El único lujo es el tiempo disponible, por Carlos Carnicero

Se puede gozar de los placeres más increíbles si se dispone de los dos únicos lujos verdaderos: salud y tiempo.

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

En la edad de la abundancia, el lujo se sofistica hasta lo incomprensible. Empiezo a creer que hay unos seres que no pueden disfrutar salvo que sus objetos de placer tengan precios astronómicos y disparatados. Entonces, el goce no tiene que ver con el placer que les proporcionan sus caprichos sino con la sensación de exclusividad que les irradian.

Se ha establecido la moda, en los principales periódicos españoles, por competir en la exhibición de los lujos más desorbitados. Nos enseñan suites de hotel que valen más de ocho mil euros diarios. Es decir, casi tres millones de euros al año. Los yates de más de cincuenta metros tienen cosas tan sofisticadas como un garaje que se inunda para lanzar al agua lo que llaman "lanchas auxiliares". No es extraño observar lienzos de Georges Braque o de Amadeo Modigliani colgando en sus paredes. Se podría apostar a que la mayor parte de sus dueños se marean cuando la mar está terciada. Y no creo que naveguen ni de lejos treinta días al año. También se exhiben las casas más costosas de la Tierra, muchas de ellas de sobresaliente mal gusto. Los hoteles más privados y exclusivos en los sitios más remotos. Si antes las revistas exhibían el lujo de nuestros iconos, generalmente gente sin otro interés que el tamaño de sus carteras y su belleza, muchas veces impostada por un cirujano plástico, ahora es el lujo en sí mismo quien ocupa espacio para movilizar los malos instintos. Pero la constatación de tanto despilfarro, en un mundo de desigualdades crecientes, no mueve a la revolución o a la rebeldía sino a la secreta esperanza de que la maldad adquirida o la suerte acaecida nos permita entrar en el paraíso terrenal de los poderosos para podernos bañar en las mejores reservas de Champagne o darnos barniz de oro para asegurar nuestra juventud.

Meditaba sobre estas cosas en medio de un verano atemorizado por los efectos de la crisis. Muchos españoles no saldrán o, los que lo hagan, lo harán menos. Es cierto que el tiempo, sin recurso alguno, no es un consuelo más que para lo que los argentinos llaman "hacer fiaca", que equivale al anglosajón "lazing around" o al italiano "dolce far niente"; es decir, "holgazanear" o dejar pasar el tiempo.

Pongámonos en lo menos malo: con unos ingresos magros, propios de la crisis, se puede gozar de los placeres más increíbles. La primera condición es disponer de los dos únicos lujos verdaderos: salud que resista el embate de la vida y tiempo para disponer de él sin cautelas o servidumbres.

Ahorré haciendo trabajos variopintos en Madrid, a mis diecisiete años, para visitar a mi novia que se había ido a Londres a estudiar inglés. En vez de doce días estuve tres meses. Lavando platos, limpiando apartamentos y pasando el hambre adecuada a priorizar el consumo de tabaco y de cerveza. Eran los tiempos heroicos de la España en blanco y negro. Entonces la mayor experiencia, y solo de algunos pocos españoles, era haber viajado a Lourdes. El extranjero era un mundo distinto y distante a donde solo se podía acceder con una maleta de cartón atada con cuerdas y mucho miedo para trabajar en Suiza o Alemania.

Con mis quince recién cumplidos viajé un verano a Italia, a la ciudad de Pontenure, vecina de Milán, con una organización católica que remozaba y construía iglesias. Fueron, sin duda, los tres meses más lujosos, divertidos, apasionantes e irrepetibles de mi vida. Todavía conservo alguna foto, con barba incipiente de adolescente, y el mono de trabajo, subido a un andamio que me sabía a gloria.

Los viernes, cuando terminaba el tajo, nos marchábamos en auto stop a recorrer Italia. He dormido en la puerta del Duomo de Florencia y en la del de Milán. Y de muchas otras catedrales. Disfruté tanto de la escasez de mi dinero gracias al tiempo disponible. Incluso llegué a hablar un italiano más que aceptable como para intentar enamorar a una adolescente italiana. Sin duda fue el verano más lujoso de mi vida.