plenamente feliz de reconocer la importancia de la civilización occidental.

¿Sería capaz de regresar a aquellos viajes que fueron más impactantes durante su infancia, cuando vivía con su familia en Venezuela, en Caracas?

Mi primer gran viaje fue al mar, cuando contaba con apenas cinco o seis años de edad. Creo que esa ha sido la única vez en la que verdaderamente yo he estado expuesto a lo tropical. Recorrimos el Parque Nacional Henri Pittier, que lleva el nombre de un botánico de origen suizo fascinado por la tropicalidad. Allí puedes encontrar montañas, lagos y playas.

¿Cómo recuerda su primera visita a España, a Santiago de Compostela, en el año 1992?

La verdad es que fue un viaje fascinante. Yo me imaginaba que al llegar a España iba a ver el sol y durante dos semanas no dejó de llover. Fue como una prueba que me ponía el país para que yo asumiera que también existía la España húmeda. Pero siempre me fascinó Santiago de Compostela, donde estuve viviendo dos años. Me fascinaron las piedras. Desde entonces, entiendo perfectamente la piedra, lo que significa, la humedad que conlleva, la protección que da... No sé, muchas cosas bastante espirituales.

Su última novela se titula "Un jardín al norte". ¿Le gusta más el norte que el sur o prefiere un clima cálido?

Me gusta más el norte, sinceramente. Yo no tengo ningún miedo al frío. Para nada. Rubén, que es gallego, le tiene más miedo que yo. En mis años en Londres estuve felicísimo. Toda mi vida ha estado orientada al norte, aunque haya nacido en el norte del sur. Caracas está considerada el norte de Sudamérica.

¿Qué lugares conoce de Sudamérica?

He vivido en Buenos Aires, me encanta ir a Chile... Santiago de Chile es una ciudad que me fascina. Me siento cómodo en ella, porque es muy acogedora y la gente tiene un carácter estupendo. Me gusta también mucho Lima, aunque ya no es la Lima que yo conocí hace ocho años; me encanta Bogotá, me encanta Montevideo, pese a ser el único lugar donde Rubén y yo hemos tenido una pelea campal, brutal, increíble, en un restaurante. La gente dejaba de comer para contemplar el show que tenían delante.

Tengo la impresión de que no es usted muy partidario del turismo que implique riesgos e incomodidades.

No soy para nada amigo del turismo de aventura. En septiembre subí con Edurne Pasaban (primera mujer en la historia en ascender los catorce ochomiles del planeta) a la montaña de La Pedriza (Madrid) y fue un momento increíble. Me hizo dormir en un refugio en el que no había baño. ¿Cómo es posible? La sola idea de pensar que tendría que salir fuera, con los animales y en la noche, no me dejó pegar ojo. Fue la peor noche de mi vida porque estaba todo el tiempo pensando: y si me dan ganas de ir al baño, ¿como lo hago?

¿Hay algún rincón especial, algún paisaje, que le haya marcado para siempre?

El Ávila. Fue de lo último que me despedí cuando salí de Caracas y es a donde primero voy cuando vuelvo. Esa montaña ha marcado mi vida. Yo le hablo a la montaña, porque vivo con ella. Es el paisaje increíble de mi niñez. Cuando regreso a mi país, Venezuela, subo por esas pendientes y disfruto de esa luz tan hermosa, con esos colores verdes, morados y naranjas. Me parece algo bellísimo. Para mí es una suerte venir de allí y saber que siempre voy a volver allí.

¿Cuál es la ciudad más bella que ha conocido?

Tengo varias, pero la que más me gusta es Edimburgo, en Escocia, sobre todo New Town, con esas calles y esas casas de ventanales tan grandes. Uno de los personajes de mi novela Dos monstruos juntos vive en una de ellas. Edimburgo tiene un clima infernal, pero eso te hace reforzar el carácter. Hacen unas decoraciones de interiores extraordinarias, increíbles, porque, claro, necesitas evadirte de ese clima tan hostil.

¿Alguna otra referencia literaria de sus viajes?

Me gustó mucho describir la ciudad de La Habana en De repente fue ayer, pero no la conocía. Dos años después de escribir la novela, fui a conocer la ciudad y la verdad es que fueron 48 horas tremendas. En La Habana la belleza consigue extenderse en los sitios más inhóspitos y hace que todo sea bello. Hasta la decadencia de la ciudad es bella. La pobreza es espantosa y molesta, pero la belleza, pese a todo, se sostiene.

¿Algún secreto a la hora de hacer la maleta?

Tengo que llevar siempre dos pares de zapatos y un neceser bien equipado. Pero no de medicinas, sino de productos de cosmética, máquina de afeitar eléctrica y rasuradora. Aprendí a hacer la maleta gracias a Bibiana Fernández, que hace unas maletas increíbles.

¿Cuál es su rincón preferido de Madrid?

El Templo de Debod. Me parece un precioso lugar. Miras primero hacia el Parque del Oeste, luego en dirección a la Casa de Campo y crees de verdad que vas a ver el mar.