El pueblo de al lado, por Jesús Torbado

Estos malos tiempos pueden ser útiles para conocer y disfrutar de lo que tenemos al lado por poco dinero y con esfuerzo escaso.

Jesús Torbado

Un viejo tópico alusivo a los viajeros presuntuosos, tantos como son -pero también verdad discutible-, dice que antes de explorar Groenlandia o las Islas Marquesas mejor sería poner algún esmero en conocer los rinconcillos y las glorias de la propia tierra. Bien: es un modo de entender la vida, de ensalzar el patriotismo y de menospreciar la libertad de los otros. Y, finalmente, una cosa no quita la otra.

En la pasada y un poco desvanecida Feria Internacional del Turismo, extendida por Madrid como ruidosa alfombra, aparecieron como siempre miles de alcaldes y de concejales, casi todos arropados por la corte de funcionarios de cámara y por nutridos grupos de informadores locales, todos ellos lanzados a gratuitos y fantasiosos festejos con cargo a las arcas comunes, con la sana pretensión de arrastrar al público hacia sus dominios. El intento, aunque carísimo y a veces febril, tiene su razón. El turismo es buen negocio y en tiempo de penuria puede ampliarse como recurso provechoso. Tal negocio admite además cualquier género de anzuelos, desde el artesano que fabrica zuecos a la cata del licor de alcaparras, de una celebración tradicional fuera de fecha a incitadoras jóvenes bailarinas. Y así se muestra, con exageraciones que a veces dan risa, en encartes, folletos, carteles, discos y demás especies publicitarias.

Está bien aprovechar la crisis de circulante que se cierne sobre los prados sonrientes del señor Zapatero y sus cien mil asesores para conducir al rebaño a pastos más apacibles. Gran verdad es que millones ignoran lo que tienen al alcance del calcetín y no es raro el caso de quien ha logrado escalar los templos de Angkor, pero desdeña con contumacia la preciosa iglesia visigótica que se yergue a media legua de su sillón televisivo, en el pueblo de al lado. Lo que significa que ese individuo no aprecia las bellezas arquitectónicas sino el prestigio de viajar a Camboya. Con el patético enredo de las llamadas Autonomías, ya inevitable, esa indiferencia se convierte a veces en rechazo total, amparado siempre en la ignorancia manipulada. En primer lugar, a los jóvenes se les enseña que su pedrusco étnico es importantísimo, que el arroyuelo de su corral arrastra diamantes, y no se les da noticia de la catedral de Burgos, que tienen al lado, ni del viejo y solemne Duero. Como además los deleznables odios o inquinas políticas se agarran mucho a las tetas nacionalistas, ¿a santo de qué beber el vino del enemigo o comer el pan que han amasado sus manos?

Estos malos tiempos podrían efectivamente resultar útiles para conocer y disfrutar de lo que tenemos al lado, al alcance de la mano, por poco dinero y con esfuerzo escaso. Claro que no todas las aldeas españolas poseen el atractivo de las de Tahití o de Burkina y que no hay tantos tesoros visibles en la plaza de la capital vecina como en la Grande de Bruselas o en la de Rantepao, pero no deja de ser verdad que aun en los lugares más modestos de nuestro entorno pueden hallarse reliquias sorprendentes, humo de la historia, dones de la naturaleza, ingenios del presente.

Esta penumbra económica podría incitar al placer de viajar cerca y también a que los servidores o negociantes del turismo recapaciten sobre su comportamiento. Enseguida que el éxito llamó a su puerta los recursos rurales se subieron por las nubes. Discretas casas rurales cobran como hoteles de cinco estrellas por la alegría de sostener un bando de gallinas junto al dormitorio. Tabernas de humildad máxima, si no de ostensible cutrez, demandan precio de tarta vienesa por toscas patatas revolconas, sólo por el hecho de que son (oficialmente) del huerto de la abuela. Los "tesoros de ver" están casi siempre cerrados porque es fin de semana y la funcionaria -sobrina del concejal- tiene que descansar precisamente en esos días...

Sí, los malos tiempos pueden aprovecharse para el viaje de cercanías. Y para que los que tanto pregonan las excelencias de su terruño frenen una codicia que tanto castiga a los amantes de explorar y disfrutar del pueblo de al lado.