El Promontorio Sagrado por Luis Pancorbo

Todas las tardes llegan al Cabo San Vicente flotas de autobuses para ver a la bola del Sol metiéndose entre las olas.

Luis Pancorbo
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Foto: Ximena Maier

Este mes de ánimas, brumas, brujas y santidades se prestaría para ver el Promontorio Sagrado, uno de los finales clásicos de Portugal, Europa y el mundo. La duda es si ese sitio, mencionado por Estrabón, Plinio y Avieno, corresponde al Cabo de San Vicente o si se trata de la costa que hay entre ese Cabo y Sagres. Están cerca, pero no son la misma cosa. A partir de la fortaleza de Sagres un gran dedo de tierra se hunde en el ojo verde del mar. Y a cinco kilómetros de allí una quijada poderosa, el Cabo de San Vicente, se adentra en un océano que, lejos de ser el último precipicio del mapamundi, llevó a África y a América.

Ambas puntas o cuernos tienen títulos como para haber sido el Promontorio Sagrado. En Sagres debió de haber existido un templo fenicio dedicado a Baal-Cronos. Más dudoso es que fuese allí donde el Infante Henrique puso su Escuela de Navegantes. Hay quien sostiene que ese célebre centro estuvo en Castro Marim, en la frontera con España, y que allí se guardaron secretos y archivos de la Orden de Cristo, la sucesora de la Orden del Temple, de la cual el Infante era Gran Maestre. Lo cierto en Sagres es la imponencia de su fortaleza del siglo XV, con una rosa de los vientos de 43 metros de diámetro grabada en el suelo. Otra realidad en el puerto de Sagres son las almejas a la Bulhao Pato, con cilantro y un ajo en rodajas que no solo no pica sino que parece fruta.

La hipótesis que sitúa al Promontorio Sagrado en el Cabo de San Vicente se vale de parecidos argumentos. Allí pudo haberse erigido un santuario fenicio en honor de Melkart (Hércules). Y allí habrían ido a parar los huesos del mártir San Vicente, que salieron de España en tiempos de Abderramán I. Huesos de santo viajeros sin relleno de yema ni nada. Se guardaron en un convento hasta 1173, cuando Don Alfonso Henriques, el primer rey de Portugal, mandó que se trasladaran a Lisboa.

En esa Costa Vicentina, declarada parque natural, hay plantas y aves de interés, y menhires y crómlech del Neolítico. Sopla mucho viento, que es ideal para los surfistas, pero las puestas de Sol son lo que goza de más predicamento. Todas las tardes llegan al Cabo San Vicente flotas de autobuses con el programa de ver a la bola del Sol metiéndose entre las olas. El espectáculo es gratis, y si no quieres, no aplaudes, aunque a veces el Sol se lo merezca. Algunos evocan a los latinos que dijeron que aquí acababa el mundo y que el Sol al ponerse hacía hervir el mar. Los comunes mortales no debían merodear de noche por el Promontorio Sagrado, cuando salían los dioses y sus sacerdotes. Hoy el peligro radica en dar un mal paso en los peñascos resbaladizos. Una sencilla lápida entre las rocas recuerda la desaparición del alemán Sven Greeff (1973-2001).

El Cabo de Roca, situado cerca de Sintra, es el punto geográfico más occidental de Europa, pero la atracción del Promontorio Sagrado no ha decaído tras fenicios, griegos, romanos, ibéricos... Si Santiago imantaba el Finisterre del Norte, las reliquias de San Vicente convirtieron al Finisterre del Sur en meta de peregrinación. Hoy la gente se acerca a admirar el gran farol de color rojo mandado construir por la reina María II en el año 1846. Aunque no destella, tiene la fuerza fantástica de los faros del fin del mundo. Al lado hay un museo que recorre la larga historia del Cabo, y a la salida se apostan los avispados de los recuerdos. Venden piedras de la suerte con esta propaganda: "Según una antigua leyenda portuguesa, en el Juicio Final se salvará el que lleve una de estas piedras. Protéjase". Por dos euros dan una piedra cualquiera pintada y, ya puestos, puedes comprar un trilobites, unas bolas chinas de yin y yang o un jersey de lana.

Escribió Estrabón en el Libro III de su Geografía que en el Promontorio Sagrado se hacían libaciones (pero de agua). Y, según Artemidoro, se hacían rodar las piedras, un ritual de difícil interpretación. Puede que se tratara de voltear anclas de piedra como homenaje a los dioses, o para protegerse de los naufragios. No en vano allí se dio en creer en los moledros, rocas que, si se las movía, volvían a su lugar como si estuviesen vivas.