El tesoro de Túnez, por Javier Reverte

Los mosaicos de El Djem son más refinados y superan en calidad a los que se exhiben en el Museo del Bardo.

Javier Reverte
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Foto: Raquel Aparicio

Casi todo país tiene un tesoro más o menos oculto, poco conocido fuera de sus fronteras, y en el caso de Túnez, adonde acabo de viajar hace unas pocas semanas, el tesoro se encuentra en una localidad situada al sur de la capital, siguiendo en paralelo a la costa del Mediterráneo, a algo más de doscientos kilómetros de distancia, esto es: unas dos horas y media de viaje por una carretera que no es de las mejores del mundo, pero tampoco de las peores de África. Se trata de una pequeña población llamada El Djem, enclavada en lo que fuera la antigua ciudad romana de Thysdrus.

En esta población tunecina se alza una joya que figura en casi todos los mapas turísticos del mundo, un coliseo romano que es el cuarto más grande de cuantos quedan en el área del Mediterráneo, tras los de Roma, Capua y Pozzuoli. Pero quizás sea éste el mejor conservado de todos. Aquí se rodó la película Gladiator -bajo la dirección de Ridley Scott y protagonizada por Russell Crowe y Joaquin Phoenix- y se cuenta que los muros, el recinto, las gradas y todas las otras dependencias permanecieron casi intactos hasta el siglo XVIII, cuando la actual población comenzó a levantarse utilizando las piedras labradas de los muros del coliseo. La edificación tenía un aforo de 35.000 espectadores y fue inaugurada en el año 238 después de Cristo. Me senté un rato en sus gradas y puedo asegurar que eran más cómodas que los asientos de muchos de los campos de fútbol y plazas de toros actuales. Los fosos en donde se encerraban a leones y tigres siguen en un estupendo estado de conservación y recuerdan a los toriles de los cosos taurinos.

Pero esa joya no es el tesoro oculto de El Djem. La antigua Thysdrus era una ciudad próspera que contaba con numerosas villas de ricos ciudadanos venidos de Roma, algunas de las cuales se conservan aún en un buen estado. ¿Y qué era lo que distinguía a unas villas de las otras? Pues, sencillamente, la suntuosidad de sus mosaicos, grandes planchas elaboradas con pequeñas piezas de piedras, unidas unas a otras y pintadas con colores tenues, que representaban un ingente número de motivos mitológicos, campestres e incluso, en ocasiones, eróticos. Esos mosaicos adornaban los suelos de los salones y los aposentos de las casas de los ricos, y el alto nivel adquisitivo de su dueño se mostraba sobre todo en la calidad de sus mosaicos.

¿Cuál es el tesoro de El Djem y, por extensión, de Túnez? El magnífico museo de sus mosaicos. Famoso y con justicia es el del Bardo, en la capital del país; pero el de El Djem es más refinado, más rico, con piezas perfectamente conservadas que superan en calidad a las del Bardo.

Allí veréis a Venus surgiendo de las aguas mediterráneas, a Baco cabalgando un león, a leopardos devorando condenados a muerte en el coliseo, a delfines sagrados, a Ulises escuchando el canto de las sirenas; y flores, alegorías de las estaciones del año, faunos y ninfas, dioses enfurecidos y escenas de la vida cotidiana en tiempos romanos que nos hacen imaginar cómo fue aquella cultura desaparecida bajo la furiosa lluvia de los siglos que enterraron para siempre la civilización clásica.

He visto muchos museos y ruinas a lo largo de los años de mi vida, hasta el punto de sentirme incluso algo empachado de tanta piedra, tanta escultura y tanto cuadro. Pero la excepción surge siempre.

Para hacerse una idea de lo que fue el mundo de los descendientes de Eneas y de los hijos de Rómulo y Remo, sin duda hay que ir a la ciudad de Roma, recorrer sus foros, asomarse al Panteón y visitar algunos de sus espléndidos museos. Pero el paseo quedaría incompleto sin conocer las ruinas de las casas de Pompeya, las pinturas pompeyanas del museo de Nápoles y, desde luego, sin asomarse a admirar los mosaicos de El Djem, en un perdido rincón mediterráneo de Túnez.