El sutil desasosiego que vigila el Chiado, por Carlos Carnicero

Esta parte de la ciudad de Lisboa siente el impulso de Fernando Pessoa de "ser inmediatamente otra cosa".

Carlos Carnicero
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Foto: Ximena Maier

Todavía siguen buscando manuscritos de Fernando Pessoa, incluso escritos en servilletas de la Brasilera, donde se agrupan los pocos turistas que hay en esta época en Lisboa. Sigue instalado un cierto desasosiego en las manifestaciones etéreas que desprende cada anochecer la ciudad, que se sumerge sobre sí misma, encriptadas sus claves para evitar que entender la capital de Portugal sea labor de aficionados. Llueve duro sobre el Chiado, al que casi no se le notan las heridas del incendio que lo devoró. La reconstrucción ha sido inteligente, superponiendo leves pátinas de modernidad en un universo de nostalgia inteligente. Esa debe ser la definición más precisa da Saudade. Esta parte de la ciudad siente el impulso de Pessoa de "ser inmediatamente otra cosa", enuna mutación constante que le permite la definición de una imprecisión que facilita las nieblas de casi todos los sueños. Aquí no se percibe a Dios ni se le espera, porque la ciudad permite tantas interpretaciones como moradores.

Las firmas que inundan el mundo para homologar nuestro consumo se han instalado entre los huecos de los viejos comercios. Intentan quitar espacio a la vieja Lisboa, pero esta se resiste en una dialéctica sosegada que permite a la ciudad la conservación de sus esencias. En la Rua Garrett, los transeúntes se protegen bajo las cornisas de la furia del Atlántico, sin que desprendan desasosiego, zozobra o intranquilidad. El agua fluye rápida por los adoquines hacia abajo, y los pocos vehículos que discurren cimbrean lentamente sobre el agua para respetar la magia del momento.

La librería Sa Da Costa tiene instalados sus viejos volúmenes de curiosos y coleccionistas reclamando el respeto a otros tiempos. Se intuye un pacto secreto de transmutación de personalidades con la librería más vieja de Lisboa: la Bertrand, calle abajo. Lisboa sigue siendo un universo en donde han logrado sobrevivir los libreros que se niegan a abandonar los viejos inmuebles magníficamente restaurados a la uniformidad del consumo. En Sa Da Costa huele intensamente a libro viejo, pero azucarada esta sensación por el cariño en que están ordenados los volúmenes. Quien debiera tener el monopolio de primeras ediciones, la librería Garret por su veteranía, expone con arrogancia las novedades, sin deseñar su fondo de armario de los libros deseados. Han transmutado sus papeles y sus destinos para colaborar en el desconcierto de lo inesperado. Poco a poco descendemos hacia la Plaza del Comercio. Desierta, desasosegada por los vientos que se introducen por el Tajo, reclamando la presencia de América, que también se intuye desde lo alto de la Alfama.

En el restaurante Marthino da Arcada (fundado en 1782), George gobierna la barra y escruta cada cliente, clasificándolo para determinar si es fiable. Hierático, enjuto, impecablemente uniformado, eficaz, distante, asegura con su apariencia que siempre estuvo allí, desde el principio de los tiempos, y que permanecerá para que el turismo que acude no le robe la identidad a la ciudad. La estampa de George, su semblante y su presencia, parecen extraídos de un libro de Hergé.

No es sencillo llegar a la Casa de Linhares, en la rua Beco dos Armazéns do Linho. El estrecho callejón en donde habita inspira recelo en la lluvia de la noche. Guillermo Banza y George Fernando ejercen de anfitriones acariciando con destreza las guitarras portuguesas y las clásicas. También tienen establecida una dialéctica entre la armonía y el contrapunto. Pero no hay disputa sino colaboración, porque el único protagonista es el fado. Ya cae la noche y no quedan rastros en el plato del caldo verde con que tiene que empezar siempre una cena portuguesa en día desasosegado. Guillermo Banza y George Fernando nos regalan más fados cuando no queda nadie en el local. Están por encima de obligaciones y dinero porque su estado natural es la música. Nos preguntan una vez más si queremos otras canciones. Siento que abuso con nuevos pedidos, pero estoy narcotizado por la saudade de cada nuevo fado.

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