El viajero santo, por Jesús Torbado

Durante unos 30 años San Pablo anduvo fuera de su casa, "náufrago en todos los mares, peregrino en toda tierra..."

Jesús Torbado

Toda religión para destacar merecimientos ha venerado a sus representantes más conspicuos con títulos o apelaciones peculiares. Los cristianos han valorado a los suyos como "santos", y con tal honor han ido llegando a nosotros miles de criaturas de toda especie durante casi dos mil años. La vieja y sólida burocracia vaticana ha ordenado que estos meses en que estamos, de junio a junio, se dediquen a conmemorar a uno de los suyos, a uno de los más grandes, sin duda; incluso más grande para los herejes protestantes que para los católicos fetén (obsérvese dónde y a quién están consagradas las mejores catedrales europeas y americanas). Saulo de Tarso, San Pablo, no fue sólo el decimotercer apóstol; para muchos estudiosos fue el inventor y el creador de la religión cristiana. A partir de un profeta ambulante y mal conocido llamado Jesús creó un Dios-hijo-de-Dios llamado Cristo. Docenas de publicaciones aparecidas en los últimos años se inclinan a esta opinión, que en verdad es heterodoxa o herética.

Pocos, sin embargo, se han querido asomar a su vida, a lo no mucho claro que se sabe de su vida auténtica; es decir, fuera del mito, de la hagiografía, de la leyenda, de la fe ("fe es creer en lo que sabemos que no existe", decía Mark Twain). En esa vida terrenal hay por cierto un aspecto apasionante: sus viajes. Durante unos 30 años, el escriba judío (pero buen conocedor de los escritores griegos), el obrero tejedor de tiendas desdeñado por sus correligionarios anduvo fuera de su casa o, mejor dicho, vivió sin casa propia. "Náufrago en todos los mares, peregrino en toda tierra... ni en ésta hubo cárcel, prisión ni castigo que ignorase. Sería congoja de la aritmética hallar número para contar las leguas de sus caminos y rumbos". Así lo describía Quevedo en 1648. Efectivamente, este predicador y hombre de acción, "atrevido y entusiasta, conquistador, altanero e iracundo" (palabras de Ernest Renan) corrió de un lado a otro del Mediterráneo y sus tierras interiores, siempre con escasos medios, pero con la misma energía y dedicación. Docenas de ciudades se han disputado luego su presencia, en curiosa pugna patriotera: Ibiza y Tarragona entre las españolas. Fue apaleado, encarcelado, naufragó al menos tres veces, buscó escondites huyendo de sus perseguidores (ya cristianos algunos de ellos)... Apenas habla de sus penalidades y peripecias en sus famosas Cartas -más o menos manipuladas después, desde luego- y tampoco lo hace su compañero ocasional de caminos, Lucas, San Lucas.

En Tarso existe el espectro de una casa con pozo propio, del que es posible beber pagando el óbolo, que dicen haber sido suyo. Huella de una casa modesta, en barrio menestral, con patio muy mediterráneo. También los restos de la puerta que conduce a Mersin se los adjudican a medias a él y a Cleopatra, ya que la reina egipcia cruzó por ella para encamarse con Marco Antonio. En toda la costa meridional de Turquía, sembrada de preciosas ruinas grecorromanas, prolifera la memoria sólida de hace 20 y más siglos. No hay demasiados viajeros que sientan una gran curiosidad por esa riqueza asombrosa que sobrevive en Mira, Pergue, Aspendos, Side, Faselis..., al lado de los modernos balnearios y hoteles de lujo. Menos que los turistas del sol que los cruceros esparcen por Éfeso o Pérgamo, desde luego.

Se diría incluso que hay paisajes, caminos y gentes que no han cambiado en tantos años. También el interior de ese mar, la antigua Asia Menor, es un vivero de recuerdos; aquí y allá, incluso entre no cristianos, se idealiza la huella de aquel hombre. Existen varios cruceros, más o menos de peregrinación, que pretenden recuperar los periplos y residencias de Pablo de Tarso por aquel territorio, lo mismo que Malta lo ensalza tanto como a otro viajero que debió de andar por allí, Ulises. Es decir, no se ha perdido nunca su recuerdo. Sólo sorprende que la Iglesia Católica considere patrono de los viajeros no a San Pablo sino al obispo San Nicolás de Bari (nacido cerca de Tarso, por cierto, y cuyo cadáver robaron de Demre los italianos), el mismo Santa Claus navideño.