El triángulo de Cehegín, por Luis Pancorbo

Una de las bellezas de Cehegín es la estatua de una de las tres grandes Damas íberas, junto a la de Elche y la de Baza.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

La vieja alcazaba de Cehegín, con su puebla de casas nobles y sus tejas doradas, conforma uno de los tres lados del triángulo feliz de este pueblo al noroeste de Murcia. El otro lado largo del isósceles es la Peña Rubia, una montaña de caliza de color leonado en cuyas fracturas (las diaclasas) los hombres de la Edad del Cobre dejaron enterramientos con imágenes rupestres. Mientras, la base de ese triángulo, trazado en el aire, estaría compuesta por las ruinas de Begastri, ilustre ciudad romana y visigoda, donde se han fajado generaciones de arqueólogos españoles.

Si empezamos por el casco antiguo de Cehegín, donde quedan murallas almohades (siglo XII), lo suyo es ubicarse en la plaza del Castillo. Se divisa un panorama de vegas y montes con los colores de un bello kilim bereber. Una línea de soportales que no tienen más pared que el viento remata un costado de esa plaza. Allí mismo se convoca la romería de San Sebastián. Todos los meses de enero se confirma al santo en su papel de guardián contra los malos aires, y antiguamente contra las epidemias, confiriéndole una función apotropaica, alejadora del mal. Es una cuestión atávica y geográfica, no un mero recurso medieval para tapar creencias antiguas con cristianización. Cehegín por su altitud disfruta de un clima fresco, y lo que no necesita son tempestades ni heladas. San Sebastián se encarga en la imaginación de proteger ese aspecto mientras la gente lo celebra con un sacrificio nada cruento. Corre el vino, que se ha convertido en una excelencia enológica con la Denominación de Origen de Bullas (pedanía ceheginera hasta 1689). Y que no falten unas migas o un arroz con conejo. De parte del santo se distribuyen naranjas y flechas de recuerdo para la gente.

Sin embargo, el patrón oficial del pueblo nunca fue San Sebastián sino San Zenón, el cual fue destituido a raíz de la curiosa historia que tuvo lugar en 1725. Ese año llegó de Nápoles una talla de una Virgen a la que por su belleza la gente llamó De las Maravillas, y con ese nombre se quedó. Muchas chicas cehegineras se llaman Maravillas y tienen esa suerte pensando en otras advocaciones marianas como Angustias.

Pero si hay una indiscutible belleza en Cehegín es la de la estatua de una de las tres grandes Damas íberas junto a la de Elche y la de Baza. Está en el Museo Arqueológico, donde otra vez concuerda la idea del triángulo. La Dama de Cehegín es una mujer, diosa acaso, de facciones delicadas, con la boca cerrada (signo de prudencia incluso en las deidades), llevando en sus manos un vaso cuyo contenido ha sido volcado, y un espejo. El espejo es adorado aún en el sancta sanctorum de los templos sintoístas de Japón. El espejo de la Dama de Cehegín puede trascender un caso de belleza sublime para convertirse, dando un salto cualitativo, en un reflejo de un poder al que no sabemos poner nombre.

Cierto es que la Cruz de Cehegín, de época visigoda, es la que se ha alzado como símbolo del pueblo, pero en Cehegín tendrían dónde elegir. Aparte de cruz y dama, en el pueblo poseen una tercera pieza maestra, un altar de Júpiter (Óptimo Máximo). Y así los tesoros romano-visigodos de la metrópolis de Begastri se suman a la acrópolis, que es la alcazaba de la Cehegín almohade, y a la necrópolis, esas cuevas del Humo o Las Conchas en la Peña Rubia, con pinturas de hace 4.000 años que reflejan la caza a flechazos de las cabras salvajes bajo la mirada de un chamán. Acrópolis, necrópolis, metrópolis: el triángulo impecable de Cehegín.