El ruido del mundo, por Javier Reverte

Nuestras utopías y nuestra inteligencia han fracasado. Sólo somos ruido y debemos comenzar a entenderlo.

Javier Reverte

Me ha cautivado la expresión del nuevo Premio Nóbel de Literatura, Jean Marie Le Clézio, cuando afirmó en su primera rueda de prensa que "viajando, se aprecia mejor el ruido del mundo". Los que gustamos de echarnos al hombro un morral y tirar carretera adelante, sentimos a Le Clézio como uno de los nuestros, próximo y cálido. Confieso que yo no sabía nada de su existencia. Y me disculpo por ello a mí mismo con el argumento de que vivimos en un mundo lleno de gente que escribe, tantos que incluso lo hacen los que no saben. Pero he comenzado a leerle y es un escritor que me gusta.

Vive muy lejos de los académicos, esto es, de los controles de la cultura, del establishment, de los criterios sobre el buen gusto que han sido dictados por las academias y por la crítica establecida. Por supuesto que no es un best-seller al uso, ni tiene ninguna pinta de querer parecerse a Dan Brown. Se trata de un escritor solitario y solidario, que va a su aire, que vive en donde le apetece durante largos periodos de su vida y que, en consecuencia, Le Clézio presenta un rostro algo anárquico y, en cierto modo, rompedor.

No es un rebelde, en apariencia, pero tampoco acepta las jerarquías culturales impuestas. Es un outsider y, por ello, no es de extrañar que las primeras reacciones en su propio país a la concesión del galardón hayan sido en buena parte ácidas y en cierto modo negativas. No es de lo suyos.

Pero Le Clézio, con ese aire de gentil indiferencia de quien se sabe al margen de la ley sin caer en el delito, simplemente ha declarado que le gusta viajar, cambiar de patria, acuñando esa hermosa frase que recogía al principio y que me gusta repetir: "Viajando se aprecia mejor el ruido del mundo". Repito, es uno de los nuestros. O quizás sería mejor decir que nosotros somos de los suyos.

Ruido es una preciosa palabra que, en origen, tiene un componente peyorativo. La Real Academia de la Lengua dice del ruido, en su primera acepción, que se trata de "un sonido inarticulado por lo general desagradable". Y, sin embargo, al reflexionar sobre este vocablo enseguida percibimos que la definición tradicional ha quedado muy desfasada por la realidad cambiante, como tantas veces sucede con el lenguaje. ¿Es desagradable el ruido? ¿Es desagradable la escandalera del mar, el clamor de las tormentas, la berrea de los ciervos o el aullido del viento enfurecido de los desiertos?

La música contemporánea es ruido y los sonidos de nuestros corazones son ruidosos. ¿Qué es el "sonido articulado" en nuestros días salvo un esfuerzo fracasado de la inteligencia? ¿No es ruido el de las bolsas que se derrumban en estos días de crisis económica sin que nadie sepa a ciencia cierta qué sucede? La vida es ruidosa en sus más caóticas manifestaciones. Y nos emociona sentir el ruido del amor cuando nos contemplamos en unos ojos que nos aman y al mismo tiempo amamos.

Con Le Clézio, sin haber leído todavía sus libros, he descubierto el íntimo sentido de esa palabra hermosa que es el ruido del mundo: la voz ardorosa de los mercados africanos, el bronco rumor de los ríos del norte, el crujido de los hielos de los polos al romperse, el susurro de los rezos en cualquier lengua de cualquier religión, los alaridos de los que van a morir y las risas de quienes sobreviven, el grito del amor de la mujer cuando echa al mundo una nueva criatura...

El mundo clama, bosteza, vitorea y todo lo hace al mismo tiempo. Y el resultado es ruido, ruido, ruido... Un furor de voces al que debemos acostumbrar nuestros oídos porque es el rumor del mundo en nuestro tiempo. Nuestra inteligencia y nuestras utopías han fracasado. Sólo somos ruido y debemos comenzar a tratar de entenderlo. Por lo pronto, escuchándolo.