El tiempo condensado, por Carlos Carnicero

La Isla de Pascua es un laboratorio de supervivencia del planeta que exige respeto a la naturaleza y sólo admite 60.000 turistas al año.

Carlos Carnicero

En la costa norte, en un pequeño promontorio azotado por el viento, yace una piedra: los rapanuís la llaman Te Pito o Te Henua, que significa "el ombligo del mundo". Es también la denominación autóctona de la Isla de Pascua. La piedra, de una redondez casi perfecta, está imantada: vuelve locas las brújulas y deteriora los relojes. Se supone que fue el lastre en la quilla de la embarcación que condujo a los siete guerreros enviados por el rey Hotu M''atua como exploradores. Cuando el visitante observa la piedra, siente la necesidad de abrazarla o presionarla con la palma extendida, imbuido espontáneamente de la convicción de que la energía que contiene se trasladará al corazón, facilitando la culminación de los deseos. Creo que funciona.

Todo es simple y transparente en la Isla de Pascua por la profundidad de sus misterios que tienen la cualidad de ser precisos: ¿cuándo llegaron los rapanuís a la isla, navegando desde dónde; cuál era su sistema de castas; por qué constriñeron en los moais su sistema de creencias y poder; cómo eran los traslados ceremoniales de piedras tan enormes y cuál fue la causa de su declive, previo a su descubrimiento y conexión con el mundo exterior?

La condensación también es una cualidad del territorio cuyos aspectos esenciales se pueden escudriñar a pie, en caminatas sucesivas, utilizando la forma triangular de la isla, cuyo epicentro radica paradójicamente en los tres volcanes de sus vértices que dan sentido a su existencia: el más grande y profundo, llamado Rano kau, tiene lagunas misteriosas por las que uno cree que se puede llegar al centro de la Tierra; el Maunga Terevaka constituye el punto más alto de la isla; y el Puakatike completa los desagües de lava que hace millones de años le dieron vida. A vista de satélite simulan tres heridas por donde la isla aún podría supurar, aunque científicamente no sea razonable.

La densidad del tiempo se materializa en la observancia del tránsito instantáneo desde la edad de piedra y la celeridad con que se instaló la modernidad cuando se acercó por primera vez en el barco holandés de Jacob Roggewee el 5 de abril de 1722. Lo que observó el navegante fueron formas de vida primitivas asentadas en la cultura de la piedra de una sociedad en decadencia por la excesiva explotación del territorio y las luchas tribales promovidas por la insurrección en el sistema de castas a causa de la explosión de su demografía.

Otra condensación promovida en Isla de Pascua es su carácter de laboratorio para la supervivencia del planeta. La ínsula fue deforestada hasta el punto de que no quedan más que rastros paleobiológicos de la mayoría de sus especies vegetales. Ahora los rapanuís han tomado medidas ecológicas inteligentes que, para ser eficaces, evitan esa denominación. Ningún extranjero puede comprar tierras, los hoteles se tienen que confundir con el paisaje y el número de visitantes está limitado a sesenta mil turistas al año.

Desde esos parámetros de respeto a la naturaleza se ha construido el hotel Explora, único establecimiento verdaderamente confortable en la isla. Sus lujos son la exaltación de su integración con el entorno de forma refinada en sutileza artesanal. El hotel es una prolongación inteligente de las formas en las que se puede disfrutar la introspección en los misterios de la isla. Los guías del Explora forman la élite de sus trabajadores junto al barman, Coto, que es capaz de destilar daiquiris en todas las manifestaciones posibles de los jugos tropicales. Su destreza es eminente.

Desde el Explora, la introspección a la condensación del tiempo en la Isla de Pascua es un ejercicio sencillo, porque la seducción de lo organizadamente razonable permite deslizarse por la isla, atravesar secretos, intuir realidades antiguas y pensar que los universos mágicos tienen que ser preservados sencillamente por su aislamiento. Lo razonable es ir a la Isla de Pascua sólo a encontrarse con uno mismo.