El último viaje de Turner, por Luis Pancorbo

En sus últimos años fue un viajero y trabajador incansable. Tenía que resolver este mundo –el color– antes de ir al otro.

Luis Pancorbo
 | 
Foto: Ximena Maier

Un viajero tan indomable como William Turner no se ve todos los siglos. Viajaba para pintar, no al contrario, y expresó el mundo hasta agotarse, con revoluciones que hicieron que los modernismos nacieran viejos. Todo eso se expone en El último Turner de la Tate Britain, el museo de Pimlico junto al Millbank, el malecón donde el Támesis pasa orgulloso camino de las Casas del Parlamento. Si Westminster ardía, ahí estaba Turner para recoger la esencia de las llamas, el color que queda de ellas en el cerebro. Turner lo entendió, y que los cielos reinventan cada día del púrpura al corinto.

La exposición londinense muestra el trabajo de Turner de 1835 a 1845, cuando ya ha decidido romper la crisma a la pintura, reinventar composición, colores, colocándose fuera del alcance de quienes vinieron antes y después que él. Hace algunas décadas me impresionó la habilidad del pintor Virgilio Guidi para entender Venecia comida por la niebla. Ahora veo más clara su filiación. En 1844 Turner pintó Approach to Venice, donde ni el negro de las góndolas puede con la bruma. Y es que el último Turner no necesitaba marcar los contornos de un lago, como el Lucerna, ni siquiera precisar el rostro de los personajes, fuese el de la poderosa mortal Agripina o el de Dafne, diosa además convertida en liebre. El último Turner se mete, como Conrad con las palabras, dentro de la tormenta marina. Y cuando hace un paisaje en su querido Val d''Aosta no es que consiga plasmar la consistencia de la nieve, sino entreverla en un día nublado. Es un blanco que forma parte de un cielo interior. El ángel enturbiando la piscina, acuarela de 1845, deja sin palabras recordando el mayor milagro de la piscina probática de Bethesda, el soplo de un ángel que borra el agua. En otro cuadro coloca a un ángel en el centro del Sol y no se achicharra una pluma.

Turner sigue la teoría del color de Goethe: surge de la interrelación entre luz y sombra, no es solo producto de la luz, como decía Newton. Y para probarlo, William Turner pinta una mañana y una noche del Diluvio, encontrando imágenes que bien pudieron darse tras el Big Bang.

En sus últimos años Turner era un trabajador y un viajero on the wing, sin parar. Un colega suyo se fumaba un puro yendo en góndola y se avergonzaba un poco al ver a su lado cómo Turner dibujaba sin tregua. Turner tenía que resolver este mundo -el color- antes de ir al otro. Por el norte europeo recorre hasta Dinamarca, y busca en el sur los lugares de los mitos. En los Alpes le interesó deconstruir la nieve; en Italia, la elocuencia de las ruinas. Lagos, ríos, bosques, mares, todo lo viaja y luego lo elude. No quiere pegar etiquetas geográficas, ni enseñar rostros o piedras reconocibles. Busca la mancha original. Lo que no se ve de los sitios, lo que más perdura.

En La despedida de Hero y Leandro el héroe se ha disuelto en la negrura tormentosa del Helesponto. Se distingue a Hero, la sacerdotisa de Afrodita, una figura pequeña que empuña unas antorchas, como inútiles ramos de flores blancas, para indicar por dónde tenía que nadar su amado desde la otra orilla de los Dardanelos. Cuando Hero ve que Leandro se ahoga, ella se mata tirándose al agua. Era un amor prohibido por sus familias y de ahí vendrían luego Romeos y Julietas. Pero lo crucial del cuadro es la galerna que se traga hasta los mármoles del templo. Los pocos humanos que acompañan a Hero no pasan de tener el tamaño de unos fuegos fatuos, como los que abundan en esta luna de los cementerios.