El verano de los ciclones por Carlos Carnicero

Este año la temporada ciclónica ha sido insolente y prolija. Los expertos aseguran que su agresividad escalonada se debe al desgaste de la capa de ozono, el deterioro de las condiciones de la atmósfera y el aumento de la temperatura de la tierra.

Carlos Carnicero

Esta vez Rita no quiso entrar en Cuba; se paseó amenazadoramente por el estrecho de La Florida, cimbreando la isla, en paralelo, sin llegar a tomarla por asalto. El ciclón se dejó sentir en forma de lluvias torrenciales y de vientos tempestuosos, como parte del acompañamiento natural de su derrotero principal. Los efectos colaterales de Rita fueron suficientes para promover inundaciones, cortes eléctricos e interrupciones telefónicas, que son las consecuencias obligadas de todo ciclón o tormenta tropical que se considere. Y, naturalmente, Rita sembró la alarma en los turistas que visitaban la isla y que no sabían de estas circunstancias meteorológicas sino por las referencias catastróficas que transmiten los telediarios cada vez que la naturaleza promueve una rebelión de las bajas presiones asociadas a un aumento de la temperatura del agua. Desde las masas oceánicas de calma ecuatorial, en el sureste del Atlántico, el ecosistema manda su furia contra el Caribe para celebrar un sorteo de pánico con sus trayectorias. Haití, Jamaica, República Dominicana, México, Centroamérica y los Estados del sur de Norteamérica conocen la incertidumbre de los recorridos de un ciclón desde que empieza a formarse una tormenta tropical y que por el simple mecanismo de acumulación de agua, por diferencias térmicas, alimenta su velocidad de rotación hasta que decide dónde quiere descargar su ira acumulada.

Los estudiosos aseveran que el vocablo "huracán " viene del idioma taíno, una de las familias de los arahuacos, asentados en Cuba. Estos indios precolombinos desaparecieron con la ocupación española de la isla porque no resistieron la esclavitud ni los trabajos forzados. Aquí, a Cuba, llegaron tarde las doctrinas contradictorias de Fray Bartolomé de las Casas, y el arribo de los esclavos africanos no fue para la supervivencia de los indios locales por la simple razón de que ya no existían cuando atracaron los primeros barcos negreros. Eran tan pacíficos los taínos, que sufrían indefensos las incursiones de sus vecinos caribes, que desembarcaban desde Venezuela, cruzando el Golfo de México en sus frágiles canoas, para sembrar el terror en la mayor de las Antillas, robar a sus mujeres y destrozar las cosechas. Los taínos fumaban tabaco, pescaban y tenían un pequeño desarrollo agrícola que era la base de su economía. Tenían a bien que no practicaban el canibalismo y su bonhomía tiene que ver con la forma en la que recibieron a Colón y sólo se tiene constancia de que el cacique Atuhey encabezó una revuelta que dio con él en la hoguera. Procedimiento ejemplarizador acorde con aque- llos tiempos que todavía no ha desaparecido, aunque se haya sofisticado el uso del fuego por otras herramientas. Entonces, naturalmente, los taínos ya sufrían la naturaleza desbocada en forma de ciclones, tormentas tropicales y huracanes. A eso estaban acostumbrados antes de escuchar el primer estruendo de arcabuces.

Aunque Rita no entró en La Habana, las autoridades celebraron el ritual de las alarmas ciclónicas porque los huracanes son caprichosos en su trayectoria, de la que siempre se proyectan varias posibilidades y obligan a estar prevenidos contra la peor. La terminología meteorológica forma parte de la cultura cubana desde que los niños aprenden a hablar, porque convivir con esta amenaza es un culto obligado para todos los cubanos, que presumen de tener la mejor "protección civil " del mundo.

Este año la temporada ciclónica, desde finales de junio hasta noviembre, ha sido insolente y prolija; los expertos dicen que la agresividad escalonada de estos prodigios atmosféricos tiene que ver con el desgaste de la capa de ozono, con el deterioro de las condiciones de la atmósfera y con el aumento de temperatura de la Tierra. El caso es que Rita se empeñó en seguir los pasos de Katrina y, atravesando el Golfo de México, enfiló las costas de Louisiana y Texas y sembró el pánico en sus habitantes, que no entienden bien cómo su patria hace tan bien las guerras y tan mal las prevenciones de la defensa civil en crisis naturales. Mientras las carreteras de salida de Houston estaban atoradas de vehículos sin combustible, Fidel Castro se daba el lujo de formar mil cien médicos militarizados, en traje de combate, para practicar la retórica del socorro a la mayor potencia del mundo, capaz de enviar robots a Marte y sembrar el pánico en Faluya, pero con dificultades de prevenir un desastre cuando el enemigo es el cielo desencadenado.

Aunque Rita bordeó Cuba, los turistas que se agolpaban en el hall del Meliá Cohiba, de La Habana, miraban angustiados las lluvias horizontales, horrorizados porque el diluvio se filtraba en sus habitaciones por las hendiduras de las ventanas. Ellos entendían que este milagro de la naturaleza -la lluvia horizontal- era el preludio del fin del mundo, con aquellos vientos inclementes que torcían las palmas reales sustituyendo su hierática insolencia, vertical hacia el cielo, con una humillación que las doblaba hasta ponerlas paralelas a la tierra; la palma real también está preparada para doblegarse sin partirse. Otro éxito de Dios al diseñar la naturaleza.

Los turistas caminaban una y otra vez a la conserjería, intentaban llamar a sus madres y escuchaban la CNN o las emisoras locales de Cuba tratando de traducir los códigos litúrgicos del vocabulario meteorológico. Se horrorizan siempre con conceptos como "isobaras ", "ojo del huracán ", "velocidad de rotación " y "fuerza de los vientos ". Aprenden rápido que en la escala de intensidad de los ciclones el máximo es el cinco, pero que con uno de fuerza cuatro las cosas ya se ponen verdaderamente feas.

El caso es que en la medida que Rita se paseaba por los cayos del norte, los turistas se relajaban con el daiquiri y el mojito mientras preparaban el borrador para relatar sus experiencias, dando por buena la sustitución de la playa por el bautizo de agua y viento que les proporcionaba Rita , como metáfora recurrente en su condición de turistas aspirantes a convertirse en viajeros.

Luego vinieron las conversaciones de café; las recriminaciones a Bill Clinton y a George W. Bush por negarse a firmar el compromiso de Kyoto y el pavoneo de sus conocimientos ecológicos para concienciarse, mientras apuraban el trago, de la necesidad que tiene la Tierra de que alguien se moleste en su salvación.

El aire acondicionado hacía ya rato que había dejado de funcionar, incapaz de conformarse con la energía de la planta de petróleo, y todo el mundo se preguntaba por el tiempo de restauración de la red eléctrica. En la calle, el malecón, desbordado por el mar, había tomado posesión de El Vedado y la noche, con el gemir del viento lastimero, proponía paciencia para aguardar la normalidad porque la tragedia sólo había bordeado la isla.

Por la mañana pareció que no había pasado nada y el mar se asentó. Volvió la luz y el teléfono, con ruidos que recordaban la precariedad de unas infraestructuras que no admiten más remedos. Un enterado recordó la leyenda que adjudica a la revolución cubana una suerte de origen mágico africano que impide que un huracán penetre La Habana hasta convertirla en un erial de edificios desvencijados. Volvió la moderación de la vida cotidiana, se reanudaron los vuelos y la mayor parte de los turistas se vio recompensado por el caudal de emociones que había sustituido el tostado ansiado de su piel en el Caribe. Los huracanes también son patrimonio turístico de Cuba cuando no devienen en catástrofes.