Entrevista a Antonio López

Cristina Palacios

En 1949, con tan sólo 13 años, decidió dejar su pueblo manchego, Tomelloso, para formarse como artista en Madrid. Fue un viaje sin retorno en el que encontró lo que estaba buscando.

Como en sus pinturas de estilo hiperrealista, cuando Antonio López viaja observa todos los detalles de la realidad que le rodea. Le espantan las grandes ciudades, pero allá donde va no se pierde nunca un museo. Para este pintor y escultor, una sola obra de arte puede ser un destino en sí mismo.

De Tomelloso a Madrid... ¿sintió vértigo al dar ese salto?
Me vine solo y era muy joven. Quería estudiar Bellas Artes y tenía que salir de mi pueblo, pero no sentí vértigo. Madrid me ofrecía la posibilidad de una vida nueva y yo tengo mucha facilidad para adaptarme a los lugares desconocidos cuando creo en el motivo que me ha llevado hasta ellos. Poco a poco me construí un espacio en la ciudad.

Pero no todos los artistas que llegan a Madrid se construyen un espacio tan relevante como el suyo...
Madrid me ha dado lo que buscaba: la posibilidad de ser artista y conocer gente fabulosa en el camino. Madrid es ahora mi casa, pero confieso que no me encuentro cómodo porque las ciudades grandes me parecen monstruosas.

¿Se siente tan incómodo como para plantearse una vuelta a Tomelloso?
No, pero me gusta pensar que no todas las ciudades son grandes.

¿Qué opina de Nueva York?
La primera vez que fui vi una condensación humana, la que esperaba porque la había visto en muchas películas. No la definiría como un "crisol de culturas", todo eso creo que son tonterías. A mí las ciudades mastodónticas me parecen un horror. En Nueva York sé que hay cosas interesantes, pero no es de los lugares a los que volvería a no ser que fuera por trabajo.

Entre 1950 y 1955 estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y después viajó a Italia gracias a una beca. ¿Qué impresión le produjo ver con sus propios ojos lo que en la España de la posguerra sólo se podía contemplar en un puñado de libros ilustrados?
En aquella época se viajaba muy poco y con muchas dificultades. No había dinero, aunque ganas... todas. En mi caso no hubiera podido salir de España si no hubiera conseguido las becas. Cuando me fui a Italia ansiaba conocer lo que había visto en ilustraciones y fotografías. Con la perspectiva que da el tiempo pienso que entonces era muy joven, contaba con 19 años, y no tenía capacidad para entender bien las cosas. Recuerdo que hacía un calor terrible y con la modesta cantidad de dinero que yo tenía sudaba la gota gorda en todos los sentidos. El viaje me produjo sensaciones variadas, unas cosas me gustaron y otras me decepcionaron porque pensaba que iban a ser diferentes a como después las contemplé en la realidad. Fue un viaje muy útil porque el arte italiano era la base de mi formación.

En aquellos años también viajó a Grecia. ¿Le provocó las mismas sensaciones encontradas?
No tanto, porque Italia la recorrí prácticamente entera y en Grecia sólo estuve en Atenas. Pasé alrededor de veinte fenomenales días porque vi y palpé un sueño, más que por la ciudad, por lo que contenía. Veía cosas en las que había pensado muchísimo, como el Partenón, la Acrópolis o las pocas esculturas que quedaban. A pesar de lo importante que fue ese viaje, para apreciarlo en su verdadera dimensión necesitas una madurez que entonces tampoco tenía.

¿Ha vuelto en la madurez para apreciar toda la dimensión artística e histórica de estos dos países?
Sí, pero cuando ves las cosas por primera vez y tienes los deseos de conocer que yo tenía en la juventud te atrapa una emoción difícil de sentir después.

¿La mirada es siempre diferente?
Siempre es diferente.

¿Hay entonces un mejor momento para viajar en la vida? Lo mejor es ir cuando puedes. No creo que haya una edad mejor ni peor. Hay que acomodarse a la vida que a cada uno le toca vivir. Velázquez pudo ir a Italia y Zurbarán no. De la Generación del 98, Baroja fue el que más viajó, otros apenas salieron... así son las cosas, no todo el mundo puede viajar.

Pero hoy se podría decir que los viajes están al alcance de cualquiera.
Los tiempos han cambiado mucho y cada generación tiene sus características. Hay viajes de hoy en día que a la gente se los impediría hacer, les obligaría a no salir, porque no puedes empaparte de nada ni captar la esencia del viaje. Más que a determinados viajes me refiero a la actitud que algunas personas toman ante el viaje. Aquellos que salen porque se aburren, los que no saben estar en un lugar, ni en soledad, ni mirar en su entorno. No estoy de acuerdo con los que piensan que para disfrutar haya que salir fuera.

¿Qué le motiva a Antonio López a salir fuera?
Siempre hay un motivo y suele ser profesional. Visitar una exposición, ver algo concreto, impartir una conferencia, formar parte de un jurado o participar en un taller. Una vez que llego a un sitio me muestro abierto a todo, voy con las antenas bien puestas. Tampoco soy de los que tienen ansiedad por no perderse nada. Una vez fui con mi mujer a Amberes a dar una charla y hacía tanto frío que sólo salimos para ir a la charla... imagínese que no visité ni la Casa Museo de Rubens. El inusual frío se me apoderó y no estaba dispuesto a padecer esas inclemencias. Me pareció una broma pesada. Eso sí, siempre voy llenando los espacios de tiempo que crean los vacíos. A veces me conformo con lo que veo, por ejemplo, en el trayecto al hotel. Eso sí, me fijo en todo, sea relevante o no.

¿Esa musculatura visual que ejercita en los trayectos influye después en sus pinturas y esculturas?
Puede ser. Pero, sobre todo, en los viajes busco satisfacer la curiosidad y la necesidad de conocer cosas nuevas. Los viajes te mantienen vivo. Yo no con duzco, pero me gusta viajar en tren porque tiene una velocidad que entiendo muy bien. El avión es un salto que a mí me hace muy irreal el trayecto. En la infancia yo me movía en carro, pasabas una tarde entera para recorrer 30 kilómetros, pero te permitía ver las cosas de verdad.

¿Le hubiera gustado hacer el viaje de Cela a la Alcarria? Para nada. El viaje de Cela a la Alcarria desde luego no lo haría nunca..., aunque hay que reconocer que ése sí que fue un verdadero viaje.