La emperatriz Sissi escapó de Viena y encontró su refugio en una isla de España: está escondido en una sierra Patrimonio de la Humanidad y ella envió una Virgen que hoy sigue en su capilla
Dos inviernos seguidos desembarcó en Mallorca para visitar a su primo, el archiduque Luis Salvador. De aquellos viajes queda un regalo que continúa exactamente donde ella lo mandó poner.

La emperatriz descubrío esta pequeña isla como su nuevo refugio. / Istock
Condesa de Hohenembs. Ese era el nombre con el que Isabel de Baviera, emperatriz consorte de Austria y reina de Hungría, conocida popularmente como la Emperatriz Sissi, figuraba en los registros de sus viajes desde 1874; no se trataba de un capricho ni de un juego de disfraces, sino de un método bastante práctico: sin nombre imperial no había recepciones oficiales, autoridades esperando en el muelle ni protocolos que atender. Bajo esa identidad viajó por medio Mediterráneo durante veinticuatro años, hasta que un anarquista la asesinó en Ginebra el 10 de septiembre de 1898.

La emperatriz escapó hasta Miramar, en Valldemossa, donde encontró paz. / Istock / Ernesto Rose
En los últimos días de diciembre, seis años antes de su muerte, el nombre de la condesa de Hohenembs llegó también a una isla española a bordo del yate imperial Miramar. La emperatriz permaneció poco tiempo, apenas unos días, aunque regresó a principios de 1893 con intención de instalarse durante una temporada; cuando finalmente se marchó, quiso dejar un recuerdo muy concreto y mandó una réplica de una virgen francesa a la que profesaba devoción en su palacio de Corfú, destinada a la capilla de la finca donde se había alojado. La imagen no ha cambiado de lugar desde entonces: sigue a la derecha del retablo del antiguo monasterio de Miramar, a poco más de un kilómetro de Son Marroig, entre Valldemossa y Deià, en pleno corazón de la Serra de Tramuntana, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Adriana Fernández
La emperatriz que llegaba sin aviso
Nadie la recibió con honores porque, oficialmente, nadie sabía quién acababa de llegar. Desembarcó en Sa Foradada y desde allí subió hasta Miramar; durante aquellos días recorrió también Son Moragues, S'Estaca y Son Marroig, y se interesó por la cocina mallorquina, un detalle que sus biógrafos consideraron lo bastante significativo como para dejarlo por escrito. Su primo segundo, el archiduque Luis Salvador de Habsburgo-Lorena, llevaba ya veinticinco años instalado en la isla y compartía con ella una forma parecida de entender los viajes, lejos de la corte, sin una agenda rígida y con el mar siempre cerca; durante aquellas jornadas, además, la emperatriz coincidió con Catalina Homar, la mujer que administraba las fincas del archiduque y que terminó ocupando un lugar propio en su biografía.

Península de Sa Foradada en la Sierra de Tramontana cerca de Son Marroig, Mallorca / Istock
Lo que Isabel dejó en Miramar está perfectamente catalogado. La imagen se conoce como "Notre Dame de la Garde", es una réplica de la venerada en Marsella y fue enviada por la emperatriz como recuerdo de su estancia; hoy ocupa el lado derecho del retablo de la capilla, un tríptico presidido por la Santísima Trinidad y flanqueado por Ramon Llull y santa Catalina Tomàs, cuya pintura central data del siglo XVI. La capilla, por cierto, había sido bendecida el 29 de junio de 1873, dos décadas antes de que Isabel de Baviera pisara por primera vez la isla.
Alrededor de esa imagen hay bastante más de lo que suele percibir quien entra con prisa. A la izquierda del retablo se encuentra un tabernáculo neogótico labrado en piedra de Felanitx y, en su interior, una virgen de plata que fue regalo del papa Pío IX al archiduque; en el mismo recinto se conserva también un relicario en forma de cruz de madera negra, con las reliquias encastradas, además de un vía crucis colocado a media altura en las paredes y fabricado en París por la casa Pousielgue-Rusand. En menos de veinte años, objetos procedentes de tres países distintos terminaron reunidos en una pequeña capilla de montaña mallorquina, formando un conjunto que cuenta bastante bien hasta dónde llegaban las conexiones personales y culturales de aquel rincón de la Tramuntana.

