El viaje como terapia de pareja por Carlos Carnicero

Volver a encontrar la ilusión de pareja se transforma durante el viaje en una ocasión para redefinir las emociones.

Carlos Carnicero

?Hay muchas universidades en el mundo estudiando los afectos humanos más profundos: el amor, la pasión, los celos...; y también sus consecuencias en las fases de la convivencia: la infidelidad y la estabilidad de las parejas. La pregunta más recurrente es si los amores pueden ser eternos, que es como se lo juran los amantes desde que se tiene noticia de que la pareja representa la base de la sociedad. O del ser humano. Solo también se puede vivir, pero existe una inclinación a la convivencia en pareja que luego, en muchos casos, cuando se consigue, se pervierte y se vuelve imposible.

La ciencia nos apea hacia el materialismo y determina que son reacciones químicas lo que permite definir las afinidades, extremar los deseos y barajar los odios. Los sentimientos, al final, son secreciones. Como la sociedad se ha transformado, cada vez es más cotidiano y frecuente que nadie aguante lo que no desea: cuando el amor se diluye, cuando la pasión se enfría y cuando la convivencia se dificulta, el desenlace razonable es la separación. Rara vez es indolora, porque la costumbre también ata.

Toda asociación, todo vínculo, para pretender la supervivencia renueva las bases que lo hacen posible, sobre todo para adecuarlas a las evoluciones personales de quienes forman la corporación. Nada es permanente, porque la esencia del tiempo es la transformación, empezando por la edad y el aspecto físico. La duda es si las mutaciones inevitables permiten adecuar los impulsos de amor y de deseo a las nuevas circunstancias.

Un viaje, para las personas sensibles, es un acelerador de partículas de las emociones: lo cotidiano se deja atrás y el mundo, los nuevos descubrimientos, pueden facilitar reencuentros que parecían imposibles. Volver a hallar la ilusión, redescubrir los aspectos de la pareja que se habían diluido o se tenían olvidados, envueltos en lo cotidiano, se transforman durante el viaje en una ocasión para redefinir las emociones. Viajar es vivir exponencialmente.

La costumbre resulta demoledora y la innovación redime y reactiva las pasiones dormidas. El psicoanálisis o el conductismo son caminos de la introspección para determinar los verdaderos deseos; pero un viaje novedoso puede ser complemento para despertar el alma profunda dormida en la rutina.

Nueva York, para mucha gente, al igual que Londres, son evocaciones de juventud. Son ciudades en permanente transformación para asentar sus bases inalterables en las que no es complicado encontrar el reflejo antiguo -en un espejo difuso- de emociones adolescentes. París, Le Marais o Montmartre, el Barrio Latino, son escaparates de una generación perdida ahora en hipotecas insufribles; en Estambul se entiende mejor que en ningún sitio que el mundo: afortunadamente, es todo menos homogéneo. Y en cada rincón de América Latina, desde el desierto de Sonora hasta la Patagonia, cada quien puede reencontrarse con la persona que definió la mitad de su vida, porque los recuerdos de España, presentes sobre todo en lo que podíamos haber sido, invitan a intentarlo de nuevo desde la deconstrucción con que el tiempo socava a muchas parejas. En realidad, un viaje puede ser la ocasión de encajar otra vez el puzzle que se había desordenado por los impulsos cotidianos de la existencia, por una condensación de recuerdos, de lo que sucedió o de lo que deseamos que hubiera ocurrido, en donde confundimos los hechos con los deseos. Entender esto en la ciudad que se habita resulta mucho más complicado que intuirlo en una escapada lenta, sosegada y tranquila.

Salvar un matrimonio es una frase equivocada, sin fundamento: reconstruir de nuevo una convivencia es un anhelo precioso si la elección primigenia fue la afortunada. Naturalmente que se puede vivir solo, pero en la mayor parte de los casos una pareja bien sedimentada es mucho más que dos. Y para encontrar a más que dos, en dos, es mucho mejor emprender un viaje.