El último Theroux, por Mariano López

Theroux es feliz en África. "¿Por qué será -se pregunta- que en la sabana siempre siento esperanza?

Mariano López
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Foto: V. Iglesias

Paul Theroux (Medford, Estados Unidos, 1941) es hoy, seguramente, el escritor de viajes más afamado, reconocido y aplaudido del mundo. A mí siempre me ha tenido entre sus adeptos. Me ganó la primera vez que leí que se definía como un mochilero avivado por la curiosidad; alguien que necesitaba, más que comer, estar lejos, sentirse libre en un escenario exótico, imitar las costumbres de los viajeros antiguos, seguir los relatos que le cautivaron cuando era un crío. Además, siempre le han fascinado los trenes, como a mí. "Desde que era niño, dice, rara vez he escuchado pasar un tren sin desear ir en él".

De su primer gran libro, El gran bazar del ferrocarril, publicado en 1972, tomé prestado unos versos de Pushkin para defenderme en el caso de que los bandidos asaltaran el vagón en el que viajaba en el Transiberiano. ¿Qué debes hacer si te encuentras con unos ladrones armados en tu compartimento del Transiberiano? La única defensa razonable era la que sugería Theroux: recitar a Pushkin, con una copa de vodka. Unos versos sobre las violetas en otoño. En ruso. No hay un ladrón en Siberia que no se rinda ante semejante espectáculo: un turista empapado en vodka, enamorado de Pushkin.

El nuevo libro de Paul Theroux se llama El último tren a la zona verde. Responde a un viaje que realizó en 2011. Es su obra más reciente y quizás la última. Puede ser que me equivoque, pero sus palabras, de principio a fin en esta obra, me han sonado como una despedida. Un adiós que tiene como premeditado escenario África. Porque Theroux es feliz en África. En la sabana, a infinitos kilómetros del horizonte, bajo un cielo de fuego o inundado de estrellas. Su fe, proclama, está en el bosque y en la pradera, y en la noche durante la que crece el maíz. "¿Por qué será -se pregunta- que en la sabana siempre siento esperanza"?

El propósito de Theroux responde a un sueño secreto: viajar en tren o autobús desde El Cabo hasta Tombuctú. Una bella manera de completar sus viajes por África. Pero el sueño se revela complicado. Así que Theroux se conforma con enfrentarse a los townships de El Cabo, recorrer la costa y el nordeste de Namibia, dar con los ju/''hoansi, los restos vivientes de los primeros seres humanos de la Tierra, cruzar la llamada verja veterinaria -una valla de 1.600 kilómetros de largo que corta en dos Namibia- y proseguir por las capitales de la costa de Angola hasta alcanzar el tren -nuevo, de fabricación china- que podría llevarle a la última sabana verde de Angola. Ruego me disculpen porque les voy a anticipar el final: no lo consigue. El viajero más experimentado, el gran Theroux que ha recorrido varias veces el mundo, cancela su último gran viaje, desesperado, destrozado por el horror -la pobreza, la injusticia, la violencia- con que se encuentra en Angola. "Una zona -escribe- de irracionalidad", "la imagen del mundo cuando se acabe". Theroux se rinde ante la extrema miseria urbana de una ciudad tras otra, ante la certeza de que la sensación de inutilidad e impotencia que le invade solo puede progresar en su soñado camino hacia Tombuctú. Adiós al tren. "Que otro continúe -pide- donde yo lo he dejado". Así concluye El último tren a la zona verde, un libro triste, sincero y emocionado, que cautiva en cada página y que a pesar de su torrentera de miserias me ha dejado en la memoria un nuevo propósito viajero: tomar ese tren que Theroux perdona, el último tren a Malanje, as terras do fin do mundo. Habrá bandidos, seguro. Pero es cuestión de llevar los versos adecuados.