El tren a Yiwu, por Mariano López

Es el primer tren que ha cruzado la Puerta de Zungaria, el lugar donde la leyenda sitúa la cueva del Viento del Norte.

Mariano López

Por primera vez un tren ha atravesado China de Este a Oeste, ha entrado en Asia Central por el paso donde Herodoto sitúa la cueva de Bóreas, el Viento del Norte, ha cruzado la estepa de los kazajos y por las vías de Rusia, Bielorrusia, Polonia, Alemania y Francia se ha plantado primero en Irún y luego en Madrid, en la estación que aún mantiene el nombre del arroyo que regaba las huertas de Moratalaz: Abroñigal. Un viaje fantástico, de los que le gustaban al maestro Manuel Alcántara: lento y con una gran ventanilla. Perfecto para contemplar cómo Europa se funde con Asia. En un tren que atraviesa los Urales, sortea el Volga, cruza el desierto salpicado por las tiendas de los nómadas, pisa el lugar donde se creía que habitaban los inmortales y llega después de 21 días de viaje hasta la capital de las baratijas chinas, a doscientos kilómetros al sur de Shanghái.

Hace unos años tuve la suerte de viajar en el Transmongoliano. Hasta Ulan Udé, más allá del lago Baikal, este tren comparte trayecto y vías con el Transiberiano. Luego se desvía hacia el sur, atraviesa Mongolia, entra en China y cruza la Gran Muralla antes de llegar a Pekín. En total, casi ocho mil kilómetros, seis días y medio de viaje a bordo del mismo tren. Antes de subir, pensé que no lo iba a soportar, que llegaría el momento en que diría "me bajo, ya está bien de dormir en litera y calentar la comida en el samovar". Pero no fue así. Hernán Arjona, el hombre que me vendió los billetes, me lo advirtió: "Va a ser el viaje más relajante de tu vida". No se equivocó. Así que el maravilloso viaje en el Transmongoliano alimentó, aún más, mi pasión por el tren, por los trenes que viajan despacio durante muchos, muchos kilómetros y no son puntillosos con los pasajeros que bajan las ventanillas, organizan fiestas a bordo y tienden a demorar su vuelta cada vez que el tren para en una bulliciosa estación.

Las autoridades ferroviarias chinas afirman que el tren de Yiwu ha abierto un nuevo camino comercial comparable a la ruta de la seda. Tienen razón. Todas las rutas de la seda buscaban un fin comercial. Yiwu es la capital de las mercaderías chinas, el epicentro mundial del todo a un dólar. Recibe 210.000 pedidos al día y exporta a 219 países y regiones; 770.000 contenedores el pasado año. Ahora se ha conectado con Europa. No con el Gran Bazar de Estambul ni con los mercados de Venecia o de Roma sino con el nudo ferroviario de Manheim, Alemania, desde el que se acercó a Madrid.

Para enlazar Yiwu con la red europea de ferrocarril, los ingenieros y los empresarios chinos han desarrollado una colosal obra de ingeniería, arropada por miles de millones de yuanes. En 2011, las vías del tren llegaron desde Astana, la capital kazaja, hasta el único paso natural entre Manchuria y Afganistán: el paso de Alataw o Alashakou. Un cañón estrecho, azotado siempre por el viento, cuajado de mitos. Se le llamó la Puerta de Zungaria. Fue el lugar donde la leyenda fija la cueva de Bóreas, la tierra adonde desterraron a la Medusa, la patria de los hiperbóreos y el hogar de los grifos, mitad leones y mitad águilas. En abril de 2013, un tren cruzaba este paso por primera vez. Luego las vías se extendieron por Kazajistán, el noveno país más grande del mundo, y llegaron hasta el sur de Rusia. Ahora, cuando escribo estas líneas, el tren se encuentra en Madrid, listo para regresar a Yiwu. Un ruego a los Reyes Magos: que admitan pronto pasajeros en este tren. No se dónde hay que firmar, pero me apunto. Así me gustan los viajes: en un carguero, 13.000 kilómetros, 21 días. Qué lujo.