El reino de Vijaynagan, por Luis Pancorbo

El hijo del último "maharaja" de Vijaynagar quiere convertir su viejo palacio en un hotel con todas las estrellas.

Luis Pancorbo

El antiguo reino de Vijaynagar se extiende como una suave selva de color jade en las estribaciones de la sierra Aravali, en el confín entre los estados indios de Gujarat y Rajastán. Es un lugar tan húmedo y poco habitado que no parece la India. Antes de la independencia, el maharaja de Vijaynagar invitaba a oficiales ingleses a cazar tigres en sus dominios. Ahora abundan los osos perezosos, los jabalíes y la sensación de que el tiempo pasado no ha acabado de irse.

El hijo del último maharaja, el príncipe Vijay Vardhansingh ("Llámeme Mr. Singh, así está bien"), ha entendido que hay que moverse aunque sea hacia la historia. En lo que era la casa de huéspedes del palacio ha abierto uno de esos "heritage hotels" que juegan a combinar tradición y encanto. Si todo le va bien, espera rehabilitar pronto el propio palacio del maharaja y convertirlo en un hotel de todas las estrellas. Palabras mayores porque la humedad no perdona ni a las alfombras de tigre del salón.

Vijay no quiere apabullar a nadie, pero es un rathore, miembro de un clan rajput, más que casta, que ha dado numerosas dinastías reinantes en Rajastán y Gujarat. Es un hombre de 40 años, hoy funcionario del gobierno de Gujarat dedicado a temas aduaneros. Su esposa Rania Sakumari ha llenado de flores los parterres de la casa de huéspedes y hace una cocina de fusión gujarati y rajastaní, intentando que no pique a los occidentales. En el comedor hay una foto del abuelo de Vijay, Marahao Hamin Singh, durante su coronación de 1916 en presencia de un representante británico. También hay fotos de su padre, Pradap Singh, el último maharaja del lugar, durante su espléndida boda en 1954, o posando a los 14 años junto a un tigre abatido. Pradad Singh es el protagonista de la casa. Tengo su solemne retrato sobre el dosel de mi cama. Pero duermo a pierna suelta.

Lo principal aquí es que Vijay ha roto la maldición milenaria que pesaba sobre su familia. Tiene un hijo varón que es la envidia de sus hermanos y primos, que siguen sin tener descendencia masculina. Todo empezó a principios del siglo XVIII, cuando al enviudar una de sus antepasadas cometió sati, es decir, se tiró a la pira. Vijay no puede decir los motivos, es un secreto de familia, pero el caso es que no hubo hijos varones hasta que nació el abuelo del actual príncipe.

En las afueras de Vijaynagar el príncipe me enseña el templete erigido donde la viuda se tiró a las llamas. En la entrada se conserva una lápida de piedra (paliya) con una mano grabada -se supone que de la muerta- y recubierta de pintura roja. En esta región de Gujarat y por Chittagar (Rajastán), a veces también se practicaba el johar o salto colectivo de las viudas a la pira.

Vijay está contento de que su sangre pueda seguir adelante sin renunciar a su historia. Me enseña el palacio y la verdad es que muchas habitaciones pueden quedar bien, por ejemplo las del pabellón de la antigua purdah o zona reservada para las mujeres. Allí está aún el palanquín, con puerta corredera, en el que trajeron a la madre de Vijay para la boda con su padre. El gran salón también tiene muchas posibilidades con su balcón enrejado que da al jardín y éste a la jungla. Desde allí, tomando un buen té, era donde el maharaja y sus invitados ingleses podían disparar con toda comodidad a los tigres que merodeaban.

Por si fuera poco, a una decena de kilómetros están las ruinas de Polo, un pequeño y poco conocido mundo arqueológico que recuerda a Angkor Vat. Templos sivaístas y jaines del siglo XII luchan contra las malas hierbas. El que mejor consigue zafarse de esas garras verdes es el Templo Abhapur, con sus columnas llenas de filigranas, bellas flores y espirales. Un mundo de gran quietud, y hasta de quietismo jainista, interrumpido al atardecer por el griterío de un sinfín de murciélagos que han anidado en el gharbagriha o sancta sanctórum. Puede que sea el mejor sitio, el más cálido y oscuro.