Encuadres al ritmo del azar

A mediados del siglo pasado, superada la Segunda Guerra Mundial, una cálida corriente humanista estimuló a los fotógrafos a reflejar el lado amable de la vida y colaborar de esa manera, con sus imágenes, a superar las atrocidades que muchos millones de personas habían padecido en sus propias carnes.

Tino Soriano

Los que destacaron en Francia en este movimiento se integraron en el denominado Groupe des XV, que fue impulsado por André Garban. Fotógrafos como Robert Doisneau, Renê-Jacques, Marcel Boris o Edouard Bouvat publicaron sus imágenes en todo el mundo, pese a que el horizonte de la mayoría pocas veces sobrepasó la periferia de París o algunos plácidos rincones de provincias.

Fueron tiempos felices para los fotógrafos. La gente no desconfiaba de cualquiera que empuñara una cámara, ni los abogados habían descubierto todavía el filón de las indemnizaciones astronómicas por los derechos de imagen de casi todo. Las cosas aparecían como eran y los fotógrafos evitaban los contenidos morbosos.

"Ciertamente, medio siglo atrás fotografiar en la calle todavía constituía una experiencia humana singular, puesto que se hallaba cuajada de situaciones propicias al anecdotario visual tan apreciado en la época. Era un periodo en el que aún se hablaba de pobreza y explotación, y no se conocían conceptos como exclusión, marginación o residuos humanos. La ciudadanía aún no estaba bajo sospecha (tampoco los fotógrafos) y, por tanto, los instrumentos de control de videovigilancia acechando en cada esquina o los satélites con ojos de precisión a escala casi divina eran inimaginables. La libertad con la que Ronis y los demás fotógrafos de su generación podían moverse en los barrios, aceras, entre la gente, las fiestas y los bares pertenece al conjunto de relatos de épocas que hoy, en vida de Ronis, se nos antojan pretéritas y obsoletas", evoca Marta Gili, la directora de Fotografía de la Fundación La Caixa, en el catálogo de la exposición de Billy Ronis, otro de los grandes fotógrafos del Groupe des XV.

Este francés nonagenario es el paradigma del individuo que huía de la trascendencia. Tenía cumplidos 70 años cuando accedió a publicar un libro con su trabajo. Hasta entonces se había negado en redondo por temor a perder el control sobre los textos que se relacionaran con sus imágenes. Parafraseando a Alfred Steichen, le gustaba afirmar que una imagen sólo vale más que mil palabras si va acompañada, por lo menos, de diez.

Billy Ronis reducía su trabajo al azar de los acontecimientos. "La imagen hermosa constituye una geometría modulada por el corazón", aseguraba.

En el prólogo de su libro Al ritmo del azar, publicado en 1980, Ronis escribió: "Cuando salgo con mi cámara no parto en busca del Santo Grial. No me considero investido de ningún mensaje que deba transmitir a nadie ni siento el estremecimiento de ninguna trascendencia. Lo que persigo es poner en orden toda la información que recopilo y que luego mi cabeza y mi corazón reflejan a su manera".

Ese punto de vista, en realidad, no está reñido con el principio de comunicación imprescindible en cualquier buena fotografía de reportaje. La mayoría de los aficionados y profesionales de la fotografía celebran con júbilo la belleza de una puesta de sol, la hermosura de un rostro, las formas de un edificio singular o el aspecto de una buena comida, sin plantearse en ningún momento si lo que fotografían resulta o no trascendente. Les basta que les evoque buenos recuerdos y que la fotografía esté dotada de unas determinadas cualidades estéticas.

Un mensaje preciso
En más de una ocasión hemos comentado que es necesario pasarlo bien para conseguir una buena fotografía, y que una imagen debe comunicar un mensaje preciso, aunque sea un contenido tan obvio como "todo estaba en su sitio" o "en ese instante la luz resultaba muy bella".

Dejar que el azar y la fortuna dispongan una buena fotografía en tu camino es un planteamiento útil y divertido. Claro que, cuando se trata de explicar una historia concreta, los caminos deben transcurrir teniendo en cuenta el hilo narrativo.

Así lo resumía Willy Ronis: "Mis fotos no son venganzas contra la muerte y no creo tener ninguna angustia existencial. Ni siquiera sé dónde voy, salvo que me sitúo -más o menos fortuitamente- frente a cosas o personas que me gustan y que quiero, que me interesan, que me molestan o que me agreden. Y sólo después intento reflexionar, cuando tengo mis imágenes delante".