El turista en su burbuja, por Jesús Torbado

El viaje burbuja evita todo contacto con el anfitrión, todo contagio con su carácter, sus costumbres, sus necesidades y su vida.

Jesús Torbado

De lamentaron mucho, como es habitual, propietarios de hoteles, restaurantes y chiringuitos playeros del comportamiento absentista de muchos veraneantes, que han demostrado su fatiga por los escandalosos precios y el mal servicio al que han estado sometidos año tras año. Con la excusa del rico sol gratuito, del "mejor destino del mundo" y del compadreo simpaticón -más la voluntaria ceguera de la autoridad (in)competente-. Ojalá esta crisis haga recapacitar a los aprovechados acerca de su prepotencia en fijar precios abusivos y en despreciar a los clientes. A los que este verano ya iban a la playa con la bebida y el bocata en la neverita. Esa era su venganza.

El asunto recuerda a aquellos británicos que llevando muchos años enraizados en Andalucía -y con privilegios como el de la medicina gratuita a costa de los paganos de la Seguridad Social española- traían de sus islas hasta lo más menudo de su alimentación, como la sal y los pollos congelados. Todavía abundan por allí comercios, propiedad de extranjeros casi siempre, dedicados a vender exclusivamente, y con éxito, productos de importación, y de tanta sutileza como la harina para cocer el pan, el jabón o las hipertrofiadas verduras. Esta gente, reacia siempre a aceptar costumbres ajenas, puede llevar treinta años entre nosotros y no ha aprendido siquiera a decir gracias en español. Más aún: sabemos de una vieja doña inglesa llegada a Antequera a calentar su gastado esqueleto que consiguió que le cambiaran su médico de cabecera de nuestra SS porque el que le había correspondido no hablaba inglés.

Esta actitud tan generalizada en España entre británicos y nórdicos, y hasta entre los "cultos y cosmopolitas" franceses, constituye uno de los males comunes de la mayoría de los turistas contemporáneos. Incluidos los españoles cuando viajan a otros países, desde luego.

La multiplicación de las agencias de viaje ha conseguido que la gente recorra el mundo, hasta sus rincones más escondidos, bajo un paraguas protector que no sólo facilita sus pasos y ampara su caminar, sino que la aísla de cualquier tocamiento del otro. Salvo que sea tendero. Esta clase de viajero acomodaticio transita dentro de una cápsula impermeable, acurrucado en una burbuja aséptica que le evita contratiempos y también el conocimiento de lo que tiene ante sí. No se molestan antes siquiera en haber leído ni media línea acerca del exótico lugar para el que se embarcan. Sino que una vez en él, filtran su realidad con cuatro tópicos que les relata el guía.

Claro, hablar la lengua del otro (¿quién es capaz de conocer el tibetano, el suajili, el sulawesiano?) es imposible. Esforzarse en comunicarse con rudimentos mutuos de inglés tampoco es sencillo. Mas ni siquiera se ejercita ya el arte de mirarse a los ojos, de sentarse frente al otro a respirar su vida. Todo el interés que puede ofrecer el lugar al que se acude y la gente que allí vive es el precio de las chaquetas de cuero, la sorpresa de una comida -ya casi nunca, gracias a los menús internacionales-, la estampa borrosa de un monumento de postal cuya relación con la vida o la historia del país se ignora, o una aventureja ocasional con algún compañero o compañera de travesía. Una anécdota, unas risas, un recuerdo...

Para qué viaja la mayoría de los que viajan. ¿Sólo para contarlo más tarde, sólo para decir "he estado allí"? El viaje burbuja es agradable y cómodo, quizás también porque evita todo contacto con el anfitrión, todo contagio con sus costumbres, sus necesidades, su carácter, su vida. El viaje burbuja ayuda a no mezclar nuestra seguridad con el riesgo de los otros, a mantener los ojos cerrados incluso a espectáculos apasionantes. El límite de tal comportamiento son esas excursiones que medio regalan a los jubilados. Pocas cosas producen más tristeza que la indiferencia, la ignorancia y hasta la burla que exhiben muchos de ellos ante casi todo lo que se despliega frente a sus ojos. Es la misma burbuja que aconseja al huésped británico comer un pollo revenido antes que arriesgarse a saborear uno suculento del país que los ha acogido.