En busca del fetiche, por Jesús Torbado

No es lo mismo dejarse arrebatar por las cenizas del rey Mausolo que desmelenarse frente a las de Rocío Jurado.

Jesús Torbado

Hay lugares, muchísimos lugares, a los que no vale la pena ir. Hay otros a los que uno se ve obligado a ir continuamente a través de la televisión, la radio y el papel impreso, hasta el punto de que está ya estragado de ellos cuando de verdad llega. Hay otros a los que vale la pena acudir continuamente, incluso a quedarse allí para siempre. Claro que estos principios tienen un desarrollo malísimo, pues lo que a unos les resulta maravilloso, hasta imprescindible, para otros es deleznable y tóxico.

Conociendo ya los tres mil rincones, agujeros y gateras de las casas, fincas, despachos, hoteles, estudios y mansiones del difunto Michael Jackson, a través de informaciones "en profundidad" de revistas y canales televisivos, quien tenga todavía humor para gastarse los cuartos en una visita "vis-à-vis" a tales lugares tiene que ser feligrés fidelísimo del nuevo fetiche. Ya se anuncia que su número, insistencia y pasión va a superar a la de otro difunto antiguo de mucho rango, el desdichado Elvis Presley. Claro que los profetas más iluminados afirman que el éxito numérico del imán quedará muy lejos del de aquella lady Diana Spencer que cada poco se nos cuela por las rendijas de la existencia: eso sí que es un verdadero tostón.

Más lo del que ahora familiarmente llaman Jacko, esa especie de extraterrestre blanquinegro en reducción permanente, no es en modo alguno novedoso. Y no vale la pena enumerar méritos, gracias y excelencias -¿cantaba mejor o peor que Elvis, que Gardel, que Marley, que Jim Morrison; bailaba mejor que Isadora Duncan?-, pues el fetichismo no repara en tales minucias, sino en la leyenda; hoy, en fin, en la publicidad pura y simple, en los logros de los lobbies, en el beneficio de las empresas o individuos que respaldan esa actividad. Además del borreguismo inagotable del turismo contemporáneo.

Las ciudades de Europa y de Norteamérica se han llenado de banderolas (Viena) y placas (Madrid) avisando de que en un determinado edificio vivió o murió cierto personaje ilustre u ocurrió cualquier asunto memorable. Incluso se publican guías dedicadas exclusivamente a esos bienaventurados fetichistas. Una porción de ellos centra su viaje precisamente en pisar panteones, entrar en alcobas, husmear el humo de gente que aman o que odian, cuyo nombre aplauden o ignoran por completo. Personajes históricos de distinta relevancia atraen como imanes a turistas que han viajado por otros motivos más genéricos: el viejo Hemingway se pasó la vida en tabernas y mesones, no sólo en España; la antedicha lady dejó rastro de su cursilería en la mitad del planeta. ¿Y qué decir de la princesa Sissi, de Napoleón (para los franceses, claro), de Lincoln, de Tolstoi, de Chopin? Hasta los futbolistas de moda tienen ya su casa natal como objeto de peregrinaje. Puede jurarlo este cronista, que vive al lado de una casa que ocupó Hugo Sánchez hace diez años y todavía encuentra a veces a gente absorta mostrando con el dedo su fachada.

Las religiones más duraderas, con sus tumbas de santos y de héroes, heredaron este fetichismo del que consideramos fetichismo auténtico o histórico (prehistórico, en puridad). El fetichismo en sí mismo sigue siendo una religión total muy practicada en muchos lugares de África (animismo) y de Suramérica (chamanismo). Mas, como se insinuó al principio, siempre hay clases, categorías y medidas. No es lo mismo emocionarse (y llegar hasta allí) ante una pata de conejo en el Bandiagara de Mali que acudir a un concierto de Grieg en su casa de Bergen; no es lo mismo dejarse arrebatar por la nostalgia del rey Mausolo, ante las cenizas de su legendario sepulcro, que desmelenarse frente al sarcófago de Rocío Jurado. Ahora el llanto se derrama sobre la penumbra del más talentoso, millonario y publicitado de los Cinco Jackson. La última intriga que nos queda es saber si el fetiche lo es por su propia voluntad o llega a ser duradero porque lo han ido empujando otros. En este caso, los voluntariosos o delirantes viajeros fetichistas.