El viaje de los vándalos, por Jesús Torbado

Jesús Torbado

Injusto sería no reconocer alguno de los muchos méritos viajeros con que se adornaron aquellas antiguas gentes a las que los romanos llamaron vándalos. Como los viejos bachilleres deben de recordar, pasaron alguna temporada por España, particularmente en Andalucía, en el primer tercio del siglo V. Antes de que se desvanecieran por completo en un impreciso Oriente (¿dónde andan hoy sus nietos?), después de las severas derrotas que entre 533 y 540 los infligió el potentísimo Belisario, general del imperio bizantino de Justiniano, patearon toda Europa y una cara de África. Habían arrancado de algunos sombrías espesuras de Escandinavia, rompieron la frontera romana del Rhin en el 406, tres años más tarde ya saltaban los Pirineos, se asentaron en África veinte después, piratearon por el Mediterráneo hasta hacerlo intransitable, ejercieron ásperamente su cultura en medio mundo conocido, frente a la Roma decadente, y esa cultura -como ahora se llama a cualquier cosa- consistía en robar a los demás, masacrarlos si se oponían, correr de un lado a otro destruyendo lo que encontraban a su paso. De tales fulanos no ha sobrevivido siquiera una iglesia, un puente, un regato, un pensamiento, una canción.
Pero ha sobrevivido aquel nombre que les otorgó Roma, cierta memoria de sus terribles hazañas y diversas pandillas que quince siglos más tarde los siguen y los imitan.
Estos jóvenes vándalos son también muy viajeros, tan viajeros que incluso ya se están montando agencias especializadas para atenderlos. Lo mismo que hay organizadores de viajes para futboleros y seguidores de carreras de motos, para feligreses de esta o de aquella religión y secta, para naturistas y ornitólogos, para señoras menopáusicas y para homosexuales recién aparecidos, ya se han montado negocios -en Alemania para empezar- con el fin de despachar expediciones a los profesionales de la agitación callejera, de la ocupación sonora de propiedades ajenas, del ruido y la furia vandálicos. Forman una hermandad muy numerosa y les sirve cual- quier aviso para las viajeras reuniones. Aprovechando, naturalmente, todos los beneficios, ventajas y socaliñas de esa sociedad rica y tranquila a la que quieren destruir. Suelen ser llamados, con cierto respeto mediático, antisistema, antiglobalización, antisociedad burguesa, y aparecen con los gastados estandartes de las revueltas de antaño. Los que han sido llamados a Berlín el primero de mayo se querrán hijos de los asaltantes de la Bastilla, hermanos del Che Guevara, primos de los brigadistas de la Guerra Civil española y de los barbudos de Sierra Maestra, cuñados de los del Octubre Rojo y de Mayo del 68, íntimos de Mandela, de Arafat, de Pol Pot, de Idi Amin y de los héroes de Terra Lliure...
Mientras cuece el espeso y pestilente caldo de la manipulación política, de la hipocresía a todo trapo (véanse aquí los partidos de la activa ultraizquierda catalana), miles de jóvenes y menos jóvenes se divierten saltando las cuatro esquinas de Europa e invadiendo ya espacios más lejanos. En agitado e imparable viaje provocador. Es de creer que las peleas con los policías (de estilo Matrix o simplemente exóticos) es una actividad divertida, euforizante y pródiga en encuentros de todo género. Nadie debería discutir los placeres que algunos se prodigan, ni siquiera cuando supongan inquietud o dolor para otros. El mundo es así y gira de esta manera, entre el aplauso de unos y la estupefacción de otros. Hoy es moda lo antisistema y rechazarlo implica riesgo de incorrección política. También los vándalos tienen derecho a desarrollar e imponer su culturilla.
Y como las ciencias avanzan que es una barbaridad y el negocio corre que se las pela, existe ya una nueva subclase de turismo: el turismo del alboroto. Y una nueva familia de viajeros: los alborotadores. Aman unos las playas soleadas, otros se pirran por los gases lacrimógenos; éstos llegan al clímax con los zumbidos del motor de Fernando Alonso, aquellos se excitan con los colores de la bandera palestina. Bueno. Ya nos había informado el gran Shakespeare de que lo importante era moverse, no estarse quieto. O sea, viajar. Cualesquiera sean las condiciones y los propósitos. Debe seguir saliendo el sol -primer globalizado- por Antequera. Donde, por cierto, ya los primeros de nuestros vándalos pudieron contemplarlo.