El primer viaje de los instrumentos, por Carlos Carnicero

Carlos Carnicero

Nadie me supo explicar aquella noche la llegada del bandoneón a Buenos Aires. La conversación, entre músicos, buscaba explicación a los orígenes de los géneros musicales latinoamericanos y a la llegada o construcción de los instrumentos que los habían hecho posible en mezcla con los de las culturas autóctonas. Existía consenso en que los puertos habían sido boca de entrada de los elementos culturales que habían permitido la fusión. Los hombres, cuando viajan, llevan en su alma la esencia de su propia cultura que después se mixtura con la de los lugares a los que arriban, gracias, en parte, a los instrumentos que transportan.
Del bandoneón sólo suponían que era un instrumento de origen centroeuropeo que llegó al puerto de Buenos Aires y tomó posesión de la música a través del tango hasta convertirse en un símbolo de la identidad no sólo de la ciudad del Río de la Plata sino también de Montevideo. El bandoneón reproduce el desgarro de quien tiene la pérdida de su identidad como una amenaza que necesita anclar al lugar de arribo. El emigrante acaba teniendo dos almas en pugna: la del lugar de donde proviene y la del que se asienta. La música que promueve es sólo el resultado de esa disputa.
La conversación discurría en la madrugada, después de una cena con espectáculo musical en Clásica y Moderna, un santuario de la cultura de Buenos Aires. Me quedé mordido por la curiosidad, que se hizo extensiva a la forma en la que habían llegado a América los instrumentos de todas las familias: los vientos, las cuerdas y las percusiones.
Luego pude averiguar que hay controversia sobre el origen del bandoneón. Su nombre podría ser un acrónimo del apel l i d o de un comerciante alemán, Heinrich Band (1821-1860), a quien algunos adjudican su invención. Otros historiadores, como el argentino Manuel Romás, niegan la paternidad de Heinrich Band. Para este investigador, el padre del bandoneón es otro alemán, Carl Zimermann, que basó su creación en la concertina alemana de Ufflig y la denominó Carlsfelder Koncertina. La invención dataría de poco antes de 1849. El bandoneón, independientemente del recorrido que haya hecho hasta aposentarse como la base instrumental del tango, ha tomado carta de naturaleza argentina. Se nacionalizó desde su condición de emigrante.
A América había llegado antes la guitarra española, probablemente en los navíos de los descubridores. Se hizo carne en la interpretación de música culta, sacra y también popular, y se asentó en el charango boliviano, el cuatro venezolano y la guitarra brasileña.
Por los puertos de Cuba y de Brasil se introdujeron también los tambores africanos en las llegadas de barcos negreros. Todos los países que fueron receptores de esclavos arraigaron los tambores en la esencia de su música como un instrumento imprescindible.
Llevados a la fuerza, los esclavos africanos tratados con extraordinaria crueldad resistieron en los territorios identitarios de su cultura donde la religión y la música eran bastiones camuflados a la imposición de las costumbres de quienes les dominaban. El tambor era el instrumento rey en todas las celebraciones, que, en muchos casos, encubrían sus cultos religiosos, que derivaron en el sincretismo como forma de ocultar a sus dioses.
En este mundo globalizado no hay ninguna música que nos sea totalmente ajena. Hoy viajar no es una aventura y, sin embargo, cuando estamos lejos nos emocionamos con cualquier encuentro que nos devuelva al origen. Seguir la pista del recorrido de los instrumentos que nos tropezamos en cualquier lugar del mundo es una forma eficaz de entendernos como un todo. De momento, me he quedado tranquilo sabiendo que una parte esencial de la identidad americana tiene su origen en una fusión de la cultura precolombina con la que proviene de Europa, se hizo grande con los tambores africanos acompasando el rasgueo de una guitarra española. Casi nada.