El vanguardismo de Gaudí y Barcelona, por Carlos Carnicero

Cada vez que visito La Pedrera, siento que es el espacio en donde me gustaría ubicar mi existencia.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Antoni Gaudí ha hecho más por el retrato de Barcelona en el mundo que los Juegos de 1992. Sin duda, la capital de Cataluña traslada la estampa de la modernidad española, tan puesta en juicio por la crisis, los excesos y los escándalos económicos de la era Rajoy. Cavilaba sobre estos asuntos en la larga cola para visitar La Pedrera, el edificio que la familia Milà confió al arquitecto modernista.

Es difícil encasillar a Gaudí dentro de las escuelas de arquitectura y arte de los primeros años del siglo XX. Se le incluye en el modernismo, pero en realidad su estilo es genuino y muy personal.

Siempre he tenido fascinación por Gaudí. Probablemente nunca supo que era un ecologista de la arquitectura, y no tanto por la temprana sostenibilidad de sus edificios, sino por su continua observación de la naturaleza para incrustarla entre la piedra, la cerámica reciclada y el talento de la integración de los espacios, las formas y la habitabilidad.

Gaudí fue socialista utópico en su juventud; evolucionó hacia un integrismo religioso. Pero sobre todo su religiosidad era el naturalismo. Visitando el ático de la Casa Milà se puede comprobar como trasladó los esquemas estructurales de la naturaleza como soporte y sentido de su arquitectura. Sus sistemas empíricos de cálculo de estructuras, con maquetas invertidas y soportando las cargas inversas con bolsitas llenas de perdigones, eran infalibles. Los sistemas informáticos de arquitectura han comprobado que los cálculos rudimentarios de Gaudí eran asombrosamente exactos.

Siempre he pensado que si yo fuera rico de verdad, mi único interés inmobiliario sería conseguir mi casa en La Pedrera. Cada vez que visito el edificio, siento que es el espacio en donde me gustaría ubicar mi existencia. No sé si a ustedes les pasa; he desarrollado unas facultades extrasensoriales que determinan la idoneidad de un espacio para acoger mis inquietudes. Son vibraciones internas, una sensación de entendimiento del área en donde me encuentro y la atracción a envolver mi vida en él. Siento que el lugar me pertenece y yo pertenezco al lugar. Magia blanca.

Hay algunos datos que me han hecho reflexionar en esta reciente visita a Barcelona. Apuntaré algunos.

Pateando la ciudad, incluso en el tórrido agosto, siento una modernidad ajena a los grandes espacios de Castilla, al resto de las ciudades españolas. Sin duda, Gaudí tiene que ver con el atrevimiento del carácter de la ciudad. Tampoco es ajeno a esta circunstancia Idelfons Cerdà, urbanista de vanguardia soportado en los criterios de la Grecia clásica. El Eixample, diseñado en 1880 y ejecutado en los años posteriores, ha determinado el carácter de Barcelona, al entender en su ampliación un criterio basado en la concepción urbana del arquitecto Hipodamo de Mileto, arquitecto, matemático y meteorólogo (498-408 a.C.) creador de la ciudad moderna con calles anchas y manzanas en ángulo recto. La novedad de Cerdà fue la unificación de manzanas de 113,3 metros en una inmensa extensión sin construir desde el Besós hasta Montjuic. No conozco ninguna ciudad en el mundo con un urbanismo tan racional... y tan tempranamente diseñado. Naturalmente, este hombre culto, multidisciplinar y ambicioso en sus teorías, murió arruinado e incomprendido por las autoridades de Barcelona y de España, que no le pagaron siquiera lo que le debían.

Segunda: los visitantes de Barcelona, numerosos turistas extranjeros, irradian interés por la cultura profunda de la ciudad. Siento turismo de calidad. Inspeccionan el Barrio Gótico, pasean la Rambla, hacen colas interminables en la Sagrada Familia y leen concienzudamente guías y manuales para descifrar sus enigmas.

Tercera: los responsables turísticos han apostado por atender a los extranjeros con calidad. Hay guías e informadores que no solo hablan inglés, francés o alemán. Profesionales de origen chino y japonés están bien visibles para atender visitantes de esas procedencias.

Regresé a Madrid una vez más impresionado por el carácter exclusivo de Barcelona. Entendí la distancia que nos separa. Nosotros, los del resto de España, no tuvimos una burguesía capaz de entender el vanguardismo. La revolución industrial, el anarquismo, el fervor intelectual de sus dirigentes marcaron una diferencia elitista con el resto del país. Pensé en la técnica de los trasplantes. Debiera ampliarse a los clásicos de corazón, hígado y riñón. Debiéramos ser inteligentes para injertar los entendimientos culturales que han hecho de Barcelona una ciudad universal. Tal vez debiera plantearle esta tesis a Esperanza Aguirre.