El pueblo del meteorito, por Mariano López

No me pregunten cómo pero acabamos cogiéndole cariño a Chicxulub. Es difícil ser forastero en este pueblo.

Mariano López
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Foto: Cesar Lucas Abreu

Decidimos ir a Chicxulub. Estaba de vacaciones, con mi familia y unos amigos, recorriendo la península de Yucatán con una vieja furgoneta alquilada, cuando propuse y acordamos, con más de un voto en contra, conducir hasta donde el mapa señalaba, con letras diminutas, el lugar donde se encuentra Chicxulub. Por el camino nos advirtieron del escaso interés turístico que poseía el pueblo. No podía decirse que fuera una municipalidad agraciada. Pero nosotros no buscábamos museos, iglesias ni playas. Nuestra meta era un cartel del que yo había oído hablar en algún otro lugar de México y cuyo encuentro, a mi juicio, merecía el viaje. Un cartel que decía: Aquí cayó el meteorito que mató a los dinosaurios.

Chicxulub se encuentra a unos cuarenta kilómetros al norte de la Mérida mexicana. El nombre del pueblo es maya. Significa, según algunos, cuerno clavado, y, según otros, la pulga del diablo. Pulga o cuerno, se trata de un municipio pequeño, dividido en dos: el pueblo y su puerto, unos kilómetros al norte. El puerto es el punto de la costa más cercano a los restos del cráter causado por el asteroide que impactó en la zona hace casi 66 millones de años. Es un lugar tranquilo, poco habitado, con casas bajas, un pantalán estrecho y media docena de barcas. Nuestra furgoneta se paró a la entrada. Pregunté a la primera persona que vimos si sabía dónde se encontraba el cartel del meteorito y los dinosaurios. "El meteorito cayó antier -me contestó-. Por poco, pero llegaron tarde. Bien, nos dijimos, estas cosas a veces pasan. Continuamos nuestra investigación. Nuestro siguiente informante nos dijo que había oído hablar del meteorito pero poco; el siguiente nos aseguró que el cartel quizá estuviera en la ciudad de México; por fin, un vendedor callejero nos dio una pista concreta: la oficina del sheriff. Allí fuimos. "¿Dónde podemos encontrar al sheriff?". "En este lugar, no. El sheriff no trabaja aquí, trabaja en la pizzería de su hermano". Fuimos a la pizzería, después a una cantina, más tarde a una tienda de abarrotes, luego a la plaza del pueblo. De tanto recorrer las calles, interpelando vecinos, terminó parándonos un coche patrulla de la Policía Federal. "¿Qué buscan", nos preguntó un agente con pistolón al cinto, sombrero tejano y gafas de sol. Dudé unos segundos antes de contestar. Temía que acabáramos encerrados en la cárcel o en la pizzería. Al final, dije la verdad: "Un cartel que dice ‘Aquí cayó el meteorito que mató a los dinosaurios". El policía no pestañeó. Consultó a su compañero, llamó a la central y nos informó del resultado: "Reporte negativo. Sigan su camino".

No me pregunten cómo pero acabamos cogiéndole cariño a Chicxulub. Es difícil ser forastero en este pueblo. Hablamos con más vecinos, tomamos jugos, tequila, pizza y descubrimos una laguna donde se bañaban flamencos rosas. Al atardecer rechazamos, con dudas, varias invitaciones a quedarnos esa y las siguientes noches. De regreso a Mérida supimos que el cartel que buscamos existía, pero había desaparecido el año anterior en los brazos de un huracán. Durante los últimos 20 años, científicos de todo el mundo han estado investigando el impacto del meteorito. Ahora, un grupo multinacional de investigación ha obtenido permiso y fondos para perforar el cráter. A mí me encantaría sumarme a ese grupo y regresar a Chicxulub. Para tratar de averiguar con qué amable y extraña fuerza de gravedad saben atraer a los visitantes en los pueblos de México. También en Chicxulub, donde cayó el meteorito que mató a los dinosaurios y ya no hay carteles que lo recuerden.

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