El vuelo de la Acrópolis, por Mariano López

Desde la colina, el nuevo museo de la Acrópolis parece una pila de libros con paredes de cristal, así que es fácil concluir que el edifi cio quiere ser visto como una biblioteca y como un espejo, lo que en este caso viene a ser lo mismo pues ambas cosas sólo pretenden refl ejar la grandísima belleza que se eleva enfrente. Debería haber sido inaugurado en 2004, durante los Juegos Olímpicos de Atenas, pero las primeras excavaciones dieron con restos de unas ruinas milenarias -lo habitual en esta ciudad-, se multiplicaron los informes preceptivos y la obra se paralizó. El arquitecto principal, el suizo Bernhard Tschumi, fue acusado de falta de respeto al pasado del pasado de la época clásica, pero no se desmoronó. "Fidias -recordó- también tuvo problemas con la justicia". El nuevo museo era necesario. Después de 900 años sirviendo al culto de los dioses griegos, el Partenón ha sido iglesia, mezquita, polvorín y ruina, sucesivamente, pero el mayor daño, en 2.500 años, lo ha sufrido en las últimas décadas con los efectos de la polución, el turismo y el paso constante y cercano de los aviones.
El nuevo museo, de 23.000 metros cuadrados distribuidos en tres plantas superiores y cuatro subsuelos, capaz de soportar seísmos de potencia 10 en la escala Richter (el máximo), cuidará los frisos y metopas originales del Partenón, las cariátides del Erecteion, las esculturas del templo de Atenea Niké y los fondos del antiguo museo de la Acrópolis. Más de cuatro mil piezas que tienen que dejar su sagrado emplazamiento original para ocupar sitio en la Avenida Dionisio Aeropagita, enfrente del teatro de Dionisio, donde hasta ahora había 26 viviendas que ha habido que expropiar e indemnizar.
El fantástico vuelo de las piezas desde la colina hasta el museo comenzó con el traslado de una parte del friso dórico que pesaba 2,3 toneladas. Para salvar una distancia de apenas 300 metros se utilizan las tres mayores grúas del mundo, que mueven unas cien cajas a diario sólo si apenas hay viento y la humedad es baja. Es un viaje corto, pero sin parangón en la historia: los tesoros de la joya más preciosa de la civilización occidental cambian de acera. La póliza del seguro es de 400 millones de euros.
El nuevo museo servirá también como medida de presión complementaria en la reclamación de las autoridades griegas de los frisos del Partenón que expone el Museo Británico. La tercera planta del nuevo museo dispondrá de 160 metros para mostrar en todo su esplendor el friso jónico que representaba, con 370 personajes y 200 caballos, la procesión de las Panateas. El friso original tenía 115 paneles: 36 siguen en su sitio, 22 se han perdido, uno está en el Louvre y 56 en Londres. Thomas Bruce, lord Elgin, embajador inglés en Constantinopla, se los llevó de Atenas -"robados", dicen los griegos; "comprados", según los ingleses- y en 1836 se los vendió al Museo Británico por 35.500 libras. El nuevo museo exhibirá, de momento, los moldes. Figuras huecas que pedirán, a su manera, la inmediata restitución. Mientras dura la espera, marcarán la fama del nuevo museo, que en sus dos primeras plantas tendrá dioses, y en la tercera, fantasmas.