Elvis y los espíritus por Mariano López

Gracias al turismo de la zona, Elvis ha podido construirse una vida ajena a los narcos y a otras cárceles propias de un lugar atrapado por el gran río y la infinita selva. En Leticia hay un espíritu que le protege.

Mariano López

Elvis Cuevas fue mi guía en Leticia, Colombia, las dos ocasiones que tuve la fortuna de remontar el río Amazonas entre Leticia y Zaragoza buscando al extraño delfín rosa, del que él sospechaba que encarnaba algún espíritu del mal. Elvis creía en los brujos y en los espíritus. Alguno de ellos, me dijo, le protegía en secreto. Su hermano había muerto en la selva, kilómetros al norte de Leticia, en algún lugar donde estaba convencido de que aún dormía un tesoro enterrado por los españoles. Cinco jóvenes formaron la expedición y sólo regresaron dos, uno de ellos el pequeño Elvis. La selva les consumió. Según Elvis, lo peor no fueron los insectos, las serpientes o la certeza del jaguar. Fue la locura. Cincuenta días después de haberse internado en la selva, perdieron el juicio. Soñaban con anacondas terribles y con lobos inexistentes y con una cruz que sería la señal de su inmediata muerte. Elvis, no. Elvis confiaba en sus amuletos y en su destino. Antes de ser guía turístico, apenas un niño, es posible que ya estuviera empleado en los trapiches de la droga. Conocía muy bien los lugares de aterrizaje de las narcoavionetas: presuntos campos de fútbol que, de noche, eran sembrados con dos hileras de botes de pintura a los que se les prendía fuego. Bastaba con quitar las porterías y listo, el avión podía aterrizar. Los narcos secuestraban a las familias de sus empleados. Así se aseguraban de que no habría errores, robos ni delaciones. El primer trabajo era fácil. Se volaba en aviones de carga y bastaba con desmontar los asientos y tirarlos sobre los árboles en un lugar convenido. La droga iba dentro del asiento.

Elvis sabía demasiado de aviones, asientos y campos de fútbol con porterías fácilmente desmontables como para no haber siquiera colaborado con el gran negocio. Quizá fue entonces cuando perdió el miedo a la selva. Temía más a un humano con pistola que al abrazo mortal de la gran anaconda. En su casa, en Leticia, cobijaba dos boas a las que alimentaba con gallinas. Cuando salía de excursión con los turistas, nada le excitaba más que demostrar sus dotes como cazador de caimanes. Al anochecer, de regreso a Leticia o al campamento del Parque Amacayacu, se sentaba en la proa de la barca y enfocaba su linterna hacia los manglares de las orillas, llenos de bolas rojizas que eran, con seguridad, los ojos de los caimanes. La distancia entre dos puntos, los dos ojos, señalaba el tamaño del caimán. Elegía uno apropiado, dirigía la linterna hacia los ojos y lo sacaba del agua por el cuello con un movimiento rápido de su brazo derecho. Una vez se molestó consigo mismo porque sólo levantaba caimanes pequeños, se bajó de la barca y agarró con los dos brazos uno de metro y medio. Estaba loco, pero allí quién no. Yo mismo le ayudé a transportar aquel caimán en mis brazos, de noche, en la barca, de una orilla a otra del Amazonas. Me convenció de que había que llevarlo al Parque Amacayacu porque, según él, andaba falto de caimanes. Más que en mi suerte, confié en la suya. En su generoso espíritu protector, que nos ayudó.

Este mes Elvis me ha escrito desde Leticia contándome que ha montado su propia agencia de viajes (elcuma@yahoo.com) y que ha escrito un libro, para los niños, sobre la vida en el Amazonas. A veces los viajes te deparan el honor de conocer gente importante. Gente entrañable o admirable, como, para mí, es Elvis. Gracias al turismo de la zona, Elvis ha podido construirse una vida ajena a los narcos y a otras cárceles propias de un lugar atrapado por el gran río y la infinita selva. Tenía razón. En Leticia hay un espíritu que le protege. El mismo que cuida de los viajeros que persiguen uno con forma de delfín rosa.