Monasterio de Miramar, Valldemossa / Istock
Un templete de mármol frente a un agujero de 18 metros
Ocho columnas jónicas levantadas sobre una base circular de cuatro escalones, un entablamento decorado con bucráneos y motivos florales, una cúpula semiesférica y mármol de Carrara transportado hasta un acantilado de la Serra de Tramuntana: el templete de Son Marroig no tiene una función práctica, porque fue concebido para algo mucho más sencillo, enmarcar el paisaje. El archiduque lo mandó levantar para mirar y, más de un siglo después, sigue siendo probablemente la imagen que la mayoría de los visitantes asocia de inmediato con la finca.

Son Marroig, Mallorca / Istock
Frente al templete aparece Sa Foradada, una península que se adentra más de 600 metros en el mar y termina en una gran roca atravesada por un agujero de 18 metros de diámetro; la abertura es fruto de la erosión marina y no de ningún cañonazo, por más que la leyenda se haya empeñado durante años en contar otra cosa. El camino de bajada, trazado por el propio archiduque sobre una antigua senda de cabras, desciende en zigzag hacia la costa y va enlazando varios miradores, entre ellos Sa Trona, excavado en la roca de una cueva, S'Ull y Es Rotllo Gros, aunque el más accesible para la mayoría de los visitantes es el Mirador des Galliner.

Aérea de la Cueva Sa Foradada / Istock
Desde uno de esos balcones sobre el mar, Julio Cortázar contempló el fenómeno óptico que llevaba persiguiendo desde niño y que acabó dando título a uno de sus textos; lo resumió con una frase que todavía se cita cuando se habla del lugar: "era el rayo verde, era Julio Verne murmurándome al oído".

La casa de San Marroig. / Istock
La casa de Son Marroig puede visitarse de lunes a sábado, de 9.30 a 14.00 y de 15.30 a 16.30, mientras que los domingos permanece cerrada; la entrada cuesta 4 euros, se reduce a 3 euros para grupos de más de veinte personas y es gratuita para los menores de doce años. Conviene, sin embargo, fijarse bien en la época del año, porque la terraza exterior de los arcos, desde la que se obtiene la panorámica más completa, permanece cerrada entre octubre y abril, ambos inclusive, con el fin de preservar las condiciones climáticas del museo; quien visite la finca en invierno podrá recorrer la casa y el jardín, pero no salir a ese balcón.
Qué ver y qué comer
Deià reparte sus 741 habitantes entre tres zonas que casi funcionan como pequeños pueblos independientes: Es Puig, coronado por la iglesia y el cementerio; la franja que ha ido creciendo junto a la carretera; y Es Clot, el núcleo original, más antiguo y bastante menos transitado. Sus aproximadamente cinco kilómetros de costa son un frente de acantilados casi continuo, interrumpido apenas por dos aberturas que justifican el desvío: Cala Deià, de cantos rodados y agua transparente, y Llucalcari, un diminuto caserío colgado sobre el Mediterráneo.

El histórico pueblo de Deià en el norte de Mallorca / Istock
En dirección contraria, el Port de Valldemossa aparece al final de un descenso especialmente abrupto, mientras S'Estaca, la casa de aire siciliano que mandó construir el archiduque, vigila el mar desde la ladera. Valldemossa, con 2.038 habitantes y situada a 412 metros de altitud, es el pueblo más alto de Baleares; su Real Cartuja conserva además la memoria del invierno que Frédéric Chopin y George Sand pasaron allí en 1838, una estancia que ninguno de los dos recordaría después con demasiado entusiasmo.
En la mesa manda también el paisaje de la Serra. La coca de patata de Valldemossa, ligera, esponjosa y cubierta con azúcar, suele tomarse a media mañana acompañada de chocolate espeso y cuesta imaginarle un sustituto convincente; el frit mallorquí llega a la mesa con patata, pimiento e hinojo y resulta bastante más contundente de lo que su apariencia hace pensar. El tumbet, por su parte, alterna capas de berenjena, patata y pimiento bañadas en tomate, y conserva la rara virtud de funcionar igual de bien recién hecho que al día siguiente.

Cala de Deia en Mallorca. / Istock
Por encima de todos ellos está el aceite de oliva de la sierra, obtenido de olivos que crecen sobre bancales levantados hace siglos; quizá ningún producto resume mejor la relación entre paisaje y cocina en esta parte de Mallorca, porque esos mismos árboles, esas terrazas agrícolas y los muros de piedra que las sostienen ayudan también a explicar por qué este territorio terminó inscrito en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco.
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