En las nubes, por Javier Reverte

Pretor-Pinney ha publicado un libro, "Guía del observador de nubes", que es una delicia para los que "estamos en las nubes".

Javier Reverte

Nunca se ha detenido, amigo lector, durante unos minutos a contemplar las nubes que viajan sobre nuestras vidas? "Está en las nubes", suele decirse de quienes miramos más al cielo que a la tierra, de los que nos instalamos más en los sueños que en la ambición temporal, de quienes dedicamos más tiempo a la lectura de poesía que al saldo y los mov imientos de nuestra cuenta bancaria, de esta pandilla que disfruta del placer de escuchar música antes que echar un cálculo sobre los benefi cios de las inversiones en la Bolsa. Somos unos inútiles y unos solitarios sin remedio, nosotros, los tipos locos que disfrutamos contemplando nubes. Sin embargo, de pronto nos hemos dado cuenta de que no estamos solos ni que lo nuestro es un empeño carente de alguna utilidad. Y todo gracias a un chiflado inglés, Gavin Pretor-Pinney, al que se le ocurrió en el año 2004 fundar la Sociedad de Observación de las Nubes y colgar en Internet su propuesta. En pocos meses, la asociación ha crecido hasta un número superior a los diez mil socios.

Además de eso, Pretor-Pinney ha publicado recientemente un libro, Guía del observador de nubes, cuyas ventas han alcanzado, solamente en su país de origen, más de 154.000 ejemplares. En España acaba de ser traducido por la editorial Salamandra y, de verdad, es una delicia leerlo para los que, desde que nacimos, "estamos en las nubes".

El trabajo de Gavin Pretor-Pinney cabalga entre la ciencia, el humor, la cultura y la amenidad. Es un libro muy poco común. Por supuesto que nos habla de la clasifi cación de las nubes según sus formas, los famosos cúmulos, cirros y estratos; pero también de subclasifi caciones que ignorábamos, como los cumunolimbos, estratocúmulos, alto cúmulos, altostratos, nimboestratos, cirrocúmulos, cirrostratos y nubes mucho más raras, tal que la Gloria Matutina, un fenómeno de condensación que sólo se produce en Australia, al norte de Queensland, y que se presenta en el espacio larga como un tubo de nata y con la forma de una gran ola marina.

Gavin Pretor-Penny se desplazó hasta allí para poder contemplarla e incluso le pidió a una anciana aborigen que interpretase una danza antigua para atraer la nube, lo que la señora Dawn Naranachik hizo con sumo gusto, logrando atraer la Gloria Matutina para alegría de este inglés contemplador de nubes.

Pretor-Pinney también nos habla de las nubes pintadas por grandes genios del arte, como Leonardo da Vinci, Constable, Correggio, Rafael, Piero della Francesca, Mantegna, Turner y otros cuantos. Y, por supuesto, hay en su obra numerosas referencias literarias, como el famoso diálogo entre los personajes de Hamlet y Polonio, aquel en el que el trágico héroe shakesperiano de la eterna duda se burla del padre de su amada imaginando las formas cambiantes de las nubes.

El humor salta en cada una de las páginas del autor inglés. Por ejemplo, cuando cita a Oscar Wilde: "Admirar las puestas de sol -escribía el autor irlandés- es un indicio inconfundible de temperamento provinciano. Ayer, la señora Arundel insistió en que me asomara a la ventana y contemplara aquel glorioso cielo del atardecer, según dijo. Como es natural, tuve que mirarlo... ¿Y qué era? Pues era simplemente un Turner de muy segunda fi la, un Turner de una época mala, con todos los peores defectos del pintor acentuados y exagerados".

El libro atesora también una sutil poesía. Porque hay que ser algo poeta, creo yo, para andar mirando nubes y no tener vergüenza de confesarlo abiertamente. Así, el autor nos explica cómo ve las diferentes formaciones de estos bichos raros, etéreos y sin alma, que recorren los cielos: "Los cúmulos son alegres; los estratos, depresivos; los cumulonimbos, apasionados, enérgicos y peligrosos; los cirros, delicados y gentiles...".

Poesía pura. Y atentos, que Pretor-Pinney prepara un libro sobre olas